Intervalo 14

«La fe es la garantía de lo que se espera» (Hebreos 11:1)

I

En nuestro mundo está muy mal visto esperar. Se nos dice que la espera es un atraso, que es desconsiderado poner a los demás en esa situación, que si no producimos nada desde el primer momento, lo que hacemos no tiene ningún sentido. Que tenemos derecho al ahora. También en esto, la Palabra va en sentido contrario a lo establecido. Cuando se nos insta a que aprovechemos el tiempo, aun en medio de una época donde nada puede detenerse la Biblia nos llama a parar, porque esperar no avergüenza, porque la espera es además activa, y sobre todo porque ahora vemos ciegamente. La propia espera es una garantía de la fe. La fe nos garantiza que esa espera que la acompaña no es, para nada, algo inútil. Si algo nos resulta imposible, lo común es volver atrás y buscar corriendo el primer puerto seguro. Pero en Hebreos se nos recomienda que, ante los desconciertos y las disyuntivas, perseveremos con la certeza de lo que no se ve, sabiendo que una buena parte de la fe se sostiene en aprender la espera.

II

En 2007 la periodista y crítica cultural Andrea Köhler escribió un fascinante ensayo sobre la espera titulado El tiempo regalado. En él se nos invitaba a no dejarnos hundir por algo que, para empezar, es inevitable y lo hacemos constantemente. No se nos pedía aprovechar esos huecos, como haría un pésimo libro de autoayuda, sino que recorriéramos la historia de las ideas y la literatura occidentales y descubrir que esperar también es estimulante.

Por un lado, la pausa nos aparta del centro (cosa que, por cierto, hace la fe). Por otro, no se nos anula (la fe tampoco), dado que “uno permanece en un estado de continua presencia, espera que algo que sucede en aquel momento pase, aunque quizás no pase nunca”. No es una cuestión de mantener un estado de ánimo determinado, sino de vivir en una extraña forma de esperanza: “Puedo esperar con obstinación algo ante lo que mi entendimiento me dice que no va a llegar ahora de ninguna manera. Esta esperanza es incorregible, es la del empeño animal del corazón”. Se nos recuerda desde este brillante libro que lo que hacemos para llenar los huecos de la impaciencia no nos da valor en sí. Es la propia existencia en el tiempo lo que cuenta; también el deseo de movernos, que ya estaba en el Paraíso: “solo por marchar se nos atribuirá nuestro verdadero valor (como al hijo pródigo)”.

III

Otra gran manía de nuestro siglo es la del tiempo y sus presupuestos: dividir las horas del día en sueño-ocio-trabajo. En el momento en que se queda un espacio sin cubrir empieza un discurso sobre la culpabilidad que nos han inoculado prácticamente desde la cuna, que ninguna plataforma audiovisual puede resolver. No hay nada cristiano detrás del planteamiento de que es necesario llenar absolutamente todo nuestro tiempo (y llenarlo, por supuesto, de cosas útiles). Porque lo significativo, una vez más, ocurre fuera del dictado del tiempo y el lugar.

Maurice Blanchot escribió que “al tiempo le falta tiempo”. Sin darle muchas vueltas al tema, describió la gran paradoja de la medida temporal: cuanto más tiempo ahorramos, más tiempo nos falta, y lo que es todavía peor, más difícil nos resulta percibir a qué velocidad nos parece que transcurre.

IV

Escribo estas líneas en una tarde en la que el cansancio se ha impuesto en casa y nos alcanza a todos. El cansancio es una de las consecuencias de la espera, y durante mucho tiempo pensé que no se podía sacar nada bueno de ello. Hasta que me encontré con el Ensayo sobre el cansancio de Peter Handke, un autor del que he aprendido que uno puede escribir desde cualquier estado de ánimo, que no hay excusas ni circunstancias ideales (y ni mucho menos inspiración perfecta) para el trabajo intelectual.

Más que una justificación, o una reflexión sobre lo que hay que hacer, en su libro el austriaco nos anima a fijarnos en lo que debemos abandonar, y aboga por esos espacios libres en nuestras agendas, esos borrones deliciosos de espera, percepción y ociosidad que él denomina “interludios” (palabra que me suena de algo). Se nos insiste mucho, en la actualidad, con que solo debemos progresar, leer, trabajar, o pensar, desde el placer. Eso es también, como diría el Qohelet, absurdo, porque no podemos mantener siempre el mismo nivel de placer (o de cansancio); y el placer, tal vez más que la espera, también produce cansancio. A esto último apunta Handke, que procede de una cultura especialmente mitómana, tradicional y desconfiada de los artistas, y está acostumbrado a la idea generalizada de que si no pasa más de ocho horas diarias “creando”, entonces es que está perdiendo el tiempo. Frente al cansancio de una vida de escritor, en su libro nos habla de cómo ha ejercitado una habilidad que tenía tapada, por culpa de tanta obligación de producir: observar.

V

La cultura, escribe Gregorio Luri, tiene la tarea principal “de mentirnos con respecto a nuestra naturaleza”. Por eso nació el arte, para reflejar nuestra verdadera naturaleza, y por eso un seguidor de Cristo debería ser, entre otras cosas, contracultural. Una de las trampas más grandes de nuestra cultura es que no estamos hechos para aburrirnos, que esperar es una tragedia y que es preferible el caos a la pausa. Pero podemos aprender a aburrirnos. De hecho, el aburrimiento es una importante fuerza creativa, que es posible oponer a la aceleración y la fuga contemporáneas. Las grandes obras de la literatura del siglo XX surgieron desde un aburrimiento creativo, y la mayoría de ellas incorporaba una reflexión sobre el aburrimiento y sobre la espera entre sus páginas. Kierkegaard ya se preguntó qué sería la vida si en ella no se repitiese nada, si todo fuese novedoso y fugaz. El impertinente filósofo danés concluyó que la repetición “es la realidad y la seriedad de la existencia” y que quien la asume “ha madurado en la seriedad”. Si toda nuestra existencia se basa en tratar de matar el tiempo, descuidaremos que el propósito del tiempo es eliminarnos a todos.

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