UN JARDÍN ESCONDIDO

Nunca había tenido tanto tiempo libre como hoy. Tanto que he reparado por primera vez en la fuente que hay delante de nuestro edificio.

Llevo cinco años viviendo junto a una fuente, y nunca había detectado que, de sus catorce aspersores, tres están atorados por culpa del moho y del óxido, por lo que expulsan el agua a borbotones. El resto de la fuente también está algo descuidado. Flotan hojas de árboles en la superficie. Por el olor, parece que los operarios de mantenimiento se han limitado a añadir cloro.

Sin embargo, el aire es fresco. Las finas gotas de agua me empapan y yo no hago nada por impedirlo. Mi camisa empieza a perder su impecabilidad. Es el anticipo de una irritación cobarde, veraniega, más próxima al hastío y a un humor vagabundo que al enfado que me había llevado a salir a dar una vuelta.

Desvío la mirada a los balcones de la primera planta del edificio que hay al otro lado de la calle. Yo antes vivía allí, en el quinto piso, que ahora no ocupa nadie. Al menos, nadie se acerca a la ventana a mirar la calle. Mi historia comenzó con la de una sombra que cada día, a la misma hora, se ponía a mirar por la ventana.

Fui locutor de radio en un exitoso programa matutino. Tal vez ustedes lo hayan escuchado. Era un magacín donde mezclábamos información cotidiana y un humor que a nosotros nos parecía bastante inteligente. Ahora que no tengo que dorarles la píldora y decirles lo estupendos oyentes que son, me permitiré el lujo de confesarles que era un programa odioso. Lo odiaba. Odiaba mi trabajo y a la gente con la que tenía que compartir mi estudio. Yo quería tener mi propio programa musical y de conversación para llenar la parrilla de las madrugadas. Durante años propuse una interminable variedad de formatos que, tal como eran recibidos, sin arruga ni un triste borrón, terminaba en el fondo de la papelera del despacho de mis jefes. Propuse un programa sobre versiones musicales, atravesado por las secuelas que filósofos habían dejado en otros pensadores. Propuse un programa de entrevistas en el que cada invitado escogía las canciones con las que sobreviviría en una isla desierta. Propuse sesiones de música para animales y de ambientación para estudiantes. Propuse un programa de poesía y música electrónica. Todas mis ideas fueron desestimadas, pero no porque tuviesen escaso potencial, o porque mis superiores desconfiasen de mis habilidades. De hecho, mi habilidad principal impidió que mis propuestas prosperasen. No sé cuál es la mejor forma de explicarlo, así que lo diré sin rodeos: todo lo que emito por radio acaba sucediendo.

Cuando quedó claro que yo me anticipaba a cualquier acontecimiento, que podía predecir las cosas, se me asignó el horario de mañana para elevar la audiencia. Daba las noticias, y sencillamente se cumplían. Pero nunca fue una cuestión de predicción. Seamos adultos. Nadie tiene ese poder. Nadie puede adelantarse a lo que va a suceder. Y si han llegado hasta aquí, seguramente coincidirán conmigo en que realmente se trata de decir las cosas con absoluta convicción. De este modo, aun diciendo ambigüedades, o directamente equivocándome por completo, el futuro se produce o todos tienen esa sensación.

Monté mi propia estación de radio en casa. Mi audiencia era muy selecta: el piso donde resido ahora. El objetivo era separar a la pareja que vivía aquí, esperar a que pusieran a la venta el inmueble, y así poder quedarme yo con él. Cuando vivía enfrente, espiaba los balcones, sobre todo en las noches de verano, cuando podía sentarme un rato con las luces apagadas. Así fue como comencé a envidiar a aquella pareja por culpa de este primer piso. El que es ahora mi casa dispone de una hermosa terraza, no demasiado grande, pero en la que sí caben una mesa, tres sillas y un discreto y hermoso jardín. Cuando vivía enfrente, imaginaba en la oscuridad los árboles que plantaría aquí de forma libre, y fantaseaba con instalar una pequeña caseta donde encerrarme a practicar marquetería, cosa que finalmente no he logrado hacer. Nuestra terraza está construida de tal forma que tenemos intimidad respecto a los edificios contiguos. Solo los vecinos del otro lado de la calle, como el que fui yo, pueden ver que existe una terraza en mi piso. Antes de vivir aquí, me indignaba profundamente que los inquilinos nunca salieran a disfrutar del sol invernal, ni se tomaran un descanso a mediodía para tomar zumos o sándwiches de pavo con mostaza. Mis desconsiderados vecinos se limitaban a dejar suelto un nervioso chucho, que ladraba todo el tiempo. Los antiguos dueños de mi terraza cultivaban exclusivamente geranios rojos.

