Intervalo 2

«preguntad por los senderos antiguos» (Jeremías 6.16)

I

Mi padre tuvo tierras. Su padre, a su vez, venía de un largo linaje de campesinos. Cuando Miguel Hernández preguntaba a los “aceituneros altivos” quién había levantado los olivos, es muy probable que hubiese obtenido como respuesta una frase recurrente de mi bisabuelo: “alguien tenía que hacerlo”. Mi abuelo se dedicó toda su vida a la producción del aceite, y poco antes de morir repartió los terrenos de su parte entre los ocho hijos que le quedaban. Cada generación dividía el terreno en varias partes que buscaban ante todo la equidad. Otra idea que escuché mucho durante mi infancia era que uno no podía pensar demasiado sobre lo que depararía el futuro.

Recuerdo que el terreno de mi padre tenía ciento once olivos. Siempre que íbamos de visita a su pueblo, nos llevaba a ver la parcela. Era lo único que jamás cambiaba: aquel trazado de árboles que disponían paralelas infinitas sobre un mar seco, los árboles más lejanos convertidos en puntos suspensivos, en granos de pimienta.

Mi padre nos llevaba en coche, estaba relativamente cerca del pueblo. A mí me fascinaba cómo sabía dónde empezaba y terminaba su parcela, porque no había cercas que delimitasen las tierras, ni los árboles tenían marcas que los distinguiese de otros. Quien haya pasado por la provincia de Jaén conocerá este desconcierto: si caminas entre los olivos, aunque sea en línea recta, tarde o temprano te perderás como si lo hicieras por un bosque del norte de Estados Unidos. Yo no era malo orientándome, pero aun así nunca acertaba la curva en la carretera que marcaba el inicio del terreno familiar.

En una ocasión le pregunté a mi padre cómo lo hacía. ¿Contaba los árboles desde algún punto determinado? ¿Era alguna clase de intuición que desarrolló cuando vivía allí? ¿Conocía al milímetro aquellas ondulaciones en el suelo? ¿Se fijaba en alguna señal de la carretera que a los demás nos pasaba desapercibida?

Nada de eso.

Por supuesto, las respuestas a estas preguntas podían acercarme a la solución del misterio, pero ninguna sería exacta. Mi padre me señaló un pequeño sendero junto a su finca. Esos caminos adyacentes en los que uno nunca repara, porque para ello ya conoce el camino asfaltado. Ni siquiera sabría, ahora mismo, si describirlo como un camino. Era más un cambio de color de la tierra, un tipo de suelo ligeramente distinto a la tierra suelta, abierta y blanda del olivar.

Desde cierta perspectiva, que solo se producía cuando me sentaba dentro de ese sendero primitivo, podía percibir las diferencias entre ese suelo y el contiguo, y dónde, aproximadamente, se encontraba el trozo de tierra que pertenecía a mi padre.

Pero aún más inquietante fue la respuesta que mi padre me dio cuando le pregunté quién había trazado ese camino, si había sido él o mi abuelo: “No lo sabemos. Estaba ahí cuando llegamos”.

De modo que no era, únicamente, una cuestión de intuición. La cosa iba de tomar como referencia aquello que estaba antes de que los demás llegásemos al mismo lugar.

II

Cada sociedad tiene sus propias contradicciones. En la de mi abuelo paterno se decía que en la vida te tocaba una parte, y con eso tenías que apañártelas. También que no había que vivir en el pasado. Pero al mismo tiempo el pasado era la única referencia posible, y las discusiones por lo que correspondía a cada uno eran muy frecuentes.

En nuestra época actual hay un debate permanente entre avanzar y dejar atrás lo anterior, y hasta qué punto nos condiciona lo que (siempre en teoría) ya hemos superado. Todas las generaciones tienen en su centro el conflicto entre lo viejo y lo nuevo, pero yo percibo en la mía una cierta despreocupación por los problemas que han quedado sin resolver en el pasado, y una confianza casi ciega ante lo que supone un progreso. Tal vez porque, prácticamente desde la cuna, hemos visto cómo nuestro mundo cercano, inmediato, se dividía entre progresistas y conservadores. Tememos lo que no controlamos, pero tampoco nos satisface lo que conocemos. Mi percepción es que he caído en un lugar en el que nunca he podido elegir realmente si estancarme o avanzar, decidir si seré un ermitaño o un montaraz, o un defensor a ultranza de lo que el filósofo Evgeny Morozov denomina solucionismo tecnológico. He nacido en la aldea global, y antes de ser más o menos consciente de ello, me encuentro que esa globalización ha quedado anticuada y se ha visto sustituida por el discurso de la posverdad, el comportamiento líquido del presente y una inquietante convicción de que cualquier futuro siempre será mejor. El resultado de esto es que vivo en un mundo de apariencias.

