Intervalo 12

«Lanza tu pan sobre el agua» (Eclesiastés 11:1)

I

La calidad del pan depende de su fermentación. Y toda fermentación (levadura) depende de su arranque, de la activación de una masa madre. Se sabe que en el Antiguo Egipto se empleaba la misma levadura (aunque se trata de hongos de cepas distintas) para elaborar el pan y la primitiva cerveza. Para diferenciar la fabricación industrial y “adulterada”, de origen egipcio, del pan ritual y artesanal (caracteres atribuidos al pan hebreo), se dio la orden de no utilizar levadura. Quien ha tratado de hacer pan en casa, y ha añadido azúcar, o ha interrumpido la primera fermentación dejando entrar oxígeno al horno (como me ha pasado más de una vez), sabrá que el resultado no será el que soñaba.

Ahora no estamos sujetos a este pacto del pan sin levadura, pero sí dependemos del pan. Y como ocurre con todo aquello que una vez fue simplemente básico, hoy contamos con una variedad que prácticamente lo convierte en un lujo. Nada que oponer a la moda del pan artesanal: es legítima, pero no todo lo que se presenta como “natural” nos favorece.

Esta recomendación, “lanzar el pan” a las aguas, esconde mucho más que una reflexión nutricional. Tiene que ver más con un análisis poético. En la poesía, el pan es un símbolo del todo. Un pellizco de pan es tan válido como cualquier otro procedente de la masa. En los salmos, de hecho, se utiliza a menudo el término “porción” para referirse a “todo”. Y el Eclesiastés es, antes de cualquier otra cosa, un libro poético. De manera que, cuando se nos invita a arrojar pan sobre el agua, con la confianza de que ese sacrificio tendrá un viaje de regreso, se nos desafía a que lo arrojemos todo, a renunciar hasta ese punto. Si no somos capaces de ver el pan, nuestro todo, hundiéndose en las aguas, nada sabremos de lo que significa el riesgo. El versículo se completa con la promesa de que ese riesgo va a ser recompensado. El libro del Eclesiastés es una auténtica diatriba contra la supuesta sensatez del hombre recto, que cumple con todo lo que le mandan, que se afana por ser respetable por sus propios y únicos medios.

II

Los últimos años he descubierto un género de pintura al que nunca había hecho el más mínimo caso: las naturalezas muertas (conocidas aquí como bodegones) se han observado históricamente como piezas de ornamentación y signo de prosperidad. Pero capturan un simbolismo de enorme riqueza, y reflejan de un modo más evidente los usos y costumbres de su época, algo especialmente útil para quienes contamos con un conocimiento parcial de la misma. Las naturalezas muertas son reinos de objetos, y nos recuerdan el carácter perecedero de los alimentos y de los seres animados. El género permitió la creación de series temáticas, ha ayudado a conocer los principios de las dimensiones y de la perspectiva, sirve para experimentar. Los impresionistas salieron brevemente del exterior para probar con un trabajo más realista. La mayoría de estos cuadros están ejecutados de una forma tan detallista (una representación del natural tan fiel) que casi parece un decorado por el que podríamos caminar transformados en diminutas hormigas. Lo que importa en una naturaleza muerta, más que la textura o finura del trazo, o la profundidad, es observar el efecto de la luz sobre los objetos, los reflejos dispuestos como juegos para el espectador activo. 

En esta habilidad para esconderse en los reflejos sobre los utensilios de cocina, o en el brillo de las copas y de los líquidos, destacó la pintora Clara Peeters.

«Bodegón con flores, copas doradas, monedas y conchas» (detalle) (1612), de Clara Peeters

Tenemos pocos datos biográficos sobre Peeters, y la mayoría se han deducido de sus propios cuadros. Los reflejos eran un modo de romper con la imposición del gremio de pintores a las mujeres artistas de ceñirse a este género. Sin pretenderlo, Peeters hizo avanzar el arte de la composición de bodegones y se convirtió en pionera.

Al lado de estos reflejos, Peeters acostumbraba a dejar su firma en los cuchillos de plata, y pintaba elementos comunes como el pan, que representa lo cotidiano, pero optando por un simbolismo más preciso: el del duro aprendizaje artesanal y artístico, rodeado de tantas dificultades que la única vía segura de poder trabajar era arriesgarlo todo: situar el pan tras el agua contenida en recipientes de cristal, colocar alcachofas, o panecillos, cuando la técnica que se enseñaba tendía a mostrar flores o piezas de fruta.

