Intervalo 3

«Ten presente que el hacer muchos libros es algo interminable» (Eclesiastés 12:12)

I

Para quien vive rodeado de libros, como es mi caso, y tiene una profesión vinculada a ellos, empleando además buena parte de su tiempo libre y recursos en ellos, esta frase supone un auténtico tsunami intelectual y espiritual. Una de mis canciones favoritas de los bibliófilos Belle and Sebastian dice: “The only freedom that you’ll ever really know / Is written in books from long ago” (La única libertad que de verdad conocerás / viene escrita en los libros desde hace mucho). Esta idea no es del todo cierta, pero tiene la suficiente fuerza para ser creíble, y si no pensamos mucho en ella no nos costará coincidir con que todo está en los libros. El problema que tenemos algunos es que nos cuesta entender la vida sin ellos.

Lo que sí es un hecho es la ingente cantidad de libros que hay. Cuenta Gabriel Zaid en su ensayo Los demasiados libros: “La editorial Lulu, que publica cien libros diarios pagados por sus autores, estima que en 2052 habrá en los Estados Unidos 148 millones de autores y 129 millones de lectores”, y se hace eco de unas palabras de Lutero de sus Charlas de sobremesa: “La multitud de libros es una calamidad”. España es el quinto país del mundo que más libros publica (aproximadamente 80.000 títulos al año, el 28% de los mismos en formato digital). Sorprenderse de esto no sería nuevo: Cicerón ya se quejaba de que “todo el mundo escribe libros”. Sócrates afirmaba que la conversación es mucho mejor que leer, que la gente llegaba a creerse sabia “porque tiene libros”. Cervantes, o mejor dicho Don Quijote, criticaba que “Hay algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fueran buñuelos”. Desde la invención de la imprenta, en el siglo XV, el crecimiento de libros es exponencial, mientras que el de lectores sigue siendo aritmético.

Gabriel Zaid

Hacemos muchos libros (dice el Eclesiastés que “es algo interminable”), más de los que podemos leer. Todos sentimos parte de este mareo cuando entramos a una librería. Todos percibimos esta esquirla de Babel.

Pero seguimos necesitando libros. La respuesta al “mucho leer causa fatiga” no es la desaparición del libro. De hecho, no nos deja de llamar la atención que sea un libro sapiencial como el Eclesiastés el que decida poner fin a su discurso con la advertencia de que ni siquiera en el interior de ese libro está toda la sabiduría. En realidad, es también una advertencia acerca de que la lectura es un comienzo, no un fin. San Agustín tuvo esto presente cuando se tropezó por primera vez con las palabras de Pablo, cuando escuchó una voz que le dijo “Toma y lee”, y al dar con aquellas frases que parecían escritas directamente para él empezó una nueva vida.

II

La Biblia es la primera biblioteca virtual: desde el punto de vista técnico, fue el primer gran intento por conseguir reunir todo lo esencial en un mismo sitio. Es lo que, en los años 40 del siglo XX, comenzó a llamarse hipertexto, un vínculo que diera sentido a todas las partes reunidas en el volumen. De modo similar, la memoria de un ordenador tiene como función conectar lo significativo, lo “extensible”. Esta conexión de los puntos básicos tiene su inicio en las referencias y concordancias bíblicas, no hay otro libro que “naciese” con la idea de apuntar a lo esencial fuera del texto, concretamente al Verbo. De hecho, la división posterior en capítulos, versículos e incluso las anotaciones que no están en los textos originales griegos, arameos o hebreos que conforman las Escrituras responde a esta necesidad de interconexión, de señalar que la letra de la Biblia, por sí sola, no sirve sin el Espíritu. Curiosamente, cuando en 1968 Stewart Brand publicó su influyente The Whole Earth Catalog (en cuya enciclopédica ambición de reunir todo el conocimiento se inspiró Steve Jobs, fundador de Apple), el mayor temor de Brand y de sus lectores era perder la capacidad de controlar esa inmensa e intricada red conceptual que es Internet (como se les fue de las manos a los responsables de la Encyclopédie), y no tener pleno conocimiento de lo que hacían, ni de cómo controlar un proyecto “que alcanzaría vida y espíritu propios”. Un empeño tan horizontal, tan universal al mismo tiempo, tan interminable, que del “Permaneced hambrientos” de las primeras ediciones, una frase tan reivindicada por Jobs, se pasó al “No podemos juntarlo todo en un mismo sitio”, cerrando así la idea tras casi una década de intentos.

