Intervalo 6

«Dedicar canciones al corazón afligido» (Proverbios 25:20)

I

El texto continúa diciendo que esto (dedicar canciones al corazón afligido, o endurecido, según la King James) es como arrojar sal sobre una herida, o caminar sin abrigo en un día de invierno. De nuevo tengo que pararme y darle vueltas a una frase que contradice abiertamente una costumbre que casi se transforma en un movimiento mecánico: si estoy triste, una canción lo resolverá. Pero si tengo que ser honesto, cuando tengo un mal día, lo más lógico es que pase una tarde entera buscando esa pieza musical balsámica, y que nunca llegue a encontrarla. Con frecuencia olvidamos que los prejuicios también pueden construirse desde una idea preconcebida positiva. El texto bíblico no va contra la música, evidentemente. Apela, como el resto de este libro, no a la moral sino al corazón.

En la Biblia, el papel de la música es primordial. No sólo en los Salmos, también en libros sapienciales como Eclesiastés, o en proféticos como Isaías y Amós tenemos anotaciones musicales y referencias con las que transformar los textos en cánticos; un libro tan breve como Amós está lleno de alusiones, e incluso nos apunta al carácter improvisado de muchas composiciones de David (6:5). El Apocalipsis está lleno de adoración en forma de música. En Corintios, más que dar indicaciones de qué instrumentos son “santos” o no, antes que explicar cómo se debe utilizar la música, Pablo emplea este arte como analogía para la comunidad de creyentes (1ª Cor. 14:7).

En los años ochenta salió un disco que en el pueblo evangélico tuvo una curiosa repercusión; creo que no hay familia que no lo tenga, en CD o en vinilo. Se trata del trabajo que emprendió la musicóloga y organista Suzanne Haïk-Vantoura, La musique de la bible révélée, editado en el sello de Harmonia Mundi, (que está centrado en música clásica, pero además presta atención a lo que se conoce como world music, o músicas del mundo). Durante la Segunda Guerra Mundial, Haïk-Vantoura tuvo que escapar de los nazis al sureste de Francia con su familia, donde fue profesora de música. Después de la guerra, fue organista en la sinagoga de la calle Copérnico de París, pero también en la iglesia de Saint-Hélène. Aparte de componer algunas piezas para orquesta, se hizo una pregunta a la que dedicó una parte importante de su vida, una pregunta que nos pasa desapercibida por su sencillez, la clase de preguntas que se formulan los genios y que ocupan a los demás durante décadas: ¿a qué suena realmente la música de la Biblia?

En 1976 apareció en el mercado el primero de los cuatro volúmenes que convertían en disco las publicaciones teóricas de Haïk-Vantoura, basadas en textos bíblicos muy concretos, con la bíblia hebrea como referente, y analizando los teamim (rituales de lectura) de la liturgia judía. Los acentos, o marcas, del texto masorético también se empleaban en los manuscritos medievales, y permitían saber cómo se pronuncian las palabras, e incluso los tonos. Cuando Haïk-Vantoura trasladó este sistema (el de los teamim) a la escala musical contemporánea, el resultado no podía ser más sorprendente: lejos del sonido mediterráneo, casi festivo, que uno suele atribuir a los salmos, lo que proponía la musicóloga se acercaba a los tropos característicos de los cantos gregorianos. Actualmente, su trabajo se ha puesto en duda un tanto injustamente (los teóricos y sus cosas), pero lo que nos interesa destacar aquí es que, al igual que hacemos con las traducciones del texto bíblico, o con el análisis hermenéutico, siempre que nos acercamos a la Biblia con un corazón lleno de cargas teológicas (muy útiles, desde luego, aunque insuficientes), la Biblia nos despista y nos sacude, apuntando a lugares dentro de nosotros mismos que ni siquiera intuíamos.

II

Miro mis estadísticas de Spotify con lo que más he estado escuchando en los últimos tiempos, y el resultado es intrigante. Por alguna razón, he ido recorriendo mi vida de aficionado a la música desde, aproximadamente, los catorce o quince años hasta los veintiuno o veintidós, la época en la que más hice eso que algunos llaman vida de iglesia. En esos tiempos predominaban el rock duro, la guitarra eléctrica a gran volumen, y una pizca de electrónica. Por algún motivo que se me escapa, ahora vuelvo a esa música con un interés creciente que no tiene nada que ver con la nostalgia.

