Intervalo 8

«Siguió escribiendo en el suelo» (Juan 8:8)

I

Me (re)encuentro con este texto en una semana de especial sequía creativa y una fuerte presión económica y laboral. Es precisamente durante estas crisis cuando uno debe huir de lo anecdótico. Por eso, cuando detecto un nuevo detalle, dentro de un pasaje que consideraba un viejo conocido, es como si mis ojos se abrieran de nuevo. Y no me refiero al acto de Jesús de inclinarse y escribir (probablemente garabatear) sobre el suelo (de hecho, escribí toda una conferencia que partía de esta imagen, y que acabó en forma de libro). Me refiero a que, después de eludir la trampa ética que habían tratado de tenderle con ese gesto, y tras el conocido “quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra”, Jesús regresó a su escritura en el suelo. Ahora veo que lo importante no está tanto en qué había escrito Jesús, sino en el propio gesto. No en la especulación sobre las palabras, sino en ese movimiento común, hasta prosaico, en el suelo.

En mi educación religiosa, siempre se ha destacado la parte trascendental (y según la época y el expositor, casi mágica) de la figura de Jesús. Y lo que es todavía más grave, la identificación del relato de Juan como el evangelio del Jesús espiritual, o abstracto. Nada más lejos de la verdad: son detalles tan comunes, casi diríamos que mundanos, como el de la escritura en el suelo, los que nos explican que Jesús puede despertar nuestro asombro, pero que él va mucho más allá de la pura fascinación; que a muchos les cae bien el personaje es una evidencia, pero dejarlo en esa simpatía me parece claramente insuficiente. En todos los evangelios, sin excepción, hay sobradas muestras del carácter humano de un Jesús que fue más que un hombre, pero que atravesó todas las problemáticas que nosotros atravesamos. De todas esas muestras, hay una que no se suele comentar: la angustia.

II

No solemos fijarnos en ello, pero a lo largo de los evangelios vemos cómo Jesús se ve presionado, agobiado, rodeado, incluso asediado. Evidentemente, el estrés es contemporáneo, pero no creo que haya ninguna ciudad de ninguna civilización donde no se den indicios de esa misma aflicción. Jesús deseaba encontrar momentos de calma, apartarse (aun en la parte final de su ministerio) para pasar tiempo con su Padre. Creo que la frase “siguió escribiendo en el suelo” está apuntando directamente a ese anhelo, esa sed de tranquilidad por parte de Jesús.

Para mí es un gesto con el que me identifico plenamente: cuando estoy reflexionando sobre algo, tratando de ordenar mis ideas y concentrarme, tiendo a garabatear en un papel. Tantear en el suelo es un movimiento muy reconocible para mí. Una vez, mientras estaba en el parque con mi hijo (curiosamente pasaba por otra época de angustia creativa), me encontré que no tenía papel a mano, y tomé algunas notas en el suelo. No necesitaba las palabras, sino verlas impresas en algún soporte, aunque fuera inmediato, para ver las ideas con un poco de claridad. Cuando volví a pasar por el parque, un par de horas después, alrededor de ese bando donde yo me había sentado a pensar había tres o cuatro personas mirando lo que había garabateado en el suelo. Y más tarde aún caí en la cuenta de que podría haber tomado esas notas en el teléfono móvil.

III

En esta acción de Jesús encuentro tres expresiones diferentes que forman una respuesta por parte de Jesús: continuidad, interrupción y fe, que resulta de una total ausencia de temor. Estas tres expresiones zanjan un debate, pero además nos revelan la lucidez del propio Jesús, si entendemos la lucidez como lo que es: arrojar luz sobre lo que permanece a oscuras. Si garabateamos del mismo modo en nuestra propia experiencia, veremos que necesitamos encontrar cierta continuidad entre lo que decimos y lo que hacemos, que hablar demasiado no es lo más conveniente, y que es imprescindible apartarnos de cualquier discurso sobre el temor (por muy virtuoso que este nos parezca) si queremos que nuestra fe crezca.

