Intervalo 20

“Un niño nos ha nacido” (Isaías 9:6)

I

Para mí el período navideño no empieza con la lotería (22 de diciembre), ni con mi cumpleaños (20 de diciembre). Tampoco con el viernes posterior al día de Acción de Gracias (penúltimo jueves de noviembre), ni con el Adviento (esas cuatro semanas que vienen marcadas por el día de San Andrés). Tampoco con el aleatorio calendario que en la cafetería Starbucks, en la que trabajé varios años, lo situaba a mediados de octubre. Para mí empieza el día posterior a Halloween. No hay ninguna razón especial para ello; simplemente cuando llega esa fecha voy notando que es un momento distinto, un momento que me gusta apartar y planificar. Y todo empezó, más o menos, a mediados de los noventa, con el visionado de la popular película Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, Henry Selick, sobre historia de Tim Burton). La historia va del descubrimiento de un invento llamado Navidad, por parte de Jack Skellington, rey de Ciudad Halloween, lugar del que proceden nuestras pesadillas y los monstruos más terribles. Ese descubrimiento le lleva a creer que incorporando todos los detalles propios de las fiestas navideñas (y empleando el método científico) podrá aliviar su melancolía y el vacío que carga en su interior. El problema es que no puede organizar la paz y el bien que la Navidad promete, sea porque se trata de una celebración artificial, o porque su condición le obliga a convocar el mal, por mucha intención que ponga en lo contrario. Así, acaba secuestrando a Santa Claus (o Santa Clavos, como lo llaman en la versión doblada), llevando el terror al mundo real y provocando que los niños reciban regalos traumáticos. Lo inquietante para mí de esta genial película es la incomprensión (al mismo tiempo tan sincera) de aquel ser mortal acerca de la Navidad. Jack se dedica a investigar a fondo los cuentos y los villancicos, y trata de mejorar los regalos, aunque no son lo suficientemente siniestros según su baremo. Sin embargo, se equivoca igual que lo hacemos nosotros cuando llegan estas fiestas: es incapaz de descubrir el elemento de fondo que hay tras el consumismo, las tradiciones, las felicitaciones impostadas y los encuentros familiares (muchos de ellos incómodos), y sobre todo la reflexión sobre la llegada del Salvador a este mundo. De manera que lo que en principio parece una idea excelente, da como resultado un absoluto fiasco, pues el componente principal, la paz en Cristo, no se presenta en ningún momento.

II

Cansado de que sus composiciones para el coro de la iglesia a la que asistía no llamasen la atención de nadie, Matthias Schrei formó una banda con el bajista Benni Bako y Jan Schlaegen a los tambores, y pudo sacar las cerca de setenta canciones que iba acumulando en una vieja grabadora, llevando a mano una flauta dulce, como si fuera una guadaña, y cuando puede sujetando una trompeta, un clarinete, un piano pequeño para aporrearlo a gusto, o lo que se le ocurra. El folk navideño de Blockflöte des Todes es un folk salvaje, orquestado como las composiciones de Kristof Schreuf, con lamentos contemplados a través de una nube de humo como los de Joni Mitchell, tocado con una raqueta de tenis, o empleando como ruido de fondo el pedaleo de una bicicleta. Bases rítmicas bailables con una guitarra fresca y una sección de cuerda que envidiaría Sigur Rós. Hay vitalidad y profundidad en cada una de sus composiciones. En varios pubs berlineses puede escucharse una de sus canciones, reconocida por su paisanos, una especie de villancico que te hace volver a creer en aquellos sentimientos abandonados en las fechas navideñas. Cantan en alemán (yo les descubrí en Berlín), pero no son nada fríos, y tienes la sensación real de que sus canciones van a alguna parte.

III

En la familia hemos intentado que la música para ayudar a los niños a dormir fuese lo más variada posible. Pero si queremos ir sobre seguro, y emplear una canción infalible, tenemos que escuchar, aunque sea en pleno agosto, las adaptaciones contemporáneas que Sufjan Stevens ha emprendido de prácticamente todos los villancicos, rescatando muchos que eran completos desconocidos. Así, desde la ventana abierta de la habitación de mi hijo Noel, uno puede encontrarse con las notas de O Come Emmanuel:

“Que se lamenta en su exilio solitario [Israel]
hasta que el Hijo de Dios venga”

IV

Las imágenes más poderosas de mi infancia tienen que ver con trenes y estaciones. No fue hasta que cumplí trece que tuvimos un coche que permitiese el recorrido Málaga—Arjonilla—Málaga que realizábamos varias veces al año para visitar a mi familia paterna. Contábamos con un Seat amarillo de tercera mano que sobrevivió a las inundaciones de mi ciudad a principios de los noventa; pero amenazaba con calentarse y derretirse en cualquier momento, y era preferible usarlo en la ciudad, para recurrir al transporte público y encontrar pronto un taller llegado el caso. Desde entonces, todos los sueños que he tenido conduciendo un coche (no tengo carnet de conducir) se han producido en aquel curioso utilitario.