«No podemos juntarlo todo. Está todo junto.»

Dudo que el Brand más optimista supiera predecir la aparición de la Wikipedia, cuando en 1971 algunos de sus coetáneos fundaron el Proyecto Gutenberg, alojado en el Illinois Benedictine College, una orden (la benedictina) que fue puntera en la Edad Media por sus excelentes copias de libros. En la actualidad, la web www.gutenberg.org tiene un catálogo de 30.000 libros de dominio público (situación legal en la que no hace falta permiso para copiarlos y editarlos). Es una cifra nada desdeñable, pero pequeña si la comparamos con el experimento que Google realizó, hace siete años, con cinco millones de libros.

III

¿Qué hemos aprendido de cinco millones de libros? Así se titula una charla TED de 2011 (cuando las charlas TED eran un modo de transmitir ideas interesantes de todos los ámbitos del conocimiento), de los analistas de datos de Harvard Jean-Baptiste Michel y Erez Lieberman Aiden, donde presentaban una herramienta patrocinada por Google que consistía en la búsqueda avanzada de palabras y conceptos entre cinco millones de libros de todas las épocas, digitalizados y dispuestos no como conversaciones (el modo en que nosotros escribimos un libro), sino como bases de datos, que es el modo en que un ordenador los asimila. La idea inicial es brillante: llegar a saber cuántas veces aparece un término concreto en una cantidad que nos pueda servir como muestra.

Este uso estadístico de las palabras lo han empleado los exégetas (bíblicos o no) desde siempre, porque entre otras razones permite saber de un modo aproximado cuánto ha cambiado el uso de una palabra, o la importancia de una expresión, a lo largo del tiempo. Ahora bien, hay un problema práctico: no hay vida para leer los más de 500.000 millones de palabras. Ahí fue donde entraron el MIT, los expertos de Harvard, de la Enciclopedia Británica, y el apoyo de Google. Aun tratándose de la tecnología más compleja, es imposible hacer algo tan ambicioso sin colaboración. La longitud de caracteres es enorme: mil veces la del genoma humano, diez viajes de ida y vuelta a la Luna. Esta base de datos está disponible, y cualquiera puede introducir el término que quiera en el buscador para ver si esa palabra ha ido empleándose más o menos a lo largo de los años. Las coincidencias con los acontecimientos históricos son muy interesantes. El registro digital de nuestras palabras está creciendo. Google planea, para finales de esta década, llegar a los quince millones de libros digitalizados, un 12% de todo lo que se ha publicado en la historia de la humanidad.

Pero hay una dificultad añadida a la cantidad, y es que un idioma es algo vivo, muta con el tiempo, y a una rapidez que nos supera. Cada generación, nacen y se olvidan (y se transforman) decenas de palabras. Solo hay que echar un vistazo a un libro escrito en el siglo XIX para darnos cuenta de las variaciones. Por supuesto, viéndolo de un modo general yo puedo entender a Jovellanos, pero habrá palabras que no entenderé, e incluso etimológicamente me llevará un tiempo rastrear. No solo sucede esto con las palabras de uso común. Los conceptos filosóficos, literarios y científicos también cambian: el amor que describían Charlotte Brontë o Elizabeth Gaskell en plena era victoriana cuesta ser comprendido en nuestra sociedad, pero hoy sigue siendo necesario leer cómo ellas lo analizaban. El lenguaje es una herramienta viva.

El filósofo Hilary Putnam, que dedicó buena parte de su carrera a desentrañar los conflictos entre mente y cuerpo, y en reflexionar sobre el desarrollo del lenguaje computacional, solía decir que una de las nociones que más han cambiado a lo largo de los siglos es la de “mente”. Cuenta en una entrevista: “Aristóteles, por ejemplo, no tenía una noción que se correspondiese exactamente con la nuestra. La psyche, o alma, de la filosofía de Aristóteles no es la misma que nuestra «mente» porque entre sus funciones se incluyen funciones «no-mentales» como la digestión y la reproducción. (Esto es así porque en la filosofía de Aristóteles el «alma» es simplemente la forma de un cuerpo vivo organizado).

