Intervalo 4

«Veo gente; parecen árboles que caminan» (Marcos 8:24)

I

No deja de sorprenderme, ni de inquietarme, el hecho de que muchas cosas que decimos sobre la Biblia (o le atribuimos) proceden en el fondo de una lectura “de oídas”.  No me refiero tanto a que el fruto del árbol del Edén fuera o no una manzana, o que Jonás estuviese tres días en el interior de un gran pez o de una ballena barbada; esos datos son hasta cierto punto irrelevantes. Lo que me despierta preocupación es, por ejemplo, que hablemos del Apocalipsis como de un relato de terror sobre el fin del mundo, o del Génesis como de un tratado científico; si uno dedica un mínimo de lectura atenta, verá que estos libros no tratan de eso. También me fastidia, tengo que confesarlo, que se emplee la Biblia para apoyar posturas políticas o filosóficas. Y desde luego, en la Biblia puedo encontrar algunas cosas desconcertantes, pero aún no he dado con ese supuesto manual de instrucciones para la práctica de la fe que se supone que contiene. La Biblia tal vez sea el libro más vendido (se suele poner como ejemplo de longseller, es decir, un libro que se vende mucho durante un largo período de tiempo) y al mismo tiempo el menos leído, incluso el peor leído. Tal vez la culpa la tiene la propia Biblia, dado que no se escribió para justificarnos a nosotros, sino para que conozcamos dónde se encuentra la verdadera justificación para nuestras vidas.

Podríamos pensar que es un problema de comprensión lectora, de no haber asistido a tal o cual escuela teológica, o achacarlo a nuestra percepción de que cada vez se lee menos. Pero no es así. A lo largo de la historia, los estudiosos y los eruditos han pasado por encima de cuestiones importantes que estaban delante de sus ojos. El acercamiento a la Palabra no necesita de una cantidad de conocimiento previo.

Simone Weil

Más bien se trata de ese tipo de atención que nace del amor. Como decía Simone Weil, “la atención es lo mismo que la oración”. No cualquier atención (“estar pendiente”), sino ese impulso que nos lleva a no querer perder ni un solo detalle, a atesorar y guardar lo que recibimos.

Tampoco los cristianos nos libramos de esta cruda realidad. Nunca ha sido tan accesible la Biblia como en pleno siglo XXI, nunca ha existido tal cantidad de revisiones, de ediciones y de iniciativas como tenemos hoy para acercarnos a sus páginas. Sin embargo, cuántos detalles se nos escapan. ¿Cuántas veces habré leído en la Biblia que Jesús “devolvía la vista” a un ciego? No lo sé, he perdido la cuenta. Debo reconocer que, precisamente por no prestar atención, muchos de esos milagros me parecían iguales. Esto cambió cuando empecé a encontrarme con que, en el Evangelio según Marcos, cada pasaje, cada encuentro con Jesús, está lleno de pinceladas fascinantes que desmontan cualquier tópico creado sobre quién es el Cristo. Aquí, en este pasaje, nuestra definición de milagro es puesta en duda: solo este pasaje ya nos demuestra que Jesús no es un mago, ni un vulgar prestidigitador. Todas sus acciones tienen un sentido, e incluso su propia dinámica. Nuestra tendencia es quedarnos con lo espectacular, con los efectos especiales. Pero son los propios personajes del Evangelio los que constituyen el mejor efecto especial. Eso me hace preguntarme: ¿Qué tienen los milagros de Jesús, que los distingue de cualquier acción similar realizada por otros?

Una clave está en la propia forma de narrar los hechos. Normalmente nos ponemos en el lado de quien los ve y describe. Es lógico: como lectores en este tipo de narraciones en tercera persona, lo natural es situarnos en la perspectiva del narrador. Pero los Evangelios tienen algo en su forma de narrar los hechos que nos permite también observar la historia desde cualquiera de los personajes, al mismo tiempo. Esta posición narrativa, como si de un testigo ocular se tratase, es especialmente ventajosa para transmitirnos una clave del Jesús descrito por Marcos: que en sus milagros siempre va más allá de las apariencias.

