Intervalo 9

«Lo que somos por escrito» (2 Corintios 10:11)

I

En nuestro mundo, la percepción que tenemos acerca de quiénes somos está cada vez más presente. También resulta cada vez más fácil presumir de ello. Todavía no tengo claro si el acceso relativamente sencillo a medios de distribución y expresión de las ideas hace que lo interesante se vea eclipsado por lo superficial, o si es nuestra adhesión a lo superficial lo que ha convertido a la tecnología en accesible.

Es evidente que la expresión escrita de nuestro interior siempre lleva incorporada una parte de fabricación, de manipulación si queremos llamarlo así, y que en nuestra ausencia esas palabras que hemos dejado atrás pueden sustituir a nuestra propia persona. Por eso en nuestra época, aunque hemos llevado la ficción a unos niveles de gran sofisticación (y es bueno que así sea), tenemos para con la palabra escrita una responsabilidad que no nos conviene eludir. Alguien que hoy se gane la vida escribiendo (o lo intente) no puede permitirse el lujo de despreciar el valor de lo que se escribe. No porque se trate de una persona importante, sino porque el lenguaje y el discurso están para algo más que para satisfacer nuestra egolatría. Creo que Pablo, mientras dedica tanta atención y esfuerzo intelectual a defender el ministerio propio piensa en esto. Para Pablo la insuficiencia de las palabras es un discurso algo engañoso durante su época, como también lo es en la nuestra.

Las palabras dicen mucho acerca de nuestra condición.

T.S. Eliot

Una palabra que expresa muy bien cómo es el ser humano es “hueco”. T.S. Eliot escribió un largo poema bajo este título, y fue más allá que en una simple digresión acerca de la incompetencia del lenguaje. Para él, el hombre ha sido vaciado durante la caída, se ha convertido en un pedazo de barro seco, en un torrente despojado de su caudal. Adónde ha ido el agua, ninguno podemos afirmarlo con seguridad. El ser humano ha aprendido, según este espectacular poema, a “erigir imágenes de piedra” para una edad muy vieja, y el mundo decae “entre la concepción / y la creación. / Entre la emoción / y la respuesta (…) Entre el deseo / y el espasmo (…) Entre la esencia / y el descenso”. El fin de la humanidad no será, como bien explica Eliot, “No con un golpe seco sino en un largo plañir”.

Lo que somos por escrito está plagado de huecos.

II

También somos negro sobre blanco. Pero fuera de ese blanco contexto, una apariencia incolora. Para ser tan opacos entre nosotros, en realidad somos transparentes para Dios. Y, sin embargo, apunta el historiador Michel Pastoureau, que se ha especializado en el análisis de los códigos y la interpretación del color a lo largo de los siglos, “hay una paradoja: la falta de color y el exceso de color son en el fondo lo mismo”. En nuestro léxico, lo incoloro es aquello que no tiene color propio, lo que carece de brillo y se encuentra desprovisto de originalidad, expresión y personalidad. Si bien hay cierto color en lo incoloro (lo percibimos cuando llenamos una cantidad considerable de agua), lo que estamos señalando realmente al emplear el adjetivo es la debilidad, lo aburrido, lo uniforme de lo que sea que tiene esa característica.

Michel Pastoureau

Relata Pastoureau que fue la imprenta quien hizo palidecer al color blanco para Occidente cuando se determinó que ese sería el fondo neutro sobre el que irían los tipos y los grabados. La informática, al considerar de nuevo el blanco como un color con entidad propia, y no el hueco vacío donde no se deposita la tinta, está cambiando la percepción del color, nos explica Pastoureau pero, aun así, el blanco sigue requiriendo de un contraste, un contexto fuera de sí mismo (más allá del ruido y la saturación) para conocer exactamente cuál es su matiz y la precisión de lo que está expresando. El blanco, también en su abstracción, se ensucia con facilidad.

Lo que somos por escrito tiene una interesante y familiar palidez.

III

No deja de ser curioso que veamos como muestra de incompetencia decir que un personaje, o una trama, es el reflejo absoluto e infalible de su autor, tenemos una facilidad pasmosa de confundir a Dios con la creación. Pero la Biblia deja muy claro que la forma de proceder de Dios es muy diferente a la nuestra. Una consecuencia de esta confusión es que, la mayor parte de las veces de forma errónea, damos las cosas por supuestas: como la naturaleza no nos responde, automáticamente entendemos que Dios no nos hace el más mínimo caso, o que está ausente (porque, obviamente, nuestra perspectiva debería ser la primera, porque las respuestas que demandamos siempre son más importantes).

Me gusta fijarme en cómo actúa alguien que tiene mayores capacidades que nosotros para prácticamente todo. Hace milagros y para muchos es el personaje de ficción más grande que haya existido. Hablo de Superman. Con el tiempo, se ha ido convirtiendo en mi superhéroe predilecto: su actitud es un enigma dentro de un acertijo, y cuanto más sabemos de él, o más elementos le añadimos a su historial, más esquivo se vuelve y más preguntas nos arroja. Es curioso que, si le añadimos cosas relativamente creíbles de otros, nos resultará ciertamente increíble para él: si dijéramos que, dado que Superman procede de una civilización alienígena y avanzada respecto a la nuestra sería capaz de fabricar armas sofisticadas, sabemos que eso no le pega en absoluto. Todo lo que ha sido puesto por escrito acerca del personaje acaba por definirle hasta tal punto que a partir de cierta etapa no podemos sumarle lo que nos apetezca.