III

Del escritor noruego Knut Hamsun vienen los títulos de dos obras capitales en la literatura europea: Pan y Hambre. Hamsun solía decir que Oslo es una ciudad extraña de la que nadie parte sin que esta le haya dejado su marca. La capital de Noruega fijó su nombre actual hace menos de un siglo. Antes, fue una pequeña villa danesa que llevaba el nombre de Kristiania. Por sus calles reverberan los pensamientos del protagonista de Hambre, Widel-Jarlsberg, un personaje sumido en la inestabilidad laboral, siempre a punto del desequilibrio mental y de comerse su propio lápiz, pero a la vez generoso y con una fina sensibilidad para detectar los signos opresivos desatados en su sociedad.

Pan, en cambio, parte de la saciedad para hablarnos de la dificultad de comprender el mundo. La cultura urbana, representada en la hija de un comerciante llamada Edvana, entra en conflicto con el cazador Thomas Glahn, un hombre que no soportaría vivir lejos de su cabaña perdida en la naturaleza. La tensión romántica entre ambos se rompe en un tórrido verano, y caduca con la llegada del otoño, ante la imposibilidad de poder entenderse mutuamente y la sucesión de tragedias que precipitan un final ácimo, como un pan que no ha logrado fermentar. Porque incluso en un elemento tan cotidiano se pueden hallar migas, o pedazos, de amargura. La pregunta de Glahn sería la misma que todos nos formulamos alguna vez: ¿Dónde hallamos la levadura que, unida al trigo, convierte una masa informe, en una pieza completa en sí misma, como es una hogaza de pan? La pregunta del protagonista de Hambre es parecida, pero tiene un matiz: ¿Cuánta cantidad de sal tenemos que añadir a una vida que nos puede parecer interminable?

IV

El pan es cercano, pero sobre todo ha estado siempre con nosotros. “Es más antiguo que la escritura”, escribe con acierto el ensayista bosnio-croata Predrag Matvejevic, en su libro Nuestro pan de cada día. El pan se convierte, así, en un indicador del desarrollo de las diferentes civilizaciones. La elaboración del pan influye en la tecnología, y los avances industrializan esa elaboración: “Los períodos por los que pasaban los útiles y herramientas eran largos e inciertos: desde el pedernal y el fuego hasta el hogar y el horno; desde los cuchillos de sílex hasta los de forja; desde la cornamenta de ciervo, con la que quizá por primera vez se roturó un erial, hasta la azada y el verdadero arado; desde el mortero y la muela que tal vez tuvieron por modelo la mandíbula, hasta la piedra de molino impulsada por el agua o el viento, reos y burros. Esas herramientas, cada una de acuerdo con su naturaleza y su propósito, marcaron el pasado y la historia del pan. Junto a ellas figuran las ánforas, los sacos, las cestas y los canastos en los que se transportaban sobre cobros o ruedas el trigo y la harina. En el horno de piedra o con las paredes recubiertas de ladrillo, la masa recibía su forma definitiva. Se convertía en pan, que se servía en la mesa, se ofrecía en el banquete, se bendecía en el altar, se mendigaba en la calle, se robaba en el camino. La canción, la oración, el lamento suelen escoltarlo”.

V

Sal, pero no azúcar. Aunque cada vez es más común encontrar aditivos en el pan, lo cierto es que el azúcar deshidrata la masa. Hace cuatro siglos, en la época de Peeters, sucedía lo contrario. Había una enorme fiebre por la sal. Los saleros se convirtieron en piezas de lujo (el condimento no estaba al alcance de todos los bolsillos). Peeters recogió los diferentes usos de la sal en varios de sus bodegones: como conservante, para preparar pescados azules, para hacer queso, aliñar aceitunas… En la mesa, se recogía la sal con la punta de un cuchillo, como el reproducido aquí, sobre el que Peeters deja su firma.

«Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas» (c. 1611), de Clara Peeters

La sal y el pan tienen una profunda conexión. Mientras que Jesús decía “Yo soy el pan de vida” (Juan 6:35), un pan que sacia y no da sed, a nosotros se nos señala que somos “la sal de la tierra” (Mateo 5:13), una sal con una función. Mientras que la misión de Cristo se ha completado para que tengamos vida, nosotros aún hemos de renunciar a todo (a nuestro pan, a nuestra vida), arrojar el pan sobre las aguas, para que, en su nombre, tengamos vida eterna.

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