Intervalo 16

«Le pareció poco tiempo» (Génesis 29:20)

I

Con un título de ecos bíblicos (en los sesenta del siglo pasado se leía el Eclesiastés de oído), el libro del periodista cultural Geoffrey O’Brien Tiempo de soñar reúne una serie de recuerdos sobre la convulsa generación de los baby boomers. El aspecto más significativo de esta colección de ensayos está en el hecho de narrar todo aquel viaje con la perspectiva de haber redactado ensoñaciones cubiertas de dos décadas de olvido y adaptación al nuevo Occidente. Hay entre sus páginas momentos tibios y anecdóticos, algunos muy hipnóticos, otros descorazonadores por lo que tienen de perpetuación y celebración de la época. Sin embargo, este periodista impulsivo con un cuerpo cosido sobre ingentes referencias culturales toma el papel de historiador social con una capacidad de observación tan entusiasta como dolida, o tan fascinada como adolescente; cuando se ve como uno más de los extraterrestres que en esa época convirtieron a Washington, Detroit o San Francisco en todo lo que interesaba, entonces nos brinda episodios inquietantemente humanos.

El talento de cronista de O’Brien brilla en la descripción de la cultura del ácido, en los pinchazos sobre el hígado de quienes no creían en su patria, en la imaginación desatada ante una dimensión de las cosas que no entendía nadie. Al final de uno de los capítulos, deja una lapidaria frase sobre sus contemporáneos que también podría servir para la comprensión de nuestra época: “lo habían recordado todo, o quizá se lo habían inventado”.

II

En la música, especialmente dentro del pop, existe la tendencia de tomar los desencuentros y los desengaños amorosos como algo que ya se ha aceptado, algo que dolía, pero en el tiempo presente apenas es una cicatriz; casi se contempla con agradecimiento por el supuesto aprendizaje que conlleva. Parece que ha sido idea de todos que sucediera, que no se cumplirá con cierta función curativa del arte en caso contrario. De ahí el valor del segundo disco de Avi (Zahner-Isenberg) Buffalo. Entrando en el terreno ambiguo de la desolación, arrastrándose por las alfombras de los momentos más bajos y contradictorios de quien ha sido herido en lo vivo por la ausencia de otro cuerpo.

La clave principal de este músico de Long Beach, California, está en tomar la música como vía de escape, como lugar donde encontrarse a salvo de esa traición sufrida en la vida real. En el ejemplo concreto de Memories Of You, las disonancias y la brillantez melódica, la sospechosa alegría que sostiene a la canción y los coros seguidos de trompas, con unas cortinas sonoras extraídas de un órgano lejano, van conjurando los peores y los mejores recuerdos sin aceptación ni decoro, en una pieza que desprende un amable rencor propio de los géneros noventeros, en los que el dolor suele escocer (como una espalda tostada al sol) más que dejar huella, porque entonces (quizá queden restos de ese nihilismo ahora) nada importaba demasiado. Memories Of You es un hermoso gesto que, aun estando ubicado en un terreno accesible para una audiencia amplia, no impide que se produzca el efecto pretendido por Zhaner-Isenberg: mirar la progresión que ha adquirido aquello que empezó con una celebración, finaliza en el chasquido de unas llamas y logra que el autor se cuestione qué es lo que ha hecho mientras entiende que la culpa se quedó adherida a sus manos.

III

Si hay una banda musical que podemos considerar paradigma de una hipotética sección de canciones fuera del tiempo, esa es The Pop Group. Y no la señalo porque fueran capaces de tardar treinta y cinco años en volver a grabar un disco (esto es: no únicamente para celebraciones nostálgicas); también porque, como decía Susan Sontag, “el tiempo existe para que no suceda todo a la vez”, de manera que puedan llegar al oyente con la misma intensidad sin depender de la perspectiva histórica. No es el único ejemplo, pero es un ejemplo mayor: de forma similar al regreso de My Bloody Valentine en 2013, aunque de otro modo y por otras razones, cuando uno escucha su Citizen Zombie piensa que esa cantidad de tiempo se borra de golpe y los recuerdos de la época original, si los hubiera, regresan con toda su fuerza.