Mi plan funcionó, aunque no inmediatamente. La pareja, en efecto, se acabó separando. Yo orientaba mi antena desde mi antiguo piso, y a todas horas expresaba con firmeza que su vida en común no tendría futuro. Yo les aseguraba, con mi voz convenientemente manipulada, que las parejas que tenían que ocuparse de un jardín eran propensas a la infelicidad. Era incansable. Me aseguré, estirando mi red de frecuencias, de que a todas horas escucharan mi voz sugerente, artificialmente desapasionada. Poco a poco, con paciencia, me colé en sus vidas y dinamité la relación. Comencé relatando las propiedades superiores del clavel frente al geranio, y luego filtré las próximas dificultades económicas que sobrevendrían a los habitantes de la ciudad. Deslicé falsas estadísticas sobre el aumento de los divorcios durante la estación veraniega. Me gusta pensar que, a pesar de todo, les transmití una pizca de preocupación. Trabajaban demasiado, aseguraba yo. Ante las discusiones fuertes, es mejor resignarse, decía yo, y dejaba caer aquella perla de sabiduría en el micrófono. Quince semanas después, pude asistir desde mi ventana a la triste imagen del hombre saliendo del bloque con una maleta y su feo chucho, y caminando calle abajo hasta la parada de taxis. Llovía. Caía el agua como ahora el agua de la fuente es pulverizada sobre mi rostro. En ese momento, yo era el único que veía la escena en toda su complejidad. Nadie, salvo yo, podía encontrar sentido y propósito a la escena.

La segunda parte de mi plan consistía en seducir a la mujer. Tenía que ser la parte más difícil, especialmente porque exigía mucho de mi arte en la improvisación. Me llevó el período de vacaciones de Navidad esbozar un procedimiento. En lugar de insistir, como había hecho con el plan de separación, en una idea única, me convertí en un ser comprensivo y atento, en un acompañante del dolor emocional que sin duda atravesaba a la mujer. Cada día diseñaba una lista de canciones que ayudaran a superar la pérdida. La hora peor del duelo era la previa a la cena. Ella salía con una copa de vino blanco al jardín, cada vez más descuidado y cubierto de hojas secas, desprovisto de los geranios rojos que suavizaban la áspera escena. Solía sentarse en una silla solitaria, con la copa y un pequeño transistor portátil, y yo la veía hundirse y sollozar. Pero cuando alzaba el rostro y miraba al edificio de enfrente, donde vivía su locutor favorito, me aseguraba de que viera mi silueta recortada en la ventana. Desde mi posición, podía ver su rostro enrojecido y congestionado lleno de lágrimas. Poco a poco fui desvelando mi identidad, hasta que una tarde me atreví a saludarla con la mano y dirigí un altavoz a la calle. Ella apagó el transistor se puso en pie para escuchar los delicados fados que escogía para ella, y prometo con toda solemnidad que la vi sonreír mientras aquellas notas corrían por la calle como los riachuelos de agua que se formaban cuando llovía con fuerza.

Me instalé en el piso a inicios de este verano. Ella nunca ha sabido que yo me encontraba detrás de la emisión. Para ella, sencillamente compartimos el gusto radiofónico. Durante el traslado me encargué de que la señal, y nuestro locutor favorito, se perdieran progresivamente. Dejamos de escuchar la radio y nos dedicamos a revitalizar nuestro jardín, y así nos convertimos en una pareja convencional, con sus momentos de plenitud y sus discusiones. Hoy mismo hemos tenido nuestra décima discusión. He bajado a la calle a dar una vuelta, y así es como me he acercado a la fuente.

Regreso a casa. Abro la puerta despacio, sin hacer ruido. Siempre siento una pizca de vergüenza cuando abro la puerta tras una discusión. Ya ni recuerdo por qué empezamos a enfadarnos. Creo que por la fuerza del aire acondicionado. Me acerco a mi pareja y abrazo una intención de abrazo. Luego le cuento que he estado de paseo, y le describo la fuente. Me quedo un rato mirando, por la ventana de la cocina, nuestro bonito jardín con sus nuevos geranios. Le pregunto por qué hemos plantado geranios, si tienen algún significado. Ella dice que los geranios simbolizan la determinación. Nuestro jardín sobrevivirá mientras exista la determinación y la disciplina requeridas para mantenerlo. Y nuestra relación también.

No sé si alguna vez le contaré toda la verdad. Dentro de mi pecho brotan los geranios, como en nuestro jardín. A veces siento un poco de lástima por el hombre al que arrebaté pareja y edén. La mayor parte del tiempo pienso que yo también podría ser como él.

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Un jardín escondido (2020), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.