Revolución contra la revolución

Insumisa, de Yevguenia Yarovslávskaia-Markón

Armaenia Editorial: Madrid, 2018. 150 págs.

En los regímenes totalitarios el papel es lo primero que se resiente. La autobiografía de Yarovslávskaia-Markón, fusilada a los veintinueve años, en 1931, en el campo de trabajo de las islas Solovkí (unos meses después que su marido, el poeta Aleksander Yarolavski), recoge esta preocupación: “El papel ha desaparecido de nuestra Unión”. Insumisa es un relato redactado con la crudeza y la honestidad de quien sabe que va a morir. En este carácter me recuerda a la primera parte de El Vértigo, de Eugenia Ginzburg: ambas sufrieron por la vida de sus manuscritos tanto como por las suyas propias; su talento literario, más allá del testimonio, clarifica los hechos; en una decisión audaz, las dos se situaron en el centro del huracán, en una zona de serenidad aparente.

Irina Fliege es la autora del postfacio de un volumen traducido por Marta Rebón, que viene acompañado de un revelador dossier de documentos relativos al encarcelamiento y ejecución de nuestra protagonista. En su texto Fliege nos narra, con la precisión que tanto amaba la brillante estudiante, la trayectoria de publicación del manuscrito original en inglés, y destaca el valor testimonial y judicial, pero ante todo histórico, de quien estuvo “enamorada perdidamente de la revolución” primero, dejó correr un año de juventud perdido (“me convertí en una persona extremadamente hipócrita y frívola”), se rebeló contra su educación burguesa, vivió en la calle, se apartó de la imagen de la heroína socialista, y con una voz implacable nos habla desde el fondo del abismo.

Ante su lenguaje áspero queda poco espacio para una réplica que también va dirigida a su autora: el estilo apresurado supone un desafío a su formación. De su padre recibió un amplio conocimiento en cultura germánica, el interés por la alta Edad Media, disciplinada pero respetuosa, y un cuidado sentido del gusto. De su madre heredó una larga estirpe de intelectuales revolucionarios, marcados por el Domingo Sangriento de 1905, comprometidos hasta la miopía con la causa bolchevique. Fue revolucionaria consigo misma, vegetariana y egoísta, irónica y curiosa, posthegeliana y autodestructiva. “Fui niña hasta los seis años”, nos dice. Pero dejó la infancia para buscar otra forma de inocencia: sentía atracción por todo lo que se encontrara defectuoso, defendía el perdón universal y hay fragmentos en los que parece ansiar la fatalidad. Reconocía al instante cualquier rasgo de lumpenproletariado, se sabía todas las canciones revolucionarias y las cantaba a pleno pulmón por las calles de Leningrado. “Era revolucionaria a pesar del hambre, de hecho, el hambre preparaba el espíritu con mayor efectividad que el cilicio. El hambre une”, rememora. Y más tarde: “Entonces lo mandé todo al cuerno”. Por qué la pequeña revolucionaria se enfrenta a la revolución es el motor interno del libro. La explicación, en parte, se encuentra en esa inocencia que acabamos de señalar: “La revolución de octubre me gustó incluso más que la de febrero”, que me recordó a una frase de Cuando el viento sopla (1986), aquella maravillosa película de Jimmy T. Murakami, sobre un matrimonio de ancianos británicos que se prepara para una hipotética Tercera Guerra Mundial: “Lo pasábamos tan bien en la guerra”.

Tal vez Yarovslávskaia-Markón intuyó, en medio del terrible silencio de su internamiento en el campo de trabajo, que era preciso mantener una revolución interna que nos defendiera de una revolución aceptable: “Cualquiera que sea el régimen en vigor, incluso el más progresista, no puede ser, bajo ningún concepto, revolucionario, pues aspira a mantenerse, no a caer”. Son más creíbles aquellos que se muestran insumisos ante sí mismos que quienes conquistan el tópico pensando que así brillarán dentro de una revolución que no comprenden, cuando esa revolución ya no interesa a nadie. Por eso, precisamente, es necesario este ejercicio desafiante y letal.