El físico Richard Feynman decía (en su libro ¿Qué te importa lo que piensen los demás?) que buscamos una y otra vez reproducir los descubrimientos de nuestra niñez, y no tanto volver a la niñez propiamente dicha. Estoy muy de acuerdo. Hay cosas de mi niñez que me gustaría no perder nunca (una curiosidad insaciable, por ejemplo), sin la necesidad de volver a pasar por esa etapa en la que no solo no comprendía casi nada, sino que tampoco se me permitía formular demasiadas preguntas sobre aquello que, se supone, aún no podía comprender. El problema es que nuestro mundo nos obliga a ser niños que no se hacen preguntas, ni se asombran cuando descubren algo como el sendero antiguo.

Relacionando este análisis con la historia del principio: si miramos únicamente el mar de olivos, no veremos el cambio de color en el suelo que localiza el sendero.

III

Decía Claudio Magris que “la atención es una forma de plegaria”. Es cierto que, en la oración, uno solo puede aferrarse a lo más elemental. No hay distracción posible cuando se localiza el verdadero camino, el sendero antiguo que, comparado al reciente, al artificial, no tiene la necesidad de ofrecer ninguna apariencia de seguridad.

Habrá quien dirá que comparar es odioso. Yo nunca he estado de acuerdo con esa idea. Necesitamos tener referencias para comparar. Es el único modo de que al avance lo podamos llamar avance. Las comparaciones solo son odiosas cuando se hacen mal.

El periodista Alfonso Armada publicó a principios de 2018 un libro en el que recorría España por sus carreteras secundarias, buscando incansable los senderos antiguos. En ese viaje descubre que el olivo es el árbol de la vida, que “los hombres viven y mueren y no son felices”, que hay otros nombres para el último límite del mundo, que lo verdadero se nos aparece como en un espejo, y prácticamente al final (a la altura de Granada) nos deja una comparación entre Antonio Machado y Johnny Cash. Ambos cantaron a la libertad junto a una carretera, ambos fueron también buscadores de caminos antiguos. Alfonso Armada tiene que reconocer que entre los olivares solo hay espacio para canciones de redención, porque uno teme perderse, y en esas ocasiones es mejor haber entregado tu alma. “Es como si el pastor y sus ovejas nos estuvieran esperando”, dice. Se refiere a un pastor de ovejas, pero este que nos describe Armada, ese al que llama “el buen pastor” porque conoce las referencias bíblicas (todo el que esconde a un poeta dentro debería conocerlas) tiene la explicación al sentido de la vida: dejar de remar contra el pasado, buscar el camino antiguo.

¿Cuáles son los senderos más antiguos que existen? Nuestra mente viajará, sin mucha dificultad, a las diferentes vías que concluyen en Santiago, a los más de cuarenta kilómetros que conforman el Camino Inca en dirección a Machu Picchu, a las vías que atraviesan la montaña de Montserrat, a la carretera que lleva a las pirámides de Guiza en Egipto. En mi memoria personal, me acuerdo de los siete kilómetros y medio, con tramos que pueden llegar a los cien metros de altura, que serpentean por el Desfiladero de los Gaitanes en la provincia de Málaga. A esa pasarela se la conoce como el Caminito del Rey, desde que en 1921 Alfonso XIII fuera a inaugurar un embalse. Pero este llamamiento a buscar senderos antiguos que encontramos en Jeremías no se refiere a los recorridos turísticos, en forma de paseo tranquilo en los que nuestra integridad física está asegurada; tiene que ver con los pasos (a menudo aprovechando los abismos y otros accidentes geográficos cercanos) que las ciudades escondían en caso de sufrir el acoso de sus invasores.

IV

El capítulo de Jeremías que encierra este versículo habla del sitio de la ciudad de Jerusalén. Casi automáticamente me acordé, mientras leía este capítulo, de un poema de Zbigniew Herbert. Aunque su nacionalidad fue la polaca, cuando nació Herbert, Lvov pertenecía a territorio ucraniano. La personalidad de este poeta era increíblemente difícil y contradictoria. Fue educado en la clandestinidad durante la ocupación nazi, y gran parte de su familia, de origen militar, fue asesinada por los soviéticos en 1941; se batió en duelo, donó sangre para ganar dinero, luchó contra el alcoholismo toda su vida, y ha escrito las mejores páginas que existen sobre pintura holandesa del siglo XVII. Suya es la frase: “la literatura debería enseñarnos a estar despiertos”. En diciembre de 1981, el general Jaruzelski decretó el estado de guerra en Polonia con el fin de impedir las protestas de los sindicatos, y de lo que aconteció aquellos días salió Informe desde la ciudad sitiada, un largo poema lleno de huecos y voces sacadas del periódico, publicado tres años después. En el poema podemos ver cómo el propio Herbert se atribuye “el mediocre papel de cronista”, aunque ejecutó esa tarea con gran diligencia, ofreciéndonos un brillante texto que puede servir para entender tanto la Polonia ocupada, como la frontera de Gaza, o la Jerusalén del siglo VI a. C., en la que Jeremías desarrolló su misión profética y redactó esa especie de diario que constituyen los primeros capítulos de su libro.

