LA BLASFEMIA

«Nunca te quedes quieto cuando te veas sorprendido por la niebla», decía su padre. «Avanza siempre».

Michael era un hombre que no podía vivir con la amenaza de lo imprevisto. Prefería ser mediocre a que le tomasen por descuidado: «Piensa en los pasos recorridos, traza mentalmente una línea recta y, en la medida de lo posible, ya que has recorrido decenas de veces ese sendero, procura pasar por los lugares que realmente conoces. Siempre repito que la rutina, que una buena rutina, nos puede salvar a todos. Pues bien, si te sorprende la niebla, si la niebla te envuelve, no te entretengas en mirar si hallas alguna luz a tu alrededor, ni te sientes a esperar a que decida marcharse tal cual vino. Porque ya sea fugaz su paso, o su densidad pueda ser recogida en tu alforja, debes demostrarle que tú ya estabas allí antes que ella, que habías considerado la posibilidad de verte envuelto en su gélido abrazo, que las nubes que ella trata de ocultarte van más rápido, que una vez hubo otras nieblas por ese mismo camino, y que mañana harás exactamente lo mismo que haces hoy; porque la niebla, hijo, óyeme bien, la niebla es un engaño, es un telón que envuelve el escenario que conoces. Ella tratará por todos los medios que creas que la realidad ha desaparecido, pero tú, con tu forma de avanzar, de conducir tus pasos con absoluta convicción, puedes hacer que la niebla se rinda. Pasarás a través de ella y el paisaje, de acuerdo a tu plan, ella hará su aparición tal cual la recordabas, sin una mínima variación que no sea la que pertenece al sutil transcurso de los días, tan largos aquí, tan preciados y blandos como piel de oveja. Recuerda esto».

Ahora el padre había visto cómo se asentaba la niebla en el fin de sus días. La niebla se espesaba, los bancos de vanidad lo cubrían todo, y a su alrededor la luz era una acumulación de sombras espantadas por los ángeles. Søren no sabía muy bien si el paisaje que esperaba al otro lado sería el que deseaba, si acaso el sabio consejo de continuar adelante no era tan sabio consejo como parecía, o si su pragmatismo adquirido en el comercio no lo había quizá abandonado en el último instante. Sí sabía que las palabras de Cristo le habían calado como esa niebla. Por lo tanto, quien oyera a Kierkegaard oiría a Cristo.

Michael había presenciado, a lo largo de ochenta y dos años, diversos tipos de niebla. Estaba la bruma que se derramaba por la ladera de las montañas, empapando árboles inmensos y engullendo insignificantes matas de hierba seca y crujiente. Esta niebla era débil pero aun así molesta. En su niñez temía los bancos de niebla esponjosa que se formaban junto al río. Entonces le parecía antinatural que las nubes se resignaran a descender a la tierra para ensuciarse con la inmundicia del limo y la corteza de la tierra abierta para el cultivo. Al contrario que la niebla que podía atravesar con facilidad, la que caía como lentas lenguas de fuego frío, con lágrimas centelleantes en su interior, la espesura de la niebla corpórea, incorporaba un terror íntimo como el de la seguridad de la noche (como el dolor invisible del fuego o el monstruo que gime en cada tormenta), el terror de las zanjas abriendo los cultivos y escarbando hacia el infierno. Era una sensación muy diferente a la habitual aprensión ante lo que desconocemos. Con la edad, y con el miedo que ya no le abandonó hasta su muerte, el padre de Søren llegó a pensar que, cuando un ser penetra en la niebla firme, en el fondo es como si entrara en el fondo de un espejo, como si pudiera pasear enjaulado en el reflejo de su condición pasajera. Cuando no había otro remedio que enfrentarse a un fenómeno tal, uno se convencía de que todo tenía un fin. Era algo que debía aceptarse, para que las cosas no resultaran tan imposibles.

Había otra niebla, la preferida de Michael: una especie de alfombra que llegaba a las rodillas y que a él le daba la impresión de encontrarse caminando sobre las aguas. Lo que le gustaba de esta forma de humedad era, curiosamente, que siempre le sorprendía, que no era capaz de intuir su proximidad.

