Intervalo 15

«Nuestro padre ya es viejo» (Génesis 19:31)

I

Los hombres de la edad de mi padre llaman poderosamente mi atención. Al llegar a un restaurante, cuento la cantidad de individuos que rondan los setenta años. Si paso por mi antiguo barrio, me fijo en cómo han envejecido los padres de mis compañeros de colegio. Cuando veo una película, estudio las interpretaciones de los actores más mayores. Algunos trabajan en oficinas, pero casi siempre los encuentro mirando el periódico, o cruzando la calle con aplomo. Acuden a sus citas tan puntuales como se muestran ocupados con mil cosas. No sé cómo lo hacen, pero saben dejar ese puñado de obligaciones en la puerta, y luego se lo abrochan al salir.

Mi padre no es una excepción. Entra al bar donde hemos quedado, mirando el reloj, y continúa el gesto ensayado mira alrededor de la sala. No me busca a mí, porque nos vemos para tomar algo en el mismo sitio, cada vez que paso por la ciudad, desde hace cinco años. Está decidiendo si la mesa en la que estoy sentado es la más conveniente. Es la mesa que está en la planta baja, al lado del pasillo que lleva a los baños. Uno evita sentarse en ese sitio, sin reparar en que son los servicios del piso de arriba los que usa la mayoría de la gente. Se puede hablar con tranquilidad, hay una buena vista de la pantalla donde se proyectan continuamente partidos de fútbol, y los asientos son cómodos. El hilo musical está a un volumen que permite hablar, pero al que uno debe prestar un mínimo de atención para no sorprenderte moviendo los pies al ritmo del último éxito de la industria. Yo no sé qué clase de hombre soy, pero desde luego no pierdo el control con una canción que no soporte o de la que sepa que no tiene historia.

Sentados a esta mesa, he contado a mi padre mis cambios de trabajo, o le he informado de la compra de mi casa. En esta mesa me siento adulto. Es un espacio neutral.

II

Hoy tocaba hablar de mi visita al dentista. Llevo unos días que sangro cada vez que me lavo los dientes. Inexplicablemente, en el último momento decido contar a mi padre que he estado investigando el árbol genealógico de la familia, y he seguido su rama hasta que he descubierto que teníamos parientes en Polonia. Mi padre tuvo un primo segundo que se instaló allí. Pero él no sabe nada. Nunca quiso saber nada de su familia lejana, aunque a mí siempre me critica porque no llamo a mis primos, a los que no he visto en veinte años. Hoy está un poco distinto. Sólo me reprocha que me haya puesto a remover el pasado familiar. Dice que esas cosas se hacen cuando uno está a punto de morir, o cuando se tiene dinero para perder el tiempo en chorradas.

—Pues no lo entiendo.

Se encoge de hombros. Cuando yo era adolescente, veía la prominente barriga de mi padre y me preguntaba cómo era posible que aquel hombre hubiese podido conquistar a mi madre. Ahora yo soy como aquel hombre, y aquel hombre ha perdido su barriga, y entonces ya no entiendo nada. Mi padre dice, como si hubiera leído este pensamiento en mi rostro:

—No hay nada que entender.

—¿No tienes curiosidad, aunque sea una pizca?

—Eso para los filósofos.

En el bar suena «Ava Adore» de The Smashing Pumpkins. Me gustaría contarle a mi padre la historia de esa canción. Si tuviese un padre normal, podría traducirle parte de la letra, pero todo lo que no sea música en español le importa un bledo.

III

Al rato empieza a sonar una pieza de Thomas Fersen, «Deux Pieds», que también me resulta muy cercana: el protagonista llega tarde siempre, deja que los platos se acumulen en el fregadero, se distrae viendo las obras en la calle. La atmósfera se enrarece, por culpa de la discusión que se desata a continuación. Como siempre, se inicia a partir de algo que no me interesa en absoluto, pero en el que de alguna forma acabo metido hasta las cejas. Mi padre quiere que me quede con la finca de su hermano mayor, un tío al que vi por última vez cuando tenía diez años. Resulta que ha conseguido comprársela, y quiere que me la quede y trabaje en ella. Está convencido de que es un enorme legado.