Es altamente verosímil que Herbert se inspirase en la poesía hebrea, lo que explica en parte que muchos de sus versos se queden profundamente grabados cuando uno los encuentra por primera vez. Por ejemplo: “todos padecen aquí del deterioro de la noción del tiempo”, o “si perdemos nuestras ruinas nada nos quedará” podrían haber salido de la voz de Jeremías, incluso de Ezequiel o de Jonás en Nínive. En el poema de Herbert, a los acuerdos con los sindicatos se les da el nombre de pacto. Puede ser impresionante comprobar hasta qué punto la poesía de los profetas del Antiguo Testamento se filtra en todas las capas de la creación artística contemporánea.

Pronuncia Zbigniew Herbert:

 

            en verdad es inconcebible que la Ciudad todavía se defienda

 

       el asedio continúa los enemigos deben ser reemplazados        nada les une excepto el anhelo de nuestra destrucción     

 

Es en medio de ese asedio cuando Jeremías señala que la salvación y el descanso verdadero llegará cuando preguntemos por los antiguos senderos, por el buen camino, por las vías estrechas y peligrosas que conducen a la salida.

V

¿Qué ocurre con quienes trazan el camino? Los romanos tenían aquella expresión: EX NIHILO NIHIL FIT (nada procede de la nada). En la mayoría de los casos, es cierto: los inventos que abren camino parten de otros inventos a los que se les ha dado un uso distinto; en ocasiones, es el error el que juega a favor del que inventa algo pretendidamente “nuevo”. Los que trazaron las primeras vías lo hacían, hasta cierto punto, a ciegas. No es que no tuvieran referencias, sino que estas referencias eran primordiales, y está claro que requería una enorme capacidad de concentración, de estar atentos a las señales en el paisaje que pasaban desapercibidas para todos los demás.

Cuando pensaba en la idea de la carretera, del camino estrecho, me acordé de la película de Monte Hellman Carretera asfaltada en dos direcciones. Es una cinta poco conocida de 1971, en la que aparecen James Taylor, Warren Oates y un músico al que admiro mucho: Dennis Wilson, el malogrado batería de los Beach Boys. La historia va de una carrera que se desarrolla en la Ruta 66 y en la que los dos competidores ven cómo su hostilidad va creciendo a medida que se tragan kilómetros y kilómetros de un sendero que parece no tener fin.

El film es intensamente poético. Por la belleza desoladora del paisaje, pero también en sentido etimológico: al señalar los dos sentidos de la carretera, Hellman suelta un verso, porque en latín, verso (versus) significa volver sobre lo escrito en la línea anterior. Y esto tiene además una extraña y curiosa relación con el campo de olivos del que hablaba al principio: cuando aras un campo de olivo realizas surcos de ida y vuelta sobre un terreno, vuelves sobre lo trazado, y los senderos antiguos también se trazaban como surcos, repasando continuamente lo que ya había sido marcado con anterioridad, lo que antes de eso fue planeado y anticipado.

En Carretera asfaltada en dos direcciones hay frases de una resonancia enorme: “Todo va demasiado rápido, pero no lo suficientemente rápido”, dice Oates antes de comerse una hamburguesa. El director de cine Richard Linklater (el de la trilogía Antes… y la brillante Dazed and Confused) habla de esta fascinante obra como “una película completamente honesta, lo que es una cosa rara en este mundo”. Para los que amamos el género de las road movies, es una película irresistible. Comenta Linklater que, “a diferencia de otras películas de la época que tratan sobre la alienación de la cultura de las drogas y las manifestaciones antibélicas, esta película es acerca de la enajenación del resto de la gente”. Y claro, para los que amamos a los personajes marginales de la literatura y el cine, es imposible no sentir nada cuando, al final de la película, James Taylor cierra la puerta del coche y, como apunta el crítico Gilles Laprévotte, “se hace oír el sonido sepulcral de una lápida que vuelve a cerrarse. En el punto muerto del mundo”. Porque mientras podamos regresar al camino, siempre habrá una salida. Es lo que nos dice la película de Monte Hellman, y lo que nos dice también Jeremías.

Si continuamos con la analogía del camino y unimos Jeremías con el Evangelio de Juan (capítulo 14), nos daremos cuenta de que hallar el sendero antiguo es, en consecuencia, acudir a Cristo, Cristo es el camino antiguo, la vuelta a lo fundamental, el sendero que no siempre vemos, mientras estamos distraídos en el punto muerto del mundo. Pues no se trata de volver a cierta forma de cristianismo primitivo, sino de volver a Cristo, que estaba allí antes de que nosotros llegásemos.

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