Intervalo 18

“La ciudad estaba llena de ídolos” (Hechos 17:16)

I

Mi afición por el fútbol es extraordinariamente reciente, y además es muy rara, bastante poco ejemplar. Para empezar, soy el peor aficionado al fútbol que existe: no conozco las tácticas (ahora empiezo a entender sus reglas y estoy leyendo varios libros sobre su historia), no podría recitar jamás una alineación completa, y ni siquiera sufro cuando el equipo al que sigo pierde. ¿Por qué he llegado a interesarme por este deporte, hasta el punto de haber visto en los últimos años casi más partidos que películas? Más allá de un resultado, de lo que esté por jugarse en un partido concreto, me interesa el acontecimiento en sí, lo que algunos llaman intrahistoria, el aspecto humano que hay detrás, las consecuencias y planteamientos sociopolíticos que entraña (más en este deporte que en cualquier otro), y su reflejo de la búsqueda y necesidad de trascendencia que a veces asume (y otras veces incluso padece) el ser humano. La comparación entre fútbol y religión puede no ser perfecta, pero es acertada. Tanto es así que los críticos de este deporte utilizan argumentos (siendo generosos con el término) que bien podrían aplicarse a las expresiones que los autodenominados escépticos emplean, principalmente, con la fe cristiana. Un campo de fútbol envuelve tantas almas como una catedral, tiene mucho de ritual, y también, por desgracia, de idolatría. Pero nos equivocamos al pensar que el fútbol (como la ciencia, o el arte) es negativo por eso: como nos muestra el texto de Hechos 17, la idolatría no es tanto aquel elemento concreto al que uno rinde culto (que también), como algo más sutil: todo aquello que desvirtúa lo que es justo. Así, algo tan simple como la admiración por el virtuosismo de un jugador, se convierte en idolatría en el momento que asumimos que, sólo por ese virtuosismo, todo lo que hace y dice ese jugador, antes o después de su acción, queda justificado. Es idolatría la duda ante todo excepto ante uno mismo. Es idolatría la política, el deporte, o la cultura, cuando depositamos en ella cualquier esperanza. Hasta un concepto abstracto puede ser idolatrado: el hedonismo es exactamente eso. Es idolatría, llanamente, todo aquello que ocupa el lugar que únicamente pertenece a Dios. La idolatría es una niebla que nos impide ver quién es, verdaderamente, a ese “Dios desconocido”.

Por eso, cuando despejo el elemento de la idolatría, y voy a lo esencial, descubro que el fútbol es un relato, que provee una mitología propia a un olimpo repleto de deidades. Por eso creo que ha llegado a interesarme esta disciplina, aunque haya sido en mi vida adulta. Es un planteamiento, un nudo y un desenlace, con sus diferentes momentos, peripecias y estados de ánimo. Un partido, cualquiera, por muy poco que esté en juego, plantea un conflicto, más o menos estético. Y su resolución se llama gol. Empecé a interesarme por un libro: se titula Fiebre en las gradas, y es una novela de Nick Hornby, uno de mis escritores preferidos. El libro recorre la vida de un hincha del Arsenal (el propio Hornby es socio del club gunner) paralelamente a una serie de partidos de mayor y menor importancia, pero que de algún modo trazan el paso de la infancia a la madurez, y el descubrimiento de que la vida es tan compleja, está tan llena de frustraciones, fracasos y pequeñas conquistas como el deporte al que dedica sus fines de semana. Todo antes de la irrupción del Arsenal cuyos jugadores llegaron a ser conocidos como The Invicibles por ser el único equipo en completar una campaña completa sin perder (la 2003-2004). Treinta años atrás, una mañana de febrero de 1972, en un enfrentamiento con el Derby County, llega a la conclusión de que un gol “siempre es un gesto de provocación”, y tiene una especie de antiepifanía cuando declara que “perdí la fe en el título”. Las mejores partes de la novela tienen que ver con cómo explica la deificación de los jugadores de fútbol, en especial de Liam Brady, al que considera realmente un ídolo por su inteligencia sobre el terreno de juego, por su estilo incisivo, que termina con un nudo en la garganta con su última aparición en el Highbury, frente al Nottingham Forest. Es el primer paso, reconoce, en la caída de un ídolo: darnos cuenta de que no es eterno.