¿A qué clase de niebla pertenecía la correspondiente a las últimas horas de vida de su padre? Søren detectó en él una extraordinaria cantidad de dudas. Era como si esa niebla de la que tanto había hablado anidara en el interior de sus ojos, y no existiera modo alguno de disiparla. No podía saberse qué pensamientos había en conflicto tras aquellos ojos. Sin embargo, Søren intuía que guardaban relación con aquellas cosas que no son de este mundo. Ya a principios de verano percibía que la lucidez de sus conversaciones teológicas se diluía, que su padre se perdía en minuciosas descripciones que antes hubiera evitado. Aún más, se precipitaba hacia terrenos que le llevaban a contemplar todo bajo un exhaustivo prisma espiritual. Él, que siempre había abominado de emplear el espíritu para comentarlo todo, ahora no dejaba de ver implicaciones de este tipo en las cosas más banales. Además, no cesaba de deslizar incómodos interrogantes acerca del futuro, de la vocación del hijo, como si tuviera una opinión más que formada al respecto pero no terminara de decidirse a confesarla, bien porque no era el momento oportuno, bien porque la naturaleza de aquella opinión supusiera tal escándalo, tan alto nivel de imposibilidad, que la sola formulación verbal pudiera producir ataques de pánico en el oyente e inundaciones acompañadas de hambruna y epidemias en el pueblo.

Unas motas de polvo lograron penetrar en el banco de niebla para luego ser engullidas por la luz de mediodía. El padre había esperado hasta el final para confesar su aguijón en la carne: Cuando era todavía un niño, incapaz de comprender por qué Dios permitía tenerle rodeado de tanta pobreza, se subió a una árida colina, se irguió sobre una peña y desde allí maldijo solemnemente a Dios, con el puño levantado contra el cielo. Desde ese mismo momento, la vida le sonrió: recibió una suntuosa herencia, logró abandonar su trabajo de pastor de ovejas, y realizó inversiones en bonos convertibles en oro que le convirtieron en uno de los pocos que pudo esquivar la quiebra de la economía danesa, época en la que nació Søren. Michael incubó la idea de que todo se lo debía a sí mismo y a su trabajo. Pero nunca olvidaría ese día de su niñez, el pellizco en el alma que siguió a su blasfemia. En su cabeza y en su corazón tomó forma la convicción de que, a causa de la blasfemia, ya había sido irrevocablemente condenado, y que era sólo cuestión de tiempo que el gran castigo llegase. Por este motivo, en casa siempre olería a hinojo purificador.

Søren conocía el resto de la historia: cinco de sus hermanos murieron, y también las dos esposas de su padre (la primera en morir fue su madre, que era pariente lejana de Michael). Søren comenzó a comprender. Toda su vida apareció ante él como una respuesta a la blasfemia de su padre.

El padre tenía 56 años, y se había casado con la criada dos años después de la muerte de su primera esposa. Søren era el menor de los siete hijos. Michael se había recluido, retirándose de los negocios, y comenzó a enseñar lógica a su hijo, el más enfermizo y pálido, habitante de un silencioso desespero. Las frases del joven de siete años eran replicadas, con una retórica enfermiza y capciosa. El muchacho viajaría en su imaginación a través de los libros. También viajaría con su padre a París, Florencia o Dresde, pero recreadas sus calles dentro de casa. Cada estancia era un museo o un hotel, y el joven tenía que describir las ciudades minuciosamente, según las ilustraciones que su padre le mostraba. Søren siempre sintió, a pesar de su fino sentido del humor, que se había saltado la infancia: vestía ropas anticuadas y tenía modales muy pasados de moda, de modo que en el colegio le llamaban “el pequeño anciano”. Hasta su incipiente chepa parecía puesta ahí para recordar que era hijo de una maldición. Mientras los niños de su edad se deleitaban en la magia o la poesía, él buscaba a su padre para emprender la enésima batalla dialéctica.

Desde el principio de su vida adulta consideraba que no encajaba en el mundo, que su poca satisfacción en el vivir y su enorme inteligencia no hallaban cabida dentro de su mediocre generación. Cada pensamiento suyo saltaba de la mente con fuerza tal que le dejaba agotado. Demasiado enfermo para hallar reposo. Demasiado inquieto para detenerse. Caminar y escribir eran actividades que adoraba, pero ambas le poseían, le dejaban exhausto. La niebla era un consuelo porque ella jamás le demandaba nada y él no podía salir seco. Søren se fiaba ciegamente de todo cuanto existía al otro lado de la niebla.


