Intervalo 17

“Un abismo llama a otro abismo” (Salmo 42:7)

I

El término abismo está tan lleno de resonancias, despierta tantas imágenes y asociaciones, cuenta con tantos sinónimos, que no hay poeta que se resista a utilizarlo. La poesía, al menos en esencia, es una forma de revelación del yo ante uno mismo, un abrazo ancho al mundo. Suelo decir esto para resaltar su importancia, aunque sé que será inútil, porque para la mayoría de las personas, incluidos los que leen, la poesía se limita al romanticismo o a las emociones, y en el peor de los casos es algo pedante, aburrido e intelectualoide. Nada más lejos de la realidad. Decía Seamus Heaney, con razón, que cuando uno descubre un poema, o un verso concreto, es como si se hallara ante un descubrimiento arqueológico. Creo que los salmos están llenos de estos descubrimientos, y en el caso del salmo 42 nos hallamos uno de los mayores yacimientos que uno puede encontrar, a montones de niveles. En el momento en que di con este abismo que llama a otro, aparte de ver de golpe el romper de una ola contra un peñón, también se despertó en mi interior una sucesión de recuerdos, frases, incluso sonidos, tan imparable que el mayor esfuerzo como lector he tenido que ponerlo en la selección de referencias que han acudido a mí.

La primera es quizá la más literal: un acantilado frente a una tormenta. El vértigo de la altura y el salvaje rugido del entorno. Antonio Colinas lo empleó para hablar de un diálogo del filósofo Cioran contra sí mismo:

“Asomado, al fin, al borde del abismo

rebosante de sombra,

comprendí que el verdadero abismo

no estaba fuera sino en mí,

y que por eso el otro ya no me atraía.”

(Reviviendo a Cioran, Antonio Colinas)

Cioran ha pasado a la historia del pensamiento por su fiereza ante la humanidad, por su exposición abierta de las contradicciones propias, por atreverse a decir lo que nos escandalizaría a la mayoría (no tanto por la crudeza de las palabras como por la verdad sobre nuestra condición que queda expuesta), por su capacidad para observar más lejos que casi ningún otro filósofo, un poco como Sócrates pero sin impertinencia. Y entonces, el poeta leonés pone en el ser humano toda la agitación del mar. En cierto modo, me recuerda a Pedro, el discípulo, un tipo incontenible, lleno de furia y ruido, al que solo Jesús podía aplacar como hacía con las aguas revueltas. Cioran era un Pedro contemporáneo, y en el momento en que, según nos narra Colinas, se asoma al abismo, un abismo que le llama desde el fondo de la resaca y la espuma, comprende que está más cerca de la paz y de la salvación de lo que su pensamiento y sus silogismos de la amargura nos decían.

II

Pero, ¿y si lo que nos espera allá abajo no es una amenaza, sino una forma de amor?

“Una mañana, desde una roca de la playa,

clamó que lo que él quería en la vida

no era una mera copia hablada de su propio amor

sino un amor correspondido, y con voz propia.”

(Lo más próximo, Robert Frost)

Lo más cercano al mar, por supuesto, no es la roca, ni la arena, sino el propio filo. En inglés, la palabra que emplea Robert Frost para referirse al horizonte, al límite, Edge, poco antes de la estrofa que reproduzco aquí, tiene una connotación más espiritual que geográfica, una demarcación difusa que alude al propio observador. No sólo miramos, sino que nos situamos al borde. Ahí es cuando escuchamos la llamada del abismo. Y en ese momento exacto, cuando parece que sucumbiremos a la bravura despiadada del mar, cuando creemos que vamos a ser engullidos y que no hay escapatoria para nosotros, nos damos cuenta de que el amor nos esperaba detrás. Porque lo que importa realmente no es el romper de las olas sino su fuerza. No su arrastre sino la materia misma.

III

A menudo el abismo resuena con tal intensidad dentro de nosotros que no tiene sentido luchar por dejar de escucharlo. Es lo que tuvo que pensar la poeta Louise Glück cuando escribió El iris salvaje:

“del centro de mi vida brotó

un fresco manantial, sombras azules

y profundas en celeste aguamarina.”

Dentro de nuestras cajas torácicas, un abismo llama a otro continuamente. La sangre llama a la sangre, como decía Shakespeare. Por eso, cuando cobramos conciencia de que la propia vida ya nos afecta, de que el sólo esfuerzo de vivir parece demasiado grande, también entendemos que ni siquiera su sentido, incluso nuestra comprensión de ese sentido, es algo que podamos controlar.

Siempre he pensado que la vida es abrumadora, que cualquier intento de tomar las riendas es estéril si creemos que somos nosotros quienes las sujetamos, o que todo depende de nuestro control.

IV

En su “Canto en memoria de Benjamin Britten”, Arvo Pärt logra que las campanas suenen como verdaderas cascadas:

En esta pieza, se puede sentir claramente a un abismo llamando a otro abismo. Un abismo que sucede a otro, casi atropelladamente.

V

Es curioso cómo relacionamos el abismo con la oscuridad. Pero no son necesariamente vinculantes entre sí. Hay, de hecho, abismos de luz. El poeta irlandés Patrick Kavanagh ya lo señalaba en su To a Child:


“Niño, hay luz en algún sitio

bajo una estrella,

y un día será para ti

una ventana que mira

hacia dentro a Dios.”

Cada destello de imaginación es un abismo. Cada reconocimiento de nuestra debilidad es también un abismo que a su vez hace que otros abismos brillen. Alguien que conoció profundos abismos de alcoholismo y desesperación, Charles Bukoswski, dejó uno de los mayores clamores de luz que haya leído. Realmente es conmovedora esa necesidad que expresó en el revelador poema El corazón que ríe:

“hay una luz en algún lugar;

puede que no sea mucha luz pero

vence a la oscuridad,

mantente alerta

los dioses te ofrecerán oportunidades,

conócelas,

tómalas,

no puedes vencer a la muerte, pero

puedes vencer a la muerte en la vida, a veces,

y mientras más a menudo aprendas a hacerlo

más luz habrá.”

[Tom Waits lee El corazón que ríe, de Bukowski]

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