Pero yo soy un bicho muy raro. Siempre he tenido problemas para definir mis gustos y para sintetizar en unas pocas categorías mis intereses. Quizá, y esto puede ser un síntoma de madurez que me asusta un poco, he llegado a comprender que la música es importante, pero que ya no asocio a una búsqueda de identidad. Que mis aflicciones se resuelven con la oración y no con un agente externo. Creo que eso es a lo que se refiere Proverbios.

También puede influir que he escuchado demasiado (esto sería esa especie de hartazgo creativo que contiene el discurso del Eclesiastés). O demasiado poco, o no con la suficiente intensidad. En cualquier caso, la música importa, pero la música es un fenómeno tan complejo, tan consustancial al ser humano, que ciertas reflexiones, a cierta edad, han perdido su interés. En cualquier estilo musical uno puede encontrar preguntas y añadir inquietudes. De hecho, hay géneros concretos que me han despertado curiosas reflexiones. Por ejemplo el shoegaze. Este género ha pasado a ser una banda sonora muy apropiada para la época de semana santa. Apareció a finales de los ochenta en el Reino Unido, y es una forma más cruda de pop con elementos muy característico como la distorsión, la reverberación de unas guitarras muy abiertas y rodeadas de pedales, la retroalimentación, el eco, el apoyo de sintetizadores y de codas. El nombre procede de la forma de tocar de muchos de sus músicos, que solían evitar el contacto visual con el público (shoe, es zapato en inglés; gazing, es un verbo que significa algo así como mirar fijamente), y si miro al joven que era yo, que miraba permanentemente al suelo, difícilmente puedo encontrar una expresión que se me ajuste mejor, incluso hoy.

Los pétalos carnosos en apertura de Ride; unos primeros pasos de melancolía y murmullo en Slowdive; el amor y la sangre de My Bloody Valentine; la mujer como pionera en la encrucijada que nos traen Cocteau Twins; el pelo revuelto y la falta de sueño del Psychocandy de The Jesus and Mary Chain; la luz a través de cristales tintados, como en el disco de Chapterhouse; una mañana cruda, fría y borrosa, según la apuesta de Air Formation; The Telescopes y el dolor continuo de una espina; la búsqueda de la perfección acústica en el disco homónimo, o sin título, de The La’s; y The Boo Ridleys con la certeza absoluta de que el bien no nos dejará jamás. Estas son bandas que conformaron aquel estilo, y por estas descripciones se entiende claramente por qué las escucho mucho durante la Pascua. Mientras que la música de la generación X estaba centrada en el Yo (y en mi pensamiento, mi malestar, mi dolor), la música del shoegaze se parece más al “Yo es otro” de Rimbaud, una expresión extraída de una carta del poeta que nos habla de nuestra dificultad para comprendernos a nosotros mismos.

Portada de Loveless, de My Bloody Valentine, disco clave del shoegaze

Con las bandas de shoegaze (que en realidad pertenecen a una época que pertenece al pasado) suelo poner en práctica un curioso ejercicio: unos minutos de atención a la música, permitiendo al oído acostumbrarse a la densidad y personalidad de cada ruido, interrumpo la canción que tenga puesta en ese momento; un buen rato después sigo escuchando unas notas que hace tiempo que dejaron de estar circulando en el aire, un muro de sonido cuyas ondas continúan atravesando mi cuerpo, la expresión auditiva de la resaca del mar, un rumor sordo inundando el interior del cráneo. Y esta sensación, este ejercicio, a mí me ha hecho pensar mucho en la resurrección. Porque la resurrección no deja de ser precisamente una interrupción del ruido, una presencia a menudo fantasmal (pero necesaria) que nos avisa que dejemos de buscar la vida entre la muerte, porque la muerte ha retrocedido.

Esa interrupción del ruido, aunque tenga todas las papeletas para dejarnos sordos, es necesaria. En esa pausa está la parte más importante de ese escándalo que es el Evangelio (precisamente lo que más se olvida durante estas fechas de semana santa): la destrucción definitiva de la cruz por parte de Cristo.

Si ver a Dios nos ciega la mirada, ¿cómo no quedarnos sordos ante el Verbo?

