Intervalo 19

“Dios le respondió en el trueno” (Éxodo 19:19)

I

Desde que leí que la artista Emma Kay tiene una serie de obras de arte que consisten en sus recuerdos (expresados verbalmente) de las obras de Shakespeare, he adaptado el ejercicio a los conceptos e imágenes que quiero comentar en unas pocas líneas. Por ejemplo, si quiero hablar de un trueno, recurro a este esfuerzo subjetivo y memorial, y esto es lo que surge:

– Final de verano.

– Anuncian la aparición de naves alienígenas en Encuentros en la Tercera Fase.

– The Doors: Raiders on the Storm.

– La tercera entrega de Mad Max.

– Simone Weil. Dice la pensadora francesa que todos los movimientos “naturales” del alma están regidos por leyes análogas a la gravedad. Excepto la gracia, que no puede caer a partir de un determinado punto. Dice también que “el hombre no escapa a las leyes de este mundo sino por la duración de un relámpago. Instantes de tregua, de contemplación, de intuición pura, de vacío mental, de aceptación del vacío moral. Sólo por esos instantes es capaz de lo sobrenatural”.

– Dios no estaba en el trueno.

– The Pixies: Stormy Weather.

– Un cuento de Ray Bradbury en el que se explora la teoría del caos.

Los siguientes cuatro epígrafes son extensiones de este ejercicio.

II

Un trueno sobre el muelle.

La historia la protagoniza el escritor Samuel Beckett, y marcó para el resto de su vida la manera en que vería el mundo y su propio trabajo.

La versión oficial dice que, una noche de 1946, un sombrío y agotado Beckett se dirigió al muelle de Dun Laoghaire con el fin de dejarse ir por la enorme tempestad que se había desatado en aquella ciudad al este de Irlanda. Empapado y temblando de frío, el escritor experimentó una profunda epifanía que le llevó a entender cómo tendría que escribir a partir de esa noche. Al final del muelle hay una placa de bronce que señala el lugar donde permaneció sentado. En su obra teatral Krapp’s Last Tape recoge una versión primitiva de lo sucedido, y describe con precisión el paisaje que vieron sus ojos: un acantilado y sus pensamientos más oscuros revueltos «entre la espuma de las olas que brillaba a la luz del faro y el anemómetro que daba vueltas como una hélice».

A partir de aquí, todo son conjeturas que tratan de responder a la gran pregunta: «¿Qué mensaje encontró Beckett en la tormenta?». Sabemos que antes de la tempestad, Beckett sufría de un colapso creativo importante, dado que se esforzaba por hacer lo que se supone que un novelista debe hacer: aparentar, crear simulacros realistas del mundo. Así lo cuenta su biógrafo Anthony Cronin. Es posible que, debido a su educación protestante, Beckett mezclara su experiencia con aquella noche que, cuenta otra leyenda, Martín Lutero pasó al raso y fue asediado por multitud de rayos que casi acaban con él. Pero lo que nos interesa es que, tras esta noche en la tormenta, Beckett entendió que debía librarse de artificios e hipocresías, volcarse en su mundo interior, con todas sus tinieblas e incertidumbres; que debía aprender a desprenderse de lo superficial. Años más tarde escribió (en su versión de la revelación): «Comprendí que mi camino estaba en el empobrecimiento, en la falta de conocimiento y en la eliminación, en restar más que en sumar». Desde 1946, su obra sería tan única e inclasificable como la reconocemos hoy.

Por otra parte, todos los escritores buscamos ese momento de revelación, y de algún modo tendemos a exagerarlos, cuando no directamente a inventarlos. A menudo, la revelación, si es que se produce, será quien acudirá a ti, porque no se compone necesariamente de rayos: a veces son unos ojos, a veces un bloque de hielo, una ráfaga de viento o una línea que brota de un texto cuando menos te lo esperas. A mí me gusta pensar que la naturaleza está llena de esas revelaciones, pero quién conoce su entorno lo suficiente como para cazar al vuelo esos instantes de pura revelación. Y una última pregunta: ¿Qué hay detrás de cada revelación?