II

El Nottingham Forest y el Derby County tuvieron precisamente como entrenador a alguien que todavía hoy es considerado un ídolo: Brian Clough. Tal vez junto a Bill Shankly, Clough ha sido el mayor fabricante de frases míticas sobre el fútbol: “Dicen que Roma no se hizo en un día, pero eso es porque yo no estaba allí dirigiendo ese trabajo”, es una de las más conocidas. Mi favorita es: “Si Dios hubiera querido que jugáramos al fútbol en las nubes, habría puesto hierba ahí arriba”. Demuestra que es falsa la idea de que el fútbol bonito es un invento reciente, pero sobre todo nos da una idea de lo increíblemente lógico que fue Clough. Sí, también era un tipo arrogante, directo, y un genio. En Middlesbrough, su ciudad natal, hay instalada una estatua en su memoria (las estatuas y las figuras son consecuencia, no causa, del ídolo). La historia de Clough es fascinante: una retirada demasiado temprana como futbolista, una biografía llena de momentos oscuros entre los que destaca su alcoholismo, un temperamento visionario (con un método de entrenamiento realmente brillante) y una idea muy avanzada sobre la relación entre los clubes de fútbol y los medios de comunicación, la historia de enfrentamiento con el Leeds Utd. (equipo al que entrenó durante cuarenta y cuatro días), la frustración de no haber llegado a ser seleccionador nacional… existe una estupenda película sobre él cuyo título lo dice todo: The Damned United. Está basada en un libro de David Peace, otro gran escritor sobre fútbol.

Su historial está centrado en sus logros deportivos, elevados por la opinión pública a la categoría de milagros. De hecho, cuando ascendió al Derby County de segunda división y el equipo ganó al año siguiente la liga, desde la prensa deportiva se comparó este esfuerzo al de caminar sobre el agua, un símil que tuvo eco entre los aficionados al County.

“¿Caminar sobre el agua? Supongo que mucha gente estará diciendo que en vez de caminar sobre ella, debería haberla tomado más en mis bebidas. Tienen toda la razón”, respondió. Pero luego empleó la expresión en su autobiografía de 2002. Y es que los ídolos no hacen milagros, aunque sepan imitarlos muy bien.

III

Red or Dead, también de David Peace, sigue otro período vertiginoso de otro gran entrenador inglés: Bill Shankly, desde su llegada al Liverpool FC en 1959 (por entonces el club estaba en segunda división), hasta su retirada sorpresa en 1974, a las puertas de su séptimo trofeo en quince años y teniendo al Leeds United como contrincante. Shankly era, al contrario que Clough, un revolucionario discreto. Contagió al vestuario de una forma primitiva de organización socialista, se declaraba cristiano y leía la poesía de Robert Burns. El libro explica muy bien lo que significa seguir al club instalado junto al río Mersey: por supuesto, el equipo tiene su mitología (el propio Shankly) y tanta ambición como cualquier club inglés, pero su historia se forma a partir de sus derrotas y en las pocas abstracciones que proporciona un deporte cada vez más inclinado a la precisión.

Tal vez por esto me he ido aficionando a las desventuras y virtudes del equipo de Anfield. Una de las pocas cintas en VHS que conservo es la grabación de un Liverpool 3 – Arsenal 6 que encajaron los reds el 9 de enero de 2007. A saber por qué recuerdo ese partido con tanta claridad. Para algunos fue una humillación histórica en el torneo de la Carling Cup. Para la mayoría una derrota imposible, dado que el equipo no había recibido seis goles en su campo desde 1930. Para la mayoría de personas en aquel sábado en Madrid desde donde grabé el encuentro, se trataba de un partido cualquiera de la Premier League. Pero para mí supuso la explosión de una afición a este club, que trasciende mi interés por el propio deporte.