Pero hablaba de los trenes y de las estaciones, de cuando los viajes no se hacían largos (aunque lo eran), se conocían personajes extravagantes, se comían bocatas de chorizo y la expansión y apertura al exterior de Europa parecía que debía pasar por la alta velocidad. De cuando las vías de tren eran un verdadero progreso.

También la llegada de un tren a una estación marcó la infancia del joven Austerlitz. La breve narración de la estancia en Gales (que me recordaba a su vez un relato de Dylan Thomas y una canción de John Cale sobre la Navidad de un muchacho en aquella región) es el episodio que más me conmovió de la novela de W. G. Sebald (Austerlitz), una pequeña gema dentro de un libro que muestra cómo la identidad y la historia de los primeros quince años de un hombre se han desintegrado al volver a Praga y comprobar que no queda nada allí de sus primeros años, que el paso del nazismo por Checoslovaquia ha arrasado con la memoria sin necesidad de instalar un campo de concentración; lo que nos lleva a darnos cuenta, entre otras cosas, de que los horrores derivados de un conflicto sacuden los cimientos de una sociedad, nos identifiquemos con ella o no; que incluso los espectros insistentes y los desaparecidos pueden perder su patria.

Uno de mis cumpleaños recibí este relato incluido dentro de la novela en una sencilla edición de Penguin, editado como parte de una colección conmemorativa del 70º aniversario de la editorial. No he releído otros fragmentos del texto completo (aunque estoy deseando encontrar un hueco para regresar a él, como el mismo Austerlitz regresa a la comodidad de un andén), si bien he repasado este episodio en contadas ocasiones. Sebald estaba especialmente orgulloso del fragmento, ya que en cierto modo sintetizaba su temática habitual y su estilo narrativo: el arraigo a un lugar, o a un objeto, que en esta ocasión contienen una apariencia volátil, el humo de la estación en la vida ociosa tan europea, y las alas de los insectos tan comunes en su afición a la entomología.

El modo en que una persona encaja y entiende su infancia determina gran parte de su carrera. La de Austerlitz en Gales está relacionada con la voz y la elocuencia de Elias, predicador metodista de un pueblo apartado del mundo, que acaba abatido ante la lectura de Jeremías; Austerlitz asocia el andén de un tren a sus padres adoptivos, también al descubrimiento de que una parte sustancial de su memoria primera, de su infancia en un país extranjero, es fruto de una mentira.

Este desconcierto que resulta de no poder conocer su pasado le conduce a una visión errática de sí mismo y de Europa, una oscuridad como la de la sombra entre las ruinas, un vacío en un futuro incierto del que, como mucho, solo podemos intuir una arquitectura, un andamiaje. Me acuerdo de la cita que el ucraniano Yuri Andrujovich emplea para su Revisión Centroeuropea, tomada de un niño llamado Gabriel:

Las personas se mueren, pero su esqueleto vive para siempre.

V

Asociamos la Navidad a una serie de ritos y costumbres, de tradiciones. Pero nadie dice que, además de poder elegir las tradiciones que uno quiere mantener, también es posible instaurar las propias, inventarlas. Al calendario de adviento compuesto por chocolatinas (y una versión un tanto absurda que he inventado para Noel), las velas y todo lo demás, he sumado el visionado de los cortometrajes de Lotte Reininger sobre la llegada de esta fecha, y también, cómo no, algunas lecturas: varios pasajes de Tolkien, la Nochebuena de Gógol. Los doce terrores de la Navidad de John Updike, el relato que hace Lucas en los primeros capítulos, y el inicio de la Historia de Cristo que escribió Giovanni Papini en 1921, con cuarenta años recién cumplidos.

Me gusta ese inicio porque se centra en el establo donde nació Jesús. Con toda la miseria que es esa casa de animales. Y también se centra en el hecho de que, antes que cualquier ser vivo, fuesen los animales los primeros testigos. “¿No es el mundo un inmenso establo donde los hombres engullen y estercolizan?”, se pregunta el florentino, un hombre que intentó emprender una carrera de brutal ateísmo (de una agresividad que hoy escandalizaría a los ateos que más presumen de serlo) y que, entendiendo que “de Dios no se puede huir”, hizo lo más consecuente: rendirse ante él.

Que este texto concluya en un establo puede resultar chocante. Pero nada más lejos de la verdad: es en ese establo donde empieza todo.

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