III

(Un cuento muy, muy breve: “Cáscaras de nuez”)

Me inquieta la expresión “una muerte dulce”. Para mí, la muerte no es dulce, es anuezada, pienso mientras avanzo con sigilo en unos recodos ajenos empañados en la miel lunar. El crujido de mis tobillos resuena más de la cuenta. Huele a lluvia y maíz. Vivimos en un lugar privilegiado, con jardín y todo. Antes de morir, me hizo prometer que nos comeríamos juntos unas cuantas nueces. El crujido de mis tobillos me recuerda a las nueces, y también la promesa. Hasta el concierto de truenos de hoy, lo más exótico que ha pasado en mi vida ha sido una discusión con unos mormones acerca de la eternidad y del cielo único, el mismo que ahora llora y cruje. Llevo meses viviendo en una zona gris. A través de los cristales veo árboles secos que bailan y se humillan. Los sonidos de las tormentas confunden al principio, aturden, pero es posible acostumbrarse a ellos, incluso percibirlos como un sonido aburrido. Me siento en la cocina y saco el cascanueces. Es difícil hallar nueces en esta época del año. Y sin embargo, por su recuerdo, haría cualquier cosa.

IV

(Un extracto de mi cuento “El visitante”)

Me quedé contemplando el final del resplandor diurno desapareciendo detrás del horizonte. Salieron las estrellas de mayor magnitud. La noche iba a ser clara y fría. Me acerqué a beber a una fuente. Noté los pasos de alguien a mis espaldas, que se detuvieron al llegar junto a mí. Me giré para cederle el turno y pudiera beber. No vi a nadie. Era un sonido quien me acompañaba.

La noche se acercaba, cautelosa pero sin pedir permiso. Si miraba atrás, donde había estado hacía tan solo unos minutos, únicamente podía distinguir los contornos de la fuente y de la playa por la que había paseado toda la tarde, y un haz de luz lejano recortando las siluetas de unos pinos. Me sequé la barbilla y adopté una posición de alerta. Comprendí que aquel nuevo sonido no pertenecía al contexto en que me hallaba. Presté atención al visitante: era un débil y agudo zumbido, sumado a un rumor parecido al que se encuentra en un túnel estrecho bajo una autopista.

No puedo explicar dónde se situaba el origen de mi turbación. Algo había tras los árboles, en el lugar de procedencia del ruido, que producía un desasosiego que cavaba hondo en mi estómago. Salté a la arena. El mar estaba negro. Empecé a buscar respuestas razonables para el ruido: es una fuente de alimentación eléctrica, es un avión de una base militar, es un ciclomotor. Y sonaba, es cierto, a todo aquello, pero yo sentía un miedo atávico, solo en la playa con el bosque mudo aquel, con el cielo pecoso y empañado.

Me di la vuelta y corrí paralelo al rompeolas. Me detuve a recuperar el aliento, a unos treinta metros de la luz anaranjada que en mi carrera interpreté como lugar de protección. Al menos conseguí dejar atrás el zumbido. Me encontré tan a salvo de él como de los barcos que marcaban en la negrura la línea invisible del horizonte.

V

 (Un extracto de mi cuento “Islandia”)

Tanto el Íslendingabók, del sabio Ari Þorgilsson, como la Saga de Nial en su parte dedicada al destino, relatan que alrededor del año mil, Þorgeir Ljósvetningagoði decidió arrojar su colección de figuras paganas a las gélidas entrañas de la Goðafoss. Ni una sola lágrima brotó del letrado cuando vio a su Thor tallado en abedul desapareciendo en la espuma de la cascada. El pequeño dios con cabeza de cucurucho se aferraba a sus barbas y mantenía una sonrisa feliz mientras descendía al olvido.

Þorgeir quiso dar ejemplo de su conversión al cristianismo tras una jornada de reflexión a la intemperie, envuelto en pieles de oveja y sin probar bocado. Escuchaba muy cercano el sonido del salto de agua, su conversación. En un instante de la vigilia creyó oír un susurro muy diferente del que estaba habituado a atribuir al movimiento de los árboles y al crepitar del fuego. No se arrepentía, pero pronto entendió que prácticamente ninguno de sus vecinos estaría de acuerdo con su acto; una década antes, debido a un conflicto sin aclarar, el primer cristiano nacido allí fue amablemente invitado a marcharse. Cuando la desaprobación se estrechó a su alrededor con toda la fuerza del silencio, Þorgeir dio el siguiente e inevitable paso: doce lunas después de proclamar que la isla aceptaba ser cristiana, abandonó su labor de mediador, dejó de comer carne de caballo y regresó junto a sus cuatro mujeres y sus once hijos. La familia entera se marchó con la siguiente tormenta, dejando atrás el ruido de una tormenta que se precipitó por la cascada, junto a todo lo demás. Porque las cascadas absorben las tormentas, todo el mundo lo sabe.

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