Conservo con cariño una anécdota de mi condición de red (mi color favorito es el rojo, por cierto): En 2010 el Atlético de Madrid se jugaba contra el Liverpool el pase de fase en la Europa League. El 23 de abril de ese año estuve firmando ejemplares en la caseta de la librería Catalonia, que ya no existe. Allí coincidí con David Trueba. Con él estuve calentando un poco la rivalidad incipiente entre ambos equipos. Entonces, el Atlético asentaba los cimientos de lo que es hoy (un rival que puede estar por encima de un Chelsea, nada menos), y el Liverpool miraba con nostalgia su infartante final de Champions, arrebatada al Milan con un «recién llegado» Rafa Benítez. El propio Benítez dijo en una ocasión, y no le quitaré la razón, que el Liverpool era lo más parecido en Inglaterra al Atlético. Sea lo que sea lo que esto signifique. Al final, Trueba me firmó su libro Saber perder, un poco desorientado por el hecho de que no fuese un tipo que trabajaba en la librería, sino un escritorzuelo más que había disfrutado de su libro. En el partido de vuelta pasó el Atlético gracias a un gol de Diego Forlán (2-1). Pero para entonces yo ya estaba acostumbrado a saber perder. Un ídolo no te enseña a perder.

NOTA AL PIE: El día que acumulé las primeras líneas de este apartado (26 de mayo de 2018), el Liverpool se enfrentaba al Real Madrid en Kiev. Por la tarde tuve una boda. Guardo mejor recuerdo de la boda.

IV

Su fama de buen portero libró a Robert Enke de las palizas habituales en el Berlín donde transcurrió su infancia. En aquella época, a principios de los noventa, la gente acostumbraba a pagar sus frustraciones metiéndose en peleas todo el tiempo. Cuando un grupo se fijaba en Enke, siempre llegaba alguno que lo reconocía, y le dejaban en paz.

Es posible que esa violencia soterrada marcase a un chico sensible y cada vez más autoexigente como el portero alemán. Cada error, además de la culpabilidad inherente a la profesión de guardameta, fue montando una nueva pieza en un mecanismo que amenazaba con estallar en alguien no demasiado estable emocionalmente. Ya tenía problemas de confianza, y dificultades para soportar las críticas, cuando llegó a la portería del FC Barcelona en 2002. El clima en el que estaba el club ya era insano cuando aterrizó como suplente. Un desastroso partido de Copa del Rey en el que se perdió contra el último equipo de segunda división, Enke dio señales de que algo no iba bien. Era incapaz de perdonarse a sí mismo. “Esa es la tortura del portero”, explica su biógrafo Roland Reng, “la insostenible autoexigencia de no cometer nunca errores. Ninguno puede olvidar sus errores. Pero un portero tiene que poder reprimirse, porque, si no lo hace, llega el siguiente partido y todo se gira en su contra”. Además, varios de sus propios compañeros de equipo señalaron a Enke como principal culpable del estado en que se encontraba el Barcelona por esa época tan convulsa. Pudiendo elegir distintas formas de encajar su rendimiento, Enke decidió refugiarse en la depresión, mientras mostraba una sonrisa de cara al público. Dejó el Barcelona a la temporada siguiente y tuvo una carrera relativamente tranquila. Pero la pérdida de una hija y sus recaídas en la depresión le hundieron cada vez más. En 2009 se arrojó a las vías del tren de una estación de Hannover, donde ejercía como portero del equipo local. Si bien había sido tratado de la enfermedad, siempre trató de esconderla, porque sabía que en el mundo del fútbol, donde a menudo se favorece (creo que en exceso) la demostración de testosterona, y se presume de fortaleza física y mental, hay ciertas dolencias que automáticamente son traducidas por debilidad.

