Intervalo 7

«La realidad se halla en Cristo» (Colosenses 2:17)

I

La carta a los Colosenses es una brújula. Sirve de orientación, de asidero, cuando uno se acerca a ideas que parecen nuevas, a sombras que parecen descubrimientos. Esta frase se sitúa en un momento de aclaración, de distinción y discernimiento entre lo que es sabio y lo que no, entre la libertad en Cristo y la cautividad que supone servir a una simple abstracción. En medio del análisis (en el contexto de una discusión moral y teológica), su autor nos deja una pista definitiva, por si teníamos dudas: si no sabes hacia dónde mirar, si estás atrapado en una maraña de medias verdades, mira a Cristo. A menudo olvidamos que vemos lo que es sólo una sombra. Que incluso los conceptos filosóficos se nos escapan, porque les rodea una capa densa de niebla.

Recuerdo con paradójica claridad uno de mis primeros paseos entre la niebla, por el campo que rodea la zona donde vivo con mi familia. Entre los viñedos hay caminos, más o menos señalizados, que son muy apropiados para ir en bici, o para ir a pie de una población a otra. Tengo muy nítida en la memoria la imagen de la niebla a ambos lados del camino. Yo no lograba ver nada de lo que había a los lados, pero sabía (había visto mapas) que encontraría cepas, con los sarmientos al aire, justo antes de la época de poda, si me adentraba en una dirección determinada. Por encima de mí zumbaba el tendido eléctrico, y el silencio y la soledad se percibían de un modo increíblemente vivo. El paisaje parecía de algún modo irreal. Pienso mucho en esa sensación de irrealidad, en cómo percibo lo que es real, y cómo encajo aquello que es tan extraordinario que para mucha gente difícilmente podría ser considerado verdadero.

Estas dos palabras, verdad y realidad, son las que habitualmente mezclamos. Cuando decimos que algo es real, es porque primero tiene que ser verdad; cuando leemos el término “verdad”, o decimos que queremos llegar a la verdad última de las cosas, lo que hacemos (conscientemente o no) es construir nuestra idea de lo que es real. Por eso, cuando alguien dice que un cristiano vive fuera de la realidad, lo que está es observando la niebla a la que me refería antes: conceptos abstractos, argumentos enrevesados que parten de nuestra comprensión de la verdad. Porque la verdad, si se toma como un fin último, es otro de esos ídolos que siempre nos fallan. Con frecuencia, lo que más olvidamos es que la realidad está fuera de nosotros. Si la realidad, que está en Cristo, no vive en nosotros, nuestra verdad se extingue por sí sola, como la niebla.

Hannah Arendt explicaba mucho mejor esta idea de que la verdad no puede llenar nuestro vacío interior: “la verdad no es un resultado de la reflexión, sino su condición previa y su punto de partida; sin una experiencia previa de la verdad es imposible desarrollar ninguna reflexión”. Nuestra experiencia de la verdad, esa Verdad que nos hace libres, es en realidad el punto de partida.

Hannah Arendt: la verdad es el punto de partida de la reflexión.

II

Los escritores nos pasamos la vida luchando con ese lugar común que afirma que la “realidad supera a la ficción”. Lo que leemos en la prensa, incluso aunque parece efectivamente ficticio por su extravagancia, nos sacude con una gran fuerza, y parece que eso nadie podría haberlo inventado. Esto tiene que ver, en parte, con la “suspensión voluntaria de la incredulidad”, un fenómeno que definió el poeta Samuel Taylor Coleridge, según el cual cuando nos acercamos a una obra de ficción suspendemos nuestra estupefacción ante una historia fabricada por alguien, con mayor o menor fortuna, porque de no hacerlo no seríamos capaces de entrar en la historia, de participar plenamente como lectores. Pero la Biblia no es una obra de ficción (aunque hay pasajes en los que utiliza herramientas narrativas). No nos pide que suspendamos nuestra incredulidad, sino todo lo contrario: si nos acercamos a la Biblia con el prejuicio de la obra de ficción, todo nos resultará irreal. Si creemos, no sólo no nos veremos defraudados, sino que sabremos dónde está la verdad, cómo podemos construir nuestra realidad. A los Colosenses, y a nosotros, se nos está diciendo que Cristo es donde se halla la realidad. ¿Por qué en las cartas del Nuevo Testamento se señala siempre a Cristo? Porque, como bien decía C.S. Lewis: “la verdad es siempre acerca de algo, mientras que la realidad es eso mismo de lo que habla la verdad”. Para que un mensaje sea creíble, en el mensaje debe existir la distinción entre verdad y realidad, y en la carta a Colosenses se marca esta distinción interna, una técnica que Pablo sabe utilizar.

C.S. Lewis: la realidad es eso de lo que la verdad habla.

III

El crítico literario Simon Leys escribió una vez que “es merced a un salto de la imaginación como se capta la verdad”. Cuando uno escucha que la fe impide o coarta la imaginación, no puede estar más en desacuerdo: hace falta una enorme capacidad de negarse a uno mismo, de vaciar sus propios principios irrenunciables, para alcanzar imaginación. Los escritores más imaginativos siempre han sido, principalmente, juguetones, y creen que pueden cambiar el modo que tenemos de percibir o aceptar la realidad.