III

Uno de los problemas que existen en nuestra cultura dominada por lo visual, a la hora de acercarnos a los pasajes bíblicos (especialmente las historias más conocidas del Antiguo Testamento), es que tendemos a imaginarlos como escenas cinematográficas con una función didácticas, cuando más bien suelen ser narraciones, cuadros estáticos, que sirven de punto de partida para dirigirnos al centro: Cristo.

Dicho de otro modo, tenemos la costumbre de leer la Biblia como Las mil y una noches, o Los cuentos de Canterbury, que son obras literarias excepcionales (mis veranos son más llevaderos y divertidos desde que las incluyo en las horas de mayor sopor), pero pertenecen a otro ámbito del ser humano: Chaucer o Sherezade son narradores que mantienen con vida nuestra necesidad de escuchar historias, tan importante como la alimentación (independientemente de que leamos más o menos, mejor o peor). Las narraciones como esta del Éxodo que hoy nos ocupa, no funcionan como transmisores de valores (o moralejas), sino que nos invitan a participar de una larga conversación histórica, a sentarnos a escuchar y a indagar en otros aspectos de nuestra vida que pueden no tener relación con la historia elegida. No se persigue la identificación del oyente. No se habla a la mente o al pulmón; se llama a la puerta del espíritu (al corazón) de quien escucha. La idea predominante es establecer un punto de partida desde el que todos compartimos unas reglas que siempre han estado ahí. Esto incluye la tradición oral, pero también a la expresión creativa, y por supuesto al silencio.

Penny Woolcock

La cineasta Penny Woolcock rodaba en la playa inglesa de Margate una adaptación contemporánea de las plagas bíblicas descritas en Éxodo, cuando tuvo el apoyo de la organización artística Artangel para organizar alrededor de ese relato una serie de actividades en aquella ciudad del condado de Kent. Una de las múltiples cosas que salieron de la colaboración fue el disco Plague Songs, publicado en 2006. Es un recopilatorio donde encontramos a Laurie Anderson, Brian Eno, el cantante de soul Cody ChesnuTT, Scott Walker o la voz inconfundible de Rufus Wainwright. Cada uno de ellos grabó una canción inspirada en cada una de las plagas, y la intención general era la de comprobar cómo la música pop podía, con éxito, ser capaz de traer a la cultura contemporánea una historia tan antigua como la del Éxodo. Al mismo tiempo, se acompañaba la exposición de Wendy Ewald Towards A Promised Land (Hacia la tierra prometida), por la misma organización.

Interior del disco Plague Songs (2006)

Sin que esa fuera la idea principal, o el propósito de la organización artística (aunque seguramente su costumbre de incluir a la comunidad en sus proyectos ayudó a la repercusión), o de la directora de cine, durante meses se estuvo hablando en aquella pequeña localidad de qué significa hoy, en pleno siglo XXI, buscar la tierra prometida, utilizando como fuente el texto del Éxodo. Muchas de las canciones del recopilatorio apelaban a la necesidad de escuchar, a un cambio profundo de nuestro corazón. Evidentemente, no desde el punto de vista de eso tan raro que llamamos evangelización, pero sí que se demuestra que el ser humano sabe, en cuanto se asoma a su propio abismo, que algo debe ser transformado desde el interior.

IV

La otra parte de esta frase, la verdaderamente importante, es la que tiene que ver con el corazón. Nuestros corazones emiten pulsaciones, son máquinas de ritmo de las que dependen nuestros cuerpos. Pero también nos debemos detener en las pausas, en esos silencios después del latido.