Normalmente no pensamos en los efectos colaterales de nuestra confianza ciega en los ídolos. Poner nuestras esperanzas en un equipo, o depositar todo nuestro ánimo en lo que hacen unos individuos de menos de treinta años también trae consecuencias, que a menudo se traduce en una presión excesiva como la que acabó con Robert Enke. Nuestra adoración a unos ídolos repercuten en nosotros, pero siempre son otros quienes sufren sus peores repercusiones.

V

El fútbol también trae desgracias colectivas, aunque cabría preguntarse por qué las recordamos de manera distinta a las individuales. Pienso en la avalancha de Hillsborough, en 1989, en la que murieron 96 personas. Cuando hace dos años se hizo por fin justicia y un tribunal decidió que aquella avalancha debía ser considerada un crimen por culpa de la deficiente seguridad del estadio, y no (como indicaba el relato de la policía) una lamentable consecuencia de la irresponsabilidad de los hinchas (creando así la mentira de que el Liverpool FC tiene la peor afición de Europa), se hizo evidente que el fútbol trae algunas recompensas evidentes, pero que en su categoría de ídolo nunca podrá rehacer lo que ya se ha perdido, como Dios sí puede hacerlo.

En Kiev, junto al campo del Dínamo, hay un conjunto escultórico que recuerda al FC Start, un equipo formado por jugadores del Dínamo y del Lokomotiv. En agosto de 1941, la Luftwaffe (guarnición de la aviación alemana) “propuso” un partido de revancha contra los ucranianos (el equipo predilecto del Eje había caído 5-1 unos días atrás), en el estadio Zenit. Entre un arbitraje parcial (el árbitro era un oficial de las SS), un juego realmente sucio y violento, la tensión inicial (se dijo a los del Start que debían hacer el saludo nazi antes del partido, cosa que no hicieron) y las advertencias de represalias en el descanso, el partido no podía pintar peor. Sin embargo, los jugadores soviéticos ganaron 5-3 antes de que el árbitro pitase el final del encuentro sin que se llegaran a los noventa minutos reglamentarios. No sabemos realmente si fue a causa de este partido por lo que la mayoría de jugadores del Start fueron llevados a campos de concentración y asesinados apenas un mes después, o si se debía a la participación activa de los jugadores en los servicios secretos soviéticos. En cualquier caso, pasaría a la historia como “el partido de la muerte”, y al cine con el título de Evasión o Victoria, con el romanticismo habitual en esta clase de historias. Si bien el comportamiento del FC Start fue noble, y no se duda en absoluto de los cuatro testigos que quedaron para contar lo sucedido, es difícil que hoy podamos determinar cuántas cosas se han añadido a la narración original; o modificado, teniendo en cuenta el potencial propagandístico del encuentro para la Unión Soviética. Un relato también es un ídolo. Si sabemos leerlos bien, veremos que los ídolos son en cierto modo una manera de narrar una historia, incluso (como en este caso) con una base importante de verdad. Pero no nos ofrecen más.

Los dos recuerdos televisivos que he retenido de 1989 son aquella nefasta semifinal de la Copa de Inglaterra contra el Nottingham Forest y la caída del Muro de Berlín. ¿Y si esta conexión con el pasado es lo que ha decantado en realidad mi atención por el equipo de Liverpool? ¿Y si nuestra historia está tan marcada por los momentos malos que ninguna muestra de nuestro amor puede compensarlos? Un ídolo jamás puede cumplir con la promesa de que “nunca caminarás solo”, y nosotros nunca podremos darle lo suficiente de nosotros mismos. En cambio, Dios no nos pedirá un imposible, ni nos exigirá que demos más de lo que podemos dar, precisamente porque él ya cumplió con lo imposible.

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