II

Antes de hablar del momento en que el ciego deja de serlo, es interesante detenernos en la clase de ceguera de la que Marcos habla aquí. Algunos se quedan ciegos a una edad en la que ya han desarrollado el sentido de la vista. Es el caso de Matt Murdock, el abogado que cada noche se convierte en Daredevil para luchar contra el crimen en el barrio neoyorquino de Hell’s Kitchen. La proximidad de un accidente de un camión de productos radiactivos le deja ciego (al tiempo que intensifica el resto de sus sentidos) cuando es adolescente. Pero lo que me resulta más interesante del personaje no es tanto su ceguera y todo lo que implica (la idea de fondo del cómic de que la justicia no es del todo ciega, por mucho que su visión esté cubierta), como su creciente necesidad de redención. Su apego a la ley ya estaba antes del accidente. También su habilidad con la lucha cuerpo a cuerpo (fue criado por un boxeador), como su inclinación a la oscuridad, física y espiritual. Es precisamente su condición, este reconocimiento de su parte más oscura (algo que contrasta con otros héroes, mucho más dudosos que él acerca de su identidad), junto a una incansable búsqueda de redención, lo que le lleva a superar los miedos que el resto de la ciudad prefiere tapar.

Daredevil.

Otra forma de ceguera “adquirida” es la de quien no ve por una cuestión de voluntad. O la de quien prefiere no mirar. O más grave todavía, la ceguera de quien se ve forzado a adoptar un punto de vista subjetivo, y todo lo que creía conocer toma otra textura porque recibe un protagonismo que no es el que desea, ni de lejos. Es el argumento del relato El informe de la minoría, donde Philip K. Dick plantea la posibilidad de detener, juzgar y castigar a un criminal antes de cometer la infracción. En esta sociedad distópica no hay culpa, no hay delito ni falta, y no hay redención. Es la propia capacidad de alterar el futuro conocido, un futuro que preferiríamos no ver (pero que los precogs o visionarios que aparecen el relato sí están obligados a revisar una y otra vez) porque en el fondo revelan lo que hay en nuestro corazón. El ojo es un elemento recurrente en este relato: permite identificar en un segundo al individuo, realizar transacciones comerciales, adoptar una identidad, recibir una propaganda personalizada. El protagonista, John Allis Anderton, es un policía de la compañía Precrimen, que ve cómo dentro de una semana él mismo matará a un hombre. Mientras huye de sus compañeros, habrá de buscar lo que se conoce como un “informe de la minoría”, que probaría su inocencia (el “informe de la mayoría” significa que no hay duda de lo que se ha previsto; esa carencia de dudas es lo que en última instancia nos ofrece la justicia). John se intercambiará los ojos, se transformará, muy a su pesar, en el símbolo de que la predestinación acierta con el crimen, pero puede equivocarse con el autor. Debe esconderse, atravesar un período de oscuridad: allí comprueba, en su estresante aventura, que el ojo es un órgano bastante engañoso. Para creer la verdad no le basta con verla. El “yo solo creo en lo que veo” que sostiene todo el sistema es insuficiente.

Philip K. Dick, retratado por Robert Crumb

Por el modo en que se describe, en el pasaje de Marcos, cómo el ciego empieza a ver de nuevo, es más que probable (aunque el texto no lo indica de forma explícita) que no fuese ciego de nacimiento. El hombre sabe que esas primeras manchas borrosas son personas en movimiento, que “se parecen” a árboles que caminan, pero aún falta un poco para que su visión se restablezca completamente. Como le ocurre a John Anderton, o le pasará al propio Pablo cuando pierde la vista yendo hacia Damasco, el ciego se arriesga en la oscuridad antes de llegar a la luz, a recuperar una capacidad que había perdido. La ceguera intensifica, en todos ellos, una necesidad de justificación, de redención, que no sentían antes de padecer la oscuridad.

III

Aprender a ver es algo que todos podemos hacer. Aunque no es sencillo. Quedó demostrado en el siglo XVII, con la invención del telescopio y el microscopio, y la aplicación de la cámara oscura al arte de la pintura. Estos instrumentos, entre otros muchos aparatos ópticos de la época, mostraban un mundo invisible y llegaban a transformar lo que se percibía a través del ojo desnudo. Galileo, aunque no inventó el telescopio (como se suele contar), sí que enseñó al mundo cómo se debía mirar por él para que la vista fuera más atinada, más enfocada. Lo mismo hizo van Leeuwenhoek con el microscopio: hizo que la curiosidad por el mundo de lo más pequeño coincidiera con una observación empírica. Otros filósofos naturales (el nombre que se otorgaba entonces a los científicos), como Kepler o Huygens, contribuyeron a desarrollar los procesos que cristalizaron en el principio de la observación directa. Francis Bacon, uno de los fundadores de esta nueva investigación de la naturaleza, creía que la ciencia implicaba la investigación de “esquematismos ocultos”, de las estructuras inobservables y las auténticas texturas que hay tras cada descubrimiento, porque consideraba que esta forma de mirar acercaba al observador a Dios. Las disecciones anatómicas con público fueron un avance indudable, y hasta la pintura dio un salto enorme en la capacidad del arte para imitar la realidad (se pasó de pintar con la imaginación a retratar lo que estaba ahí); el tema de la pintura, especialmente de la producida en los Países Bajos (Vermeer, Fabritius, De Hooch), era la propia visión, la mirada de la escena independientemente del género escogido, de ahí el uso de reflejos en las obras y que el artista incorporase espejos, compases y tientos como material de trabajo.