Inclinarse a escribir en el suelo no es una actividad fortuita. Es un detalle que continúa de algún modo lo que Jesús acaba de decir. Es consistente con su necesidad de apartarse de la tensa situación y mantener una actitud introspectiva. No actúa como si aquello no fuera con él, pero tampoco se deja llevar por el entorno. Es el mismo Jesús del que hemos leído antes, nada ha cambiado. Al mismo tiempo, descubrimos algo diferente de él, nos sorprende y descoloca con algo tan sencillo como el garabato aparentemente distraído en el suelo. A estas alturas del relato de Juan, Jesús es para la sociedad un maestro de la ley que goza de cierto reconocimiento. Pero con esta muestra de su personalidad nos enseña que él no es el hombre que ni ellos ni nosotros creíamos conocer. Él es mucho más que una voz autorizada.

IV

Cuando Jesús vuelve a inclinarse en el suelo para escribir no está necesariamente añadiendo información a su mensaje. Más bien está realizando un acto de negación. Jesús sabía cuándo detener sus discursos: como vemos aquí, no tenía necesidad ninguna de seguir hablando porque estaba todo bastante claro. A menudo frustramos lo que queremos decir por la dinámica de seguir hablando. Negar esa tendencia a la perfección de un discurso, interrumpirse a uno mismo. En un garabato iniciamos un trazo, y con el mismo movimiento de mano lo interrumpimos. Por eso tengo muchas dudas sobre esa interpretación que a menudo se da de este pasaje de que Jesús está anotando en el suelo los pecados que él ha visto en los que acusan a la prostituta. Aparte de que esa interpretación tiene más que ver con una lectura puritana, y que tal vez encaje mejor con esta necesidad contemporánea de cerrarle la boca a los demás, estoy convencido de que Jesús, quien nos ha mostrado lo que significa realmente negarse a uno mismo, aquí nos está dejando una pincelada más de esa verdad más grande. Esto no sólo sucede aquí. Jesús lo repite en otros muchos de sus actos, por ejemplo, cuando pide agua a la mujer samaritana (Juan 4:9), o cuando da gracias las dos veces que hace el milagro de multiplicar los panes y los peces. Son acciones de la misma naturaleza: trazos interrumpidos, garabatos, bocetos de una imagen posterior más amplia. Y por eso, cuando Jesús identifica gestos así entre las personas (la mujer que toca su manto, o los tipos que bajan al paralítico desde un tejado), nos dice que estas acciones son producto de la fe. Y que esos gestos de fe tan aparentemente insignificantes, no mayores que escribir en el suelo e incluso ejecutados con cierta torpeza, son los que salvan.

Cuando uno realiza garabatos, del mismo modo que un artista realiza sus bocetos antes de lanzarse a por la composición final, expone sus propias conclusiones, y estas se quedan para cada uno de los presentes. No se intenta imponer algo ya establecido a otros, porque esa idea desarrollada sencillamente no está, y lo que verdaderamente importa no es cómo se zanja un asunto (y quién gana), sino cómo partimos de ese trazo interrumpido para examinarnos a nosotros mismos.

Qué necesario es en nuestra civilización, ahora más que nunca, aprender a hacer garabatos en todas partes.

V

El trazado de Jesús en el suelo se produce en un momento en que sus enemigos declarados pretendían encontrar fallos en él, pero sobre todo tengo la impresión de que trataban de infundirle temor. Porque el temor nos paraliza. Especialmente en un mundo en el que el miedo a equivocarnos parece superar a todo lo que podríamos decir.

Lo mismo ocurría con la situación de los pagos al gobierno romano. Por eso Jesús, antes que resolver un conflicto político, lo primero que hace es eliminar el temor de la educación. A todos nos invade el temor y la parálisis cuando nos hallamos en una confusión similar. Cuando escribimos en el suelo, cuando vemos físicamente el garabato, la confusión ante las ideas incompletas se desvanece. Cuando Jesús escribió en el suelo, estaba haciendo desaparecer ese temor. El centro de su discurso atenta contra un dios muy propio de nuestro tiempo: el temor (la incertidumbre), que es contrario a la fe.

Los dioses modernos se alimentan de nuestro temor. Por eso Cristo y el temor son incompatibles. Por eso Cristo se pasa los evangelios diciendo a sus apóstoles “No temáis”. Cuando sus discípulos le piden que aumenten su fe, Jesús les pregunta que por qué tienen miedo. Porque la falta de temor es parte del discurso sobre la fe. No es posible tener fe y miedo al mismo tiempo.

La fe adquiere sentido en la oscuridad.

La fe es aquello que empieza cuando todas las demás posibilidades quedan anuladas.

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