Hilary Putnam

Una cosa que me hace gracia de Aristóteles es que localizaba partes del pensamiento en lugares diferentes a los que hoy asignamos: para él, todo lo que el hombre era (su identidad, e incluso su capacidad) estaba repartido entre el corazón y el hígado; en nuestra época, como es lógico por todo lo que hemos aprendido sobre nuestro organismo, el corazón ha pasado a ser una especie de motor y el cerebro dirige nuestra identidad. Pero más allá de esto, para no desviarnos, la clave está en que, más allá de cómo concebimos y analizamos las ideas, los propios conceptos varían y tienen, según los diferentes sistemas filosóficos, diferentes perspectivas desde donde abordarlos. Para una perspectiva empírica, la “mente” se ha de poner siempre en duda, porque básicamente se compone de sensaciones primarias. Para quien es menos empírico, la “mente” guarda más vínculos con la intencionalidad, con la capacidad de emitir juicios, de unir referencias. Por eso, cuando hablamos de inteligencia artificial (en muchas de sus aplicaciones) cabe plantearnos si cuando el cerebro piensa lo hace como un ser empírico o no. La última consecuencia de este conflicto acerca de “qué mentalidad tiene una máquina” (si piensa como inglés o como alemán, si se me permite el chiste) es que superar los planteamientos duales (o binarios) va a ser más difícil de lo que creíamos.

Regresando a la dificultad del lenguaje, ¿ha cambiado nuestro modo de ver a Dios? Las Escrituras dicen que él no cambia, lo que ya de por sí es un infinito alivio. Lo que tampoco ha cambiado es nuestra forma de relacionarnos con él: en 2018, como en el siglo XIX, seguimos tratando de encajar a Dios es un concepto. Lo que quizá sí ha cambiado es que a finales del siglo XX lo “entendíamos” de un modo más sólido que como lo vemos hoy.

Según el experimento de los estadistas con los cinco millones de libros, la palabra “Dios” tuvo varios picos a lo largo del siglo XIX, su uso fue descendiendo progresivamente durante la primera mitad del XX (durante las dos guerras mundiales), tuvo un breve repunte con el surgimiento del ecologismo, en paralelo a la contracultura, y a finales de siglo ha ido subiendo otra vez. Uno de los estadistas dice que “podemos mostrarle a Nietzsche que Dios no ha muerto, aunque estamos de acuerdo en que necesitaría un mejor publicista”. No tengo los datos (puedes hacerlo tú en https://books.google.com/ngrams), pero estoy convencido de que el nuevo ateísmo actual (que precisamente surgió a inicios del siglo XXI) ha hecho más que nadie por convertirse en ese “mejor publicista”.

El uso de la palabra «Dios» en los siglos XIX y XX

IV

¿Cuánto es suficiente? Todo aquel que se rodea de libros se hace esta pregunta alguna vez. ¿Con cuántos libros puedo considerar que mi colección está completa? Una vez he aceptado que es imposible leer, ya no todo lo que hay, sino todo lo que guardo en casa, ¿por qué continúo acumulando libros, sean los que adquiero en una librería, los que me envían las editoriales (una parte de mi trabajo consiste en escribir sobre mis lecturas), o los que tomo prestados de la biblioteca? Creo que el mejor modo de entender lo que representan esos “muchos libros” para mí es seguir viéndolos como conversaciones en las que se puede entrar y salir. O seguir el ejemplo de la profesora de literatura inglesa Karen Swallow Prior: “Sé que mi formación espiritual proviene de Dios, pero también sé (en gran parte porque lo he aprendido en los libros) que hay también otras clases de aprendizaje en forma de dádivas diarias, y que Dios emplea las cosas de este mundo para enseñarnos y formarnos, y ayudarnos a encontrar la verdad”.