Laura J. Snyder, explicando el funcionamiento del microscopio de Antoni van Leeuwenhoek

La historiadora Laura J. Snyder cuenta en su libro El ojo del observador que los que miraron por primera vez el retrato de Enrique VIII que pintó Hans Holbein se asustaron, por la impresión que tenían de que el cuerpo y la cabeza del monarca parecían moverse. Este raro ilusionismo se convirtió en atracción. Hubo algún pintor, como Van Hoogstraten, que fingía el marco para jugar con la profundidad de la escena; o el famoso cuadro de El jilguero, de Carel Fabritius, con unas marcas en la tabla que inducían a pensar al observador que se había terminado la pintura de la pared del fondo.

[object Object],, Carel Fabritius (1654)

Los artistas llevaron lejos el principio de Miguel Ángel según el cual el pintor “debe llevar compases en los ojos y no en las manos”. Era una prolongación de la fascinación de Leonardo por la idea del ojo como instrumento. Kepler escribió: “la propia vista es una pintura. En 1637, el matemático Pierre Hérigone añadiría que “la visión es la percepción de la imagen del objeto, pintado en la retina”. Con los nuevos avances en óptica (los pulidores de lentes eran como filósofos naturales), pero más aún con la forma de entender el sentido de la vista, sucedió que el ojo, por fin, dejaba de ignorar lo que la mente sabía. Se descubrió que el ojo humano se adaptaba inmediatamente a las cantidades diferentes de luz, y que al ver “también con la mente” podemos compensar las disparidades de tono (la oscuridad o claridad relativas de un color) para facilitar el reconocimiento de un objeto. En el caso de nuestro ciego, esto se traduce en que Jesús hizo algo más que poner en funcionamiento un órgano. En el mismo pasaje bíblico se nos dice que tomó al ciego y lo sacó de la ciudad. Podemos deducir que Jesús llevó al ciego a un entorno donde no hubiera más distracción de la necesaria, donde la iluminación fuese más plana, donde no se pudiera desorientar alguien que acaba de recobrar un nuevo sentido, con todo lo que ello implica. Este detalle tan aparentemente intrascendente de los “árboles que caminan”, aparte de ser una frase de una gran belleza poética, nos explica el modo progresivo (como cuando vamos al oculista y probamos a enfocar la vista en objetos desenfocados para ajustar nuestro sentido) en que se produce el milagro, libre de la aparatosidad que le atribuimos a estas situaciones. Nos muestra claramente que Jesús ya sabía que la ceguera es un fenómeno mucho más complejo de lo que en su época se pensaba.

IV

Por lo tanto, cuando estamos ante un caso de ceguera debemos preguntarnos: ¿es culpa de los ojos, o hay algo más? Nuestro sentido de la vista no depende en exclusiva de la salud del ojo. También influye la luz, algo que aún no comprendemos absolutamente, aunque es cierto que sabemos bastantes cosas: que nada puede igualar su velocidad, que a las partículas de luz se les llama fotones (paquetes de energía electromagnética), que el fotón es una onda y una partícula al mismo tiempo, lo que entre otras cosas explica por qué los rayos de luz se curvan al atravesar el agua (el efecto que llamamos refracción). Pero lo que nos interesa es que nuestra visión se forma por el entrelazamiento entre nuestro órgano receptor y esos rayos procedentes del Sol. La luz, aunque cueste trabajo comprenderlo, es en sí misma invisible. Esto lo expone muy bien el profesor de física Arthur Zajonc en su libro Atrapar la luz. Cuenta allí un experimento que diseñó con un amigo, con la idea de conocer qué aspecto tendría la luz por sí sola.