Paul Auster es uno de los autores contemporáneos que más ha reflexionado acerca de cómo las historias conforman nuestra idea de verdad. En 2001 colaboraba con una radio neoyorquina y pidió a los oyentes a que enviasen una historia breve, con la condición única de que fuera verdadera. Respondieron más de cuatro mil, y con ciento ochenta de ellos compuso el libro Creía que mi padre era Dios, utilizando el título de una de las historias. Esta historia, de un tal Robert Winnie, iba de cuando era pequeño y sufría los arrebatos iracundos de un desagradable vecino, que le reñía por comerse las ciruelas que caían en el lado de la casa del viejo gruñón y se negaba a devolverle la pelota que caía en su propiedad. Un día, el padre de Robert Winnie, harto de las tensiones que la familia soportaba por culpa de ese vecino, le grita que se muera, y acto seguido “el señor Bernhauser dejó de gritar, miró a mi padre, se puso colorado, después morado, se llevó la mano al pecho, se puso gris, se fue doblando lentamente y cayó al suelo”. Ante la escena, la conclusión fue que “creía que mi padre era Dios”, lo que le resultaba sumamente incomprensible. Es esa sencilla línea, en la que el hombre cree que su padre tiene tanto poder como para conocer los designios del horrible vecino, lo que convierte a la historia en creíble, en verdadera (ya que habla sobre algo). Al mismo tiempo, la historia es real, dado que esa sensación de ver al padre como si fuera Dios es de lo que habla la breve historia. Una historia en la que nos podemos ver reflejados, que distingue entre verdad y realidad, y aun así requiere un salto imaginativo (vernos a nosotros mismos en el patio de vecinos) para poder captar la verdad que cuenta en toda su plenitud.

Paul Auster

IV

Chéjov, referente definitivo del cuento desde el siglo XX, decía que de toda su obra se quedaba con El estudiante, un relato muy breve protagonizado por un estudiante de teología, Iván Velikopolski, que se encuentra con dos viudas durante su paseo por una mañana helada de Viernes Santo. Se ponen a hablar los tres, y el estudiante les cuenta la historia de la negación de Pedro. La viuda joven se conmueve, mientras que su madre, la viuda mayor, se echa a llorar, identificada con la historia de Pedro, quizá porque ha comprendido que, además de traicionar a Jesús, también se ha traicionado a sí misma. El canto de un pájaro que muere (un ser inocente), el viento frío de la mañana, las ramas crujiendo en el fuego, son elementos que de algún modo conectaba la historia de Pedro con la situación de las viudas. Chéjov era dado a permitir que sus personajes vieran cómo sus afectos y sus emociones se desbordaban, siguiendo un poco como aquello que decía el salmo: “mi copa está rebosando”.

Pero para que una historia contenga verdad, hace falta algo más que el recurso a una serie de imágenes y detalles. Esto sería el relato que es consciente de su propia condición de relato. Aquí está también la versión del estudiante, que se siente inesperadamente alegre, porque descubre que lo que ha narrado, la historia de la negación de Pedro, todavía puede conmover a alguien. “El pasado —pensó— y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros. Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro”, narra Chéjov. No es sólo que la historia esté bien contada, que haya una narración eficaz. Tampoco este cuento es una obra cumbre por la conexión entre una historia (la de Pedro), la que se cuenta en el marco del relato (la narración del estudiante de teología y su efecto en las viudas), y lo que nosotros conocemos (o intuímos que conocemos) del relato bíblico. La consistencia de El estudiante de Chéjov depende de un salto de imaginación por nuestra parte, de aceptar que una historia así, aun siendo creíble, es además verdadera. La realidad, en este ejemplo de Chéjov, también está en Cristo, porque al final Cristo es de lo que habla esa verdad contenida en la historia.

Anton Chéjov

V

Todos nos preguntamos en algún momento de nuestra vida qué es la verdad. No si algo es más o menos coherente con la realidad, sino si lo verdadero se puede percibir a través de nuestros sentidos.

Jesús ante Pilato (1308-1310), Duccio di Buoninsegna

Hasta el mismo Pilato, en Juan 18:38, plantea esa pregunta a Jesús: ¿Qué es la verdad? Es otra de esas frases en los evangelios por las que pasamos de puntillas. En la escena que recoge el retablo de Duccio que reproduzco aquí (del siglo XIV), da la impresión de que todos los personajes están haciéndose esa misma pregunta. El ya citado Simon Leys llega a la conclusión, a partir del texto bíblico de que, cuando uno se pregunta qué es la verdad es porque realmente tiene a la verdad delante y le resultaría muy incómodo reconocerla. Yo coincido con esa lectura, y es aplicable por extensión a la idea de realidad. Cuando no sabemos cómo encajar la realidad, o directamente nos contradice, automáticamente pasamos a la definición, a la rama ontológica. Volvemos a lo más básico. No deja de ser sorprende que, al final, gran parte de lo que mostramos sobre nuestra relación con Dios se resume en qué entendemos por Dios, qué es la realidad. Por eso mismo en Colosenses se nos dice, para que no nos perdamos más, que la realidad queda definida y localizada en Cristo.

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