No me canso de recordar que la última vez que sacaron disco ocurrió antes de que yo naciera; es un hecho anecdótico, desde luego, pero explica por qué The Pop Group estaba, o están, para mí, antes del tiempo. Esta es una de esas muestras que permiten conocer con fidelidad qué se cocía en 1979. Por otra parte, cualquier cosa que pretendamos anticipar sobre ellos ya la habrán puesto en duda antes de que esa idea se asiente. Es conveniente detenernos en una de sus canciones menos recordadas… relativamente, claro, por aquello del tiempo.

No me sorprendió en su día su reunión, al menos no tanto como que las tímidas apariciones previas a la publicación de su reciente y rabioso, provocador y exhaustivo canto de ciudadano zombi se tratara de un calentamiento. En cuanto al contenido, que les llevó mucho tiempo de ensayo y error a la hora de grabar, me encontré con su habitual mezcla de letras políticas, conciencia social, apego al existencialismo de los beats norteamericanos; descripción de bailables prodigios, una distorsión que pide ser escuchada a un abusivo volumen y su marca de agua: el dub salvaje que tanto bien ha hecho por bandas como Primal Scream o Felt, y en menor medida por Sonic Youth. En «We Are Time» se pasa en segundos del punk de corte industrial a esos elementos de rave y noise que practicaría la Haçienda de Gretton y Tony Wilson una década más tarde en Manchester. Efectivamente, ellos estaban en la génesis de Creation Records, aunque solo fuera por la influencia de la línea de bajo continuo de Simon Underwood y las modulaciones en la voz, más calculadas de lo que parece, de Mark Stewart. La única explicación que tengo es que habían engullido el tiempo y pocas migas dejaron.

IV

Cuesta imaginar qué pasa por la cabeza de un músico cuando planea los aspectos comerciales de su trabajo, si es que lo hace. «One Day» de los australianos The Church pudo haber sido un magnífico single, pues lo tiene todo: es accesible pero sin ser facilón; invita a ser reproducido una y otra vez sin caer agotado; es un resumen de lo que fue The Church durante sus años de mayor repercusión, y a la vez aporta un ligero toque del momento de locura experimental que casi les condujo a la disolución total. Sin embargo, se optó por canciones fallidas en sus primeros compases, y quizá eso fuera mucho pedir a los que no eran incondicionales de la banda. El conjunto del disco Seance (1983), uno de mis favoritos, es brillante, y en cuanto desaparece el prejuicio inicial ante los temas más cercanos al color rosa de la portada (con esa especie de flor que nos recuerda a la corona del Macbeth de Orson Welles), nos encontramos con un oscuro sonido como parido en el interior de una cueva, y al que la distancia del tiempo ha favorecido. Otro de los problemas derivados de su tercer disco es que el grupo no creyó del todo en la producción y la mezcla, y los problemas económicos les obligó a detenerse y reflexionar, algo que en otra época las bandas de rock, acertadamente, se permitían.

El uso de esa breve pausa denominada staccato (entre las estrofas), como intento de acortar las notas y contener de algún modo la expansión sonora es un elemento que lleva al curioso riff con el que se desata esta canción (de base rítmica muy característica de los ochenta), y al mismo tiempo apuntala la inteligente elección de descansar los teclados y el Hammond B3 y apostar por el protagonismo de las guitarras. «One Day» es un insólito intervalo, que nos da la impresión de que el tiempo vuela. Nos ofrece a los oyentes la capacidad de desplazarnos durante unos minutos por tranquilas sombras, o bajo la eterna luz que solo logramos entrever cuando se aproxima una tormenta.

V

Un estudiante de sociología decide la mañana de su examen más importante hacer lo que muchos sociólogos actuales deberían hacer: practicar el silencio. Con esta sencilla premisa, uno de los narradores vitales y más absolutamente originales de la segunda mitad del siglo XX hace inventario de una extinción voluntaria, más inquietante aún al realizarse en segunda persona.

Perec, que convirtió listados en obras literarias y observó el mundo con la paciencia de un astrónomo subvencionado de por vida, desarrolló en El hombre que duerme (con un posterior proyecto cinematográfico) un fascinante viaje hacia el interior, apremiándonos a encoger como un calcetín sobre sí mismo, abriendo una vía por la que pasa un pecador kafkiano que espera un abrumador silencio. El estudiante durmiente del libro se aísla de las músicas y sabores de la cotidianeidad, y hasta de la inercia de vivir año tras año de la existencia dando vueltas alrededor del Sol.

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