En una pausa que me tomé como oyente de Radiohead, fue precisamente cuando descubrí una de sus composiciones más sorprendentes. Había estado analizando y escuchando con mucha continuidad su disco Hail to the Thief, y uno de esos días que me había tomado un descanso, en los que dejo que Spotify me recomiende canciones aleatorias (normalmente lo hace según lo que uno ha escuchado con más frecuencia),  me saltó este tema, que yo no conocía (por entonces había perdido la pista al grupo). Cuando uno encuentra canciones así, la mayor parte de las veces ve al artista de una manera completamente diferente. Hablo de “Give up the ghost”, el penúltimo corte de The King of Limbs, uno de los discos menos comprendidos de la banda inglesa. La canción está basada en Juan 19:30, en la frase que sigue al “Todo está cumplido” de Jesús. Ese versículo termina con “entregó el espíritu” (eso es lo que significa give up the ghost). Aunque nunca haya manifestado de forma explícita que la Biblia ha servido de inspiración, Thom Yorke ha comentado en alguna ocasión el profundo impacto que le causó la narración de la crucifixión. No por su crudeza, sino por detalles como este. Esta forma de atender a ciertos detalles es algo que comparto. Otros versos de la canción, como “Don’t hurt me” guarda relación con Mateo 26:39, y “I think I have had my fill” alude claramente a ese “pase de mí esta copa”. Al corazón afligido de Yorke, más que el sufrimiento físico de Cristo, lo que le interesa es el dolor espiritual, la sed, la sensación de abandono y la conciencia de la propia entrega que hallamos en la narración de Juan.

Single de «Give up the Ghost» de Radiohead

V

“¿Cómo he llegado aquí?” dicen los Talking Heads en una de sus canciones más conocidas. La enseñanza que hay tras este versículo, que no va tanto sobre una cuestión musical, o acerca de la recepción de la música, sino sobre una reflexión acerca del corazón afligido. Es lo que busca Dios realmente: cambiar nuestro corazón. Si nos asomamos a nuestro abismo personal (que todos tenemos), existe la posibilidad de que descubramos que hay una buena noticia a nuestro lado.

Dark Side of the Moon (1973)

Si hay un disco que hable de la profundidad del abismo humano, ese es el Dark side of the moon de Pink Floyd. De hecho, puede dividirse en dos partes: la cara A es de un gran existencialismo, es muy introspectivo y no nos iríamos muy lejos si dijéramos que refleja los problemas personales y espirituales que Waters y Gilmour sufrieron con Syd Barrett. Es como una versión oscura de El mago de Oz (el libro original, claro), en la que la imaginación nos juega malas pasadas. La cara B tiene un claro discurso social, atacando el consumismo, el racismo y los grandes males del ser humano. El disco fue un clásico instantáneo, y es uno de los pilares de nuestra cultura, a pesar de sus dificultades técnicas y sus problemas promocionales. El trabajo de Alan Parsons como ingeniero de sonido fue pionero: fue el primer disco concebido enteramente en estéreo, para escuchar con cascos, para abstraernos del mundo exterior. Y no creo que sea una casualidad que el álbum empiece con un latido. Parsons escribió un artículo donde explicó su planteamiento absolutamente rupturista con el modo en que se grabaron discos de la época como el muy afligido Berlin de Lou Reed, o el Aladdin Sane de David Bowie: los sintetizadores (que a veces parecen sacados de una película de John Carpenter), las voces principales y los tonos bajos se situaron en el centro del estudio, y alrededor, en forma de círculo, se dispusieron el resto de instrumentos / efectos (como los “latidos separados”) en una forma que Parsons definió como versión cuadrafónica. El espacio mental del oyente cambió, el sonido era ahora más envolvente (la cabeza seguía en el centro, rodeada de sonidos que proceden de todas partes y de ninguna al mismo tiempo), el espacio era mucho más vivo.

Disposición de los instrumentos diseñada por Alan Parsons para el Dark Side of the Moon de Pink Floyd.

Y, sin embargo, como explica el músico de shoegaze Damon Krukowski en su libro The New Analog, esta suma de sonidos, esta acumulación de información simultánea, tiene en sí misma un punto ciego (o sordo) que nos conduce a la confusión de no saber realmente si estamos recibiendo esos sonidos (proyectando hacia nuestro interior), o somos nosotros quienes los generamos desde alguna parte de nuestro interior (como si el sonido fuera sacado de nosotros mismos gracias a que el disco pulsa esas cuerdas en nosotros). Este fenómeno encaja a la perfección con la reflexión del ellos y nosotros que conforma el tema del disco, con la aflicción compartida entre todos nuestros corazones, tan necesitados de ser cambiados.

Durante esta semana, mientras escuchaba estos discos de los que he hablado, y escribía estas palabras, he percibido que mi interior, de algún modo, ha ido cambiando. ¿Será que hoy ya no estoy afligido? ¿O tal vez no tan afligido? O que he entendido lo que repetían los Sex Pistols en “Problems”, que el origen del problema, en cualquier caso, soy yo.

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