Karen Swallow Prior

No creo que el Eclesiastés esté diciendo que es mejor no leer que hacerlo. Creo que nos advierte contra sus excesos, nos avisa de que ya “se ha escuchado todo” (v. 13), que ni siquiera esa clase de sabiduría nos rescatará, porque cuando esa sabiduría se convierte en pasión irrefrenable deja de tener su efecto. En su libro Contra la lectura, la crítica cultural Mikita Brottman explica las razones por las que leemos, y llega a la conclusión de que, por mucho que presumamos de hedonismo y de búsqueda del placer, las causas que nos llevan a abrir un libro son bastante opacas, casi nunca lo hacemos por una sola motivación, y que muchas veces ni siquiera sabemos que nos conduce una inercia y una creciente falta de criterio. Otra cosa es la necesidad de estar rodeados de libros, que muchos compartimos, pero tampoco acertamos a explicarla a quienes ven los libros como algo prescindible, y tal vez sienten aversión por unas estanterías repletas de volúmenes (a menudo cubiertas de polvo).

Mikita Brottman

La bibliomanía (la locura por los libros que puede conducir a la locura, al robo, incluso al asesinato) fue nombrada por primera vez por el reverendo Thomas Frognall en 1809, precisamente en un libro titulado The bibliomania or Book Madness, un tocho de 900 páginas en el que ofrecía, además, algunos “remedios probables para su cura”. Cuenta el sociólogo Joaquín Rodríguez, en su libro Bibliofrenia, que Frognall acuñó otro término relacionado con esa dolencia: bibliofobia, o como el propio Frognall la definía, “fobia ante el deprimente estado actual de la literatura y del comercio del libro”, y que no se puede padecer de fiebre por los libros sin atravesar episodios de hostilidad por ellos, de agotamiento ante tanto lomo y tanta cubierta, generalmente trufadas de hipérboles y pretenciosidad. Si sientes en algún momento de tu vida esa inquietud ante tanto libro, ante tanta obra maestra diaria, recuerda que “no hay nada nuevo bajo el Sol”.

Portada de Bibliomania.

V

Una sociedad sin libros está condenada. Es lo que nos cuenta Ray Bradbury en Fahrenheit 451. Siempre pensé que el hecho de que Bradbury pusiera a los bomberos a quemar libros se trataba de una sencilla ironía, hasta que una vez intenté quemar un manuscrito.

Ray Bradbury

Recuerdo que, en medio de una crisis creativa, quise prender fuego a una pila de papeles que había escrito. Parece fácil, me dije, es como encender una barbacoa: buscas un lugar resguardado, añades combustible, enciendes una llama, y mantienes la hoguera. Pues quemar con cierta seguridad una pila de papeles, con toda la cantidad de química que contiene un folio, es complicado. Hay que llegar a los 232,8º C para la inflamación y mantener esa combustión estable. Gasté media caja de cerillas antes de volver a casa con medio manuscrito chamuscado, más frustrado aún que al principio. Así que, en efecto, solo un bombero (a fin de cuentas, es un profesional del fuego y de sus reacciones) puede quemar una montaña de libros con precisión y sin que el entorno quede dañado. Cuando en el libro Guy Montag tiene que huir porque se sospecha que está guardando libros, acaba en un lugar resguardado junto a un río, en una comunidad en la que cada miembro ha memorizado el texto de un libro para poder reconstruir el mundo en un futuro. Montag llega allí con un ejemplar de la Biblia en la mano.

La idea de la memorización es brillante, nos señala una gran verdad: no se trata del formato (aunque el formato es importante), sino del contenido lo que convierte a un libro “en un arma cargada”, como dice Bradbury. Los habitantes de esa comunidad de “libros vivientes” pasan mucho tiempo solos, recitando y recordando los pasajes. Cada uno contiene un libro en su interior. Ponen en práctica aquella máxima de Sartre: “Si te sientes solo cuando estás solo, entonces estás en mala compañía”. Están a solas, apenas hay interacción entre ellos, pero nunca podrán sentirse solos. Yo también me llevaría la Biblia si fuera Guy Montag: no podré sentirme solo jamás, su sistema de hipervínculos y referencias hace que pueda ir inmediatamente a la parte central (Cristo, el Verbo), y es un punto de partida inagotable sin que llegue nunca a agotarme. Dice Eclesiastés 3:14 que “todo lo que Dios ha hecho permanece para siempre; nada hay que añadirle ni quitarle”, y eso que Dios ha hecho ha quedado registrado entre las páginas de la Biblia. Cada una de esas páginas apunta al vínculo perfecto, y toda la vanidad de nuestras manos (el fin de la sabiduría) contrasta con lo que Dios ha hecho y continúa haciendo.

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