—A mí no me parece algo tan serio. Te lo tomas a la tremenda, papá.

—Lo que digo es que recibimos algo de nuestros mayores y que cuidar de ese algo es una de las cosas más hermosas que tenemos. ¿Entiendes adónde quiero ir a parar?

—No lo sé.

—La finca de tu tío puede ser tuya. Si se la vendiera a nuestro vecino, ganaría más, pero creo que estaría bien que la tuvieras tú, aunque no vayas mucho por allí. Y si decidieras trabajarla con tus propias manos, yo puedo enseñarte a sacar el mejor partido al sitio. Es buena tierra.

—Creo que no puedo tomar esa decisión ahora.

—¿Cuándo, si no? Ya tienes edad para decidir. ¿Qué vas a hacer?

No sé qué responder al ofrecimiento, tomar decisiones no es algo que brote de mí con espontaneidad. Creo que mi padre entendería una respuesta negativa por mi parte. Creo que él está preparado para todas las reacciones, excepto para la indiferencia; incluso admitiría el rechazo tajante, la confrontación, la negativa a la heredad, si fuera capaz de mostrarle un sentido de responsabilidad elevado.

En realidad, lo que me supera es el maldito dolor de encías. Mi padre deja el tema.  Parece que partir de esa conversación él se da cuenta de una parte de su condición para la que tampoco está preparado, y tiene que aceptar a partir de ahí que ha dejado de ser influyente en mí, que llevo tiempo dando síntomas de autonomía.

IV

Quizá debiera insistir en esa incomprensión de la situación. Es fácil negar las cosas cuando se acepta que el otro no te podrá entender jamás. Pero no, yo me arranco con una diatriba absurda con frases como “Uno no debería tener propiedades ni fantasías”, y termino mi intervención explicándole que me veo como otro animal diferente a él, como un gorrión. Exactamente, digo que “soy un gorrión, me quedo al margen y después robo pedazos de pan a las aves mayores y estúpidas”, como dejando caer que él es una de esas aves mayores y estúpidas.

Mi padre me mira un rato con la cara totalmente pálida. Yo no sé qué me irrita más, si mi boca o mi padre. Pero veo que mi padre está acorralado, que ha encogido. Se ha vuelto otra vez transparente, como acostumbra a hacer en nuestras discusiones. Sin palidecer, pierde toda su fuerza y veo a través de él.

Cuando nos independizamos, queremos ser lo contrario a nuestros padres. Y luego comprendemos que nos parecemos a ellos más de lo que pensábamos. Y después nada, sólo comparamos cómo eran ellos y cómo somos nosotros.

V

Acompaño a mi padre a su casa, que queda cerca del bar. Durante el camino no cruzamos más de dos o tres monosílabos. Intento rebajar la tensión con algún comentario esporádico sobre el estado de la calle donde me crie, que veo cada vez más degradada. Los carteles nuevos se superponen a los antiguos, sin desprender los restos de cola y agua que endurece el papel antiguo y amarillento. Hay socavones nuevos en la carretera y losas levantadas en la acera. Una luz ambarina parpadea entre las sombras. Me cuesta creer que yo pudiera haber crecido en esta calle. Casi me inclino a pensar que no he tenido una infancia.

La casa de mi padre suda por dentro. Le ayudo a cambiarse de ropa. Me da las buenas noches, distraídamente. Es casi invisible. Espero a que se duerma antes de pedirle disculpas por mi comportamiento tan hostil de hace un rato. Apago la luz de su dormitorio. El bulto que forma en la penumbra se infla lentamente. Recorro una vez más la casa, antes de salir. Ya no la reconozco. Parece que todas las superficies estarán pegajosas, pero lo cierto es que mi padre mantiene la casa increíblemente limpia. Vacía y limpia.

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