Por ejemplo, no podemos decir que en realidad su apuesta por el bien es una impostura. Podemos decir, como ocurre en la serie Injustice: Gods Among Us (precuela de un reciente videojuego), que Superman puede cometer errores irreversibles. Pero no podemos decir que está siempre disponible. De hecho, pasa la mayor parte del tiempo frustrado por su incapacidad para ser un salvador, pasa largas temporadas en su fortaleza de la soledad, sin llegar nunca a encarnar a un verdadero ser humano, ni siquiera a comprender la especie en la que vive. Ser alguien excepcional no te libra de tener problemas. En uno de mis tomos favoritos, Las cuatro estaciones, vemos cuatro puntos de vista diferentes sobre Superman y su identidad secreta, Clark Kent. Esos cuatro acercamientos al personaje proceden de las personas más cercanas: su padre adoptivo, su compañera de colegio en Smalville, su compañera de trabajo en Metrópolis, y su mayor enemigo. Ninguno de ellos puede darnos el retrato completo sólo con su narración. No es hasta que colocamos los cuatro testimonios juntos que no comenzamos a entender quién es Superman, y aun así se va abriendo un espacio para el misterio alrededor de él. Sabremos que no puede contar su verdad a cualquiera, pero cualquiera puede entender que es mucho más de lo que muestra al mundo. Podemos entender por qué Clark Kent escoge ser periodista, pero no cómo es y cómo vive él su soledad. Lo que se ha puesto por escrito acerca de Superman debe dejar ausencias a su alrededor, y es bueno que sea así. De otro modo, nunca estableceremos una conexión clara con el personaje.

Lo que somos por escrito da mayor cuenta de nuestra naturaleza que de la de Dios.

IV

Con Superman, y en concreto con este volumen, llegué a la conclusión de que uno tiene que dejar que sus personajes crezcan por sí solos. A todos nos gustaría crear personajes tan completos, ir tanto al detalle que nadie pueda poner en duda su veracidad. Pero la realidad es que hay que elegir, hay que saber detenerse, aprender a no contar más de lo necesario. Tomar decisiones. Aceptar lo incompletos que somos.

James Wood analiza en su libro Los mecanismos de la ficción los dos libros de Samuel, y pone como ejemplo de personaje incompleto a David, alguien que dejó ríos de tinta en forma de salmos.

James Wood

David, nos recuerda Wood, lo ha tenido todo, pero también lo ha perdido todo, y ha aprendido la tranquilidad y la resignación. “Lo que importa al escritor de la Biblia no es el estado mental de David, sino el arco completo de su vida, que es tanto humano como apenas humano (…). En un cierto sentido el narrador es Dios, que escribe el guion del destino”. No importa la cantidad de letra que uno pueda exprimir o derramar: lo que nos convierte en significativos está siempre fuera de nosotros. La debilidad de nuestro discurso propio, aunque suene paradójico, es la fortaleza del discurso de Dios.

Lo que somos por escrito es inútil si su fin único es el de reivindicarnos.

V

Me interesan mucho las obras fallidas: por un lado, me recuerdan que la persona que está detrás es precisamente eso, una persona; por otro, me anima a finalizar lo que tengo empezado; y, por último, me confirman que en el trayecto entre la idea y su ejecución pueden suceder un montón de cosas. De igual forma me desconciertan las obras inacabadas. Un libro sin terminar, un proyecto interrumpido, es una carga para su autor.

Heiner Müller

Decía el dramaturgo Heiner Müller que escribir es “luchar contra el texto que va naciendo”. Verdaderamente hay una gran diferencia entre tomar nota de una reflexión que nos atrae y moldear (a veces contener, a menudo eliminar) lo que uno ve formarse en su interior (generalmente una idea). La obra de Müller es voluntariamente fallida e inacabada: parte de una fragmentariedad tan evidente, de una ruptura tan abierta con la forma teatral, que no nos permite relajarnos. Va de lo poético a lo filosófico, de lo político a lo emocional, como si se tratase de un péndulo. En una de sus obras más emblemáticas, MáquinaHamlet, reescritura del texto de Shakespeare, llega a enfrentar al personaje con su lingüística, opone el mito a la limitación del hombre: “Mis palabras ya no me dicen nada. Mi pensamiento se chupa la sangre de las imágenes. Mi drama ya no tendrá lugar”. Y ese monólogo ocurre en cualquier parte y al mismo tiempo en ninguna, en una época muy concreta para todas las épocas. Lo pronuncia Hamlet, pero también la humanidad contemporánea. Por eso choca tanto el sacrificio de Cristo, porque no nos situamos únicamente ante un hecho extraordinario, sino que además es un sacrificio completo, terminado. Quizá por eso nos resulte inexplicable y difícil de comprender. Incluso antinatural.

Lo que somos por escrito es un fiel reflejo de hasta qué punto somos limitados. Y de la realidad de que no tenía por qué ser así.

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