Cuando oyó lo que aquel hombre de ochenta y dos años había hecho en su juventud, Søren salió corriendo, se emborrachó, se fumó un puro y a continuación visitó un burdel. Contó a la prostituta lo que su padre le confesó esa mañana y la prostituta se rio de él, articulando unas carcajadas bestiales, cercanas a un rebuzno. Søren se sintió humillado, igual que Cristo se debió sentir en la cruz, con el cuerpo roto e incompleto. ¿Habría hecho lo mismo que él, correr a los pies de una prostituta para confesarle su enojo? Se avergonzaba tanto del estúpido de su padre que empezó a pensar en cómo sería su vida si nunca hubiese nacido. Después bostezó.

Recordó que a los veinticuatro años tuvo una discusión con su padre y se fue a compartir piso con un amigo. Estuvieron un año sin hablarse, hasta que tomó forma en su cabeza la sospecha de que su padre tenía posibilidades de sobrevivir a toda la familia. El pensamiento era tan fuerte que no podía concentrarse en Platón, ni en Fichte, con lo que ambos alegraban su corazón. Sólo quedaban su hermano y él para demostrar a su padre que la sombra de la muerte por fin se había detenido. Necesitaba pecar como un loco, apartarse de cualquier concepto sano sobre la eternidad, entregarse de alguna manera a la indolencia, única actividad física que se le daba bien. Así que se puso a leer literatura. Y la literatura le llevó a la vida disoluta, que acabó por deprimirle más que los trabajos de Sleiermacher. Qué aburrimiento de hombre.


Necesitaba escribir un rato. Salió del burdel tambaleándose, muerto de frío. Se encogió en su terrible abrigo con pollera y se puso a murmurar las frases que luego vomitaría sobre el papel. Pensaba en lo desdichada que había sido su infancia, pero no podía evitar una pizca de agradecimiento en lo más profundo de su ser por ese hecho. A Søren le atraía el juicio, no el amor. Dio una larga caminata de regreso a casa. Cuando llegó, ya tenía decidido qué taza escogería para el último café de la jornada. Trazó unas anotaciones rápidas, de pie frente al escritorio sin quitarse el abrigo mientras esperaba a que el café estuviera listo. Vertió la pirámide de azúcar en la taza y después el intenso café. Le gustaba ese momento en el que la blanca montañita de azúcar se disolvía con el café y se hundía hasta el fondo. Garabateó un par de páginas, preso de una divertida rabieta, y se despojó del abrigo. Ahora temblaba por la mezcla del café, el jerez que había tomado y las notas que tenía delante.

Seguía su introspección a medida que consumía cigarros. Cuando acababa uno, paraba de pensar, encendía otro y continuaba con la reflexión, escuchando a su conciencia.

Tanto en los mares sin fondo del placer como en los abismos del conocimiento, trato de arrojar el ancla. También yo he experimentado la casi irresistible fuerza con que a veces un placer nos arrastra hacia otro, la especie de entusiasmo ficticio que provoca el tedio y el hastío que se siguen. También yo he gustado los frutos del árbol de la ciencia, ¡y cuántas veces me he regocijado con su sabor! Sé del placer de robar a Dios lo que es suyo. A partir de hoy escribiré así, arrebatando a Dios su luz, viviendo intensamente su temor y su angustia.

No encontraba argumentos contra aquella idea. Ya había ganado unos cuantos años de vida. Ya había sobrepasado ampliamente los treinta y tres años que se había dado de vida a sí mismo. Y se encontraba saludable, al menos todo lo saludable que podía aceptar ser. Así que su vida era, en cierto modo, una profunda ironía, una negación continua del milagro de la existencia, un grano purulento en Dinamarca. O mejor una joroba. Una loma indomable como la suya, como las colinas de Jutlandia: quizá no excesivamente ostentosa, pero a la que nadie puede dejar de mirar.

Donde quiera que mires encuentras multitud de benefactores de la época, que son útiles a la humanidad haciendo la vida cada vez más llevadera y, sin embargo, cada vez más significativa. «¿Y tú qué haces?», me preguntas, padre. «Hacerlo todo más difícil», respondo yo.

Tachó a su padre del párrafo. Aún no había muerto, aún podía defenderse. A veces le parecía que conservaba más fuerzas que el hijo. Y así debía ser: su padre debía sobrevivirle, dar un testimonio del enorme fracaso que había sido la familia. Esa era la voluntad de Dios, a causa del acto de su padre. Como Abraham, Michael también debía sacrificar a su hijo, llevándole a su extinción espiritual. Søren no estaba dispuesto a aceptarla. ¿Cómo cumplirá con su obligación de ser el tenedor de Europa, la rana en la cerveza, la conquista del inadaptado, si su espíritu era arrancado del suelo?