Arthur Zajonc

Fabricaron un dispositivo, una “caja de luz” que, básicamente, consiste en un proyector que arroja luz al interior de la caja de plexiglás, atravesando diferentes elementos ópticos colocados frente a ella. Desde una ventana anexa, uno puede ver el interior de la caja. El visitante se encontraría, en teoría, un espacio brillante, blanco y casi cegador. Pero no: la luz inunda todo el espacio y eso es lo que hace que el interior quede en total oscuridad. Esto nos dice que no podemos ver la luz en sí, sino lo que cada objeto refleja de ella. El experimento nos plantea preguntas sobre la naturaleza física de eso que llamamos luz, “cuya presencia hace que todo se manifieste a la visión, salvo ella misma”, comenta Zajonc. Cuenta también la anécdota de una conversación con un astronauta de la misión Apolo. ¿Qué vio cuando miraba al vacío del espacio exterior, iluminado por el Sol? Zajonc, como haríamos nosotros, imaginaba el cielo estrellado más maravilloso. Pero la falta de referencias, respondió el astronauta, era el principal problema: cuando apartaba la vista de la nave y de los aparatos (extremadamente iluminados), no veía nada, solo “las negras honduras del espacio sideral”. Aunque la luz del Sol estaba por todas partes, no incidía sobre nada en particular; todo recibía la misma cantidad de luz, así que no podía ver nada.

Zajonc llegó a otra conclusión interesante: “la visión exige mucho más que un órgano físicamente sano. Sin luz interior, somos ciegos”. Cita a Platón: “El ojo de la mente comienza a ver con claridad cuando los ojos exteriores se apagan”. Cita el Génesis: “Y dijo Dios: ‘¡Que exista la luz!’. Y la luz llegó a existir” (1:3). Y destaca lo que Jesús dice en Mateo 6:22-23: “si tu visión es clara, todo tu ser disfrutará de la luz. Pero si tu visión está nublada, todo tu ser estará en oscuridad. Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué densa será esa oscuridad!”.

Cuando Jesús abrió los ojos de los ciegos, hizo más que curar un órgano, hizo que el ser humano que estaba ciego tuviera una visión clara, lúcida. Cristo nos da la posibilidad de que todo nuestro ser pueda disfrutar de la luz.

V

El texto de Marcos tiene una indudable calidad literaria, y ese carácter único, excelente, nos obliga como mínimo a considerar sus palabras. Es la excelencia, el control y el dominio de un lenguaje, lo que nos lleva a prestarle más atención.

El arte de Marcos es el de la lítote: resaltar un detalle dándole un aspecto de sobreentendido. Es un recurso estilístico que recuerda al fenómeno de las imágenes eidéticas, aquellas imágenes visuales de gran precisión, de un detalle cautivador, como las que alcanzaron Holbein, Vermeer y otros para que pudiéramos retenerlas en la memoria. En literatura, autores como Flaubert o Dickens fueron sus principales maestros: escogían un detalle aparentemente simple y lo destacaban después de haber limpiado el resto de elementos superficiales de un relato. Cuando un narrador descubre que su poder descriptivo no podrá rivalizar con la imaginación del lector, recurre a la lítote, la tecla que aviva esa imaginación. Robert Louis Stevenson lo sabía: “De poseer únicamente el arte de cortar, no ambicionaría ningún otro don. Un escritor que supiera cómo cortar podría transformar cualquier gaceta cotidiana en una epopeya homérica”.

Así, el detalle de que un ciego recobre la vista poco a poco anula cualquier escepticismo sobre la verosimilitud de este encuentro con Jesús. No es solo la claridad del testimonio; es el detalle que nos puede pasar por alto (la lítote) que emplea Marcos lo que nos dice que no estamos frente a cualquier anécdota, suspende con esta figura retórica nuestro escepticismo. El escepticismo en sí no es un problema: es una actitud como cualquier otra que todos (incluidos los cristianos) aplicamos cuando algo no nos cuadra; no es una propiedad exclusiva de ninguna forma de pensamiento. Por otro lado, es imposible ser siempre escéptico, a no ser que uno aplique ese escepticismo a sí mismo. Pero en cualquier caso, la clave aquí no está en que Jesús curase una ceguera, o una sordera, o que diese de comer a cinco o cuatro mil personas partiendo siete peces; sino que son los detalles potenciales, los elementos básicos que rodean a esos milagros (recogidos por los narradores bíblicos y realizados por Cristo con naturalidad y pleno conocimiento de lo que hacía), quienes nos proporcionan una verdadera enseñanza.

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