Siento venirme temblores cuando me detengo a pensar cuál ha sido desde mi más tierna infancia el paisaje de fondo de mi vida, la angustia con que mi padre llenaba mi alma y mi propia y terrible melancolía. ¿Era Cristo? ¿O era la culpa? ¿O Cristo y la culpa?

De todos modos, pensó mientras acariciaba la hoja en la que escribía, no valgo para la vida práctica. Y apoyó la declaración sacándose los zapatos y mandándolos de un puntapié al otro extremo de la habitación. A un lado se había formado un pequeño charco con las gotas de agua que se habían deslizado por su abrigo. Prendió otro puro y se sentó en el borde de la silla.

La vida es un proceso y a la vez una conquista. La conciencia es doblez; hay que dudar de ella, hasta hacerla pedazos. Superar la desesperación exige morir por el mundo a través de la fe en Cristo, la muerte de la muerte.

Cristo no traía paz, sino muerte. El regalo mayor que su padre podía ofrecerle era mostrar la verdadera cara de la fe, la de una experiencia vertiginosa, abismal y desesperante, sin garantías ni comodidad. Cristo no alivia, sino que desafía. Nada de buscar la paz interior. En su ayuda vendría la angustia. Desde su necesidad rabiosa del silencio de Dios, Søren comprendía que él mismo era el más solitario de los nudos teológicos posibles. Y comprendía que únicamente existía un modo de deshacer ese nudo.

En ese momento todo le resultaba insensato, como si todo el paisaje que tenía ante sí hubiese sido dispuesto de antemano. Como si el dueño de las tierras pudiera elegir que el viento soplase desde una determinada dirección, o fuese posible decidir cuánto frío haría. Cualquier otro día podía pensar que aquellas terribles columnas de piedra no correspondían a ese lugar, que no debían estar allí. Pero hoy ofrecían un espectáculo adecuado. Los árboles eran más anchos, más viejos que los que tocó su padre. La hierba estaba más seca. El escenario se asemejaba al que imaginaba que su padre recorrería de niño. Pero no se dio por satisfecho. Hizo rodar unas rocas, arrancó cortezas y apiló hojas secas. Pisoteó margaritas. Halló insectos debajo de cada piedra que movió, ríos de hormigas que brotaban de la tierra. Ciempiés que se retorcían como sus pensamientos.

Con qué claridad veía clara su misión de ahondar en la caverna para apagar el fuego de Sócrates. Eso era lo que Dios le demandaba: Crear dificultad allí donde fuera, impedir el conformismo, mantener despierto el espíritu, ser impertinente, angustiar los corazones, resquebrajar el sistema, desmontar el orden establecido.

La niebla le impedía calcular el momento del día. La verdad, la tan idolatrada verdad, no tenía por qué ser buena. Podía ser liberadora, y a la vez causar un tremendo daño. Søren debía recrear las condiciones de aquel día aciago de la forma más realista posible. Y de haber sido necesario mover los cielos y cambiar las montañas de lugar, hubiera sido capaz de conseguirlo.

Cuando tuvo el escenario preparado y a su gusto, se subió a una de las rocas más grandes, escupió en el suelo, alzó la mano y profirió, envuelto en un grito, el peor insulto que se le ocurrió, dirigido con total intención contra Dios y contra el cielo. Nadie salvo una ruidosa bandada de pájaros escuchó su desagradable blasfemia. Søren sintió un rotundo goce en lo más hondo de su ser. Estaba preparado para reconciliarse con su padre.


Michael falleció un mes después, a las dos de la madrugada. Cuando miró a su padre por última vez, fue como mirar un libro de historia.

Søren pasó los siguientes seis meses en un largo encierro para acabar sus estudios de teología. Creó varios de sus futuros seudónimos, que emplearía como estrategia literaria para transmitir la verdad. Søren sería Juan el Trepador, Vigilante del Estercolero, el Hilarante Encuadernador, el Hermano Taciturno. Todos serían él, y a la vez ninguno de ellos lo era.

Michael dejó a su hijo veinte mil coronas, pero también permitió a su vástago la liberadora imposibilidad de relacionarle con cualquier idea sobre la felicidad que tuviera la tentación de formular. Porque la felicidad, como la niebla, es insensatez. Y la fe necedad, y el amor sal en las heridas.

En la fiel niebla podía encontrar una verdadera fortuna. Nada había de interés fuera de la niebla. Al otro lado de la niebla sólo le aguardaba el progreso.

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La blasfemia (2020), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.