Intervalo 11

«Ya sea que te desvíes a la derecha o a la izquierda» (Isaías 30:21)

I

La imagen más evidente ante este texto es una bifurcación de caminos. Un sendero, el que consideramos bueno, y los desvíos. Esta imagen funciona para la mayoría de los que leen la advertencia de Isaías contra los ídolos en la que se enmarca la frase. Pero siempre se puede ir más profundo, cuando se trata de estudiar y pensar un texto bíblico. Cada día redescubro que, si voy a la Biblia con una idea preconcebida, la probabilidad de que esa idea se resquebraje es elevada.

Así que cambio de imagen y me fijo en las ventanas de un edificio, como las que retrata la artista Alice Neel. Y no uso el término “retrata” a la ligera: para ella, un edificio era como un rostro. A menudo he empleado la metáfora de la observación desde una ventana para referirme al trabajo de la escritura. Pero hoy cambio de posición, y observo las ventanas desde el exterior.

«Esté pintando o no, tengo un sobrecargado interés por el mundo. Aun si no estoy trabajando, sigo analizando a la gente”, decía Alice. Es una sentencia que comparto: no soy muy observador cuando se trata de prestar atención a lo que nuestro mundo nos dice que debemos mirar; me fijo en detalles sin importancia, precisamente en los que interrumpen el ajetreo y la preocupación diaria. Concedo especial importancia a las siluetas que se observan desde la calle, a los pasos perdidos en el tren. Mi atención no va tanto a las conversaciones como a lo que hay debajo de esas conversaciones (por ejemplo, el timbre de voz). Me interesa lo que a nadie le importa, lo que no merece la atención de quien presume de ser perspicaz. Y no porque tenga una educación concreta, o sea de un carácter determinado: lo hago porque no puedo evitar fijarme en las cosas inútiles y en las que no cambian, en apariencia, nuestra percepción del mundo. Me gusta pensar que comparto con Neel esta tara, este impedimento que ralentiza mi capacidad de deducción. Pero, por alguna intuición que he ido desarrollando en mi oficio y mi vida, esta otra observación del que pasa por ser poco observador (un despistado, vaya), me asiste y equilibra.

II

Ir hacia el centro, regresar al buen camino, supone ir más allá de la rectitud y la integridad personal. Y desde luego, es mucho más que ser alguien simplemente respetable. Todas las marcas históricas, como por ejemplo Lego, han debido regresar a sus fundamentos, a sus inicios, a casa, para poder encontrarse a sí mismas. La diseñadora Margarete Schütte-Lihotzky protagonizó, durante la década de los años veinte del siglo pasado, la puesta en práctica de este principio.

Figura clave de la arquitectura vienesa del periodo de entreguerras, destacó por su activismo reclamando el mantenimiento de sueldo para las mujeres trabajadoras que debían cuidar de sus hijos enfermos, la instauración del día de asuntos propios, y el reconocimiento de la ama de casa como profesión. Proyectó escuelas para el ministerio de educación austríaco, fue alumna aventajada de Adolf Loos, y planeó conjuntos de vivienda basándose en que los ingresos debían influir en los proyectos (en lugar de los ideales), apostando por los alquileres bajos, la fabricación en serie y una organización doméstica en la que se diera mayor importancia al espacio familiar, todo quince años antes de empresas a las que asociamos estas condiciones como Ikea.

El principal desarrollo, proporcionado por Schütte-Lihotzky, fue lo que se conoció en el gremio como “cocina de Frankfurt”. Lo novedoso de aquel sistema de organización era el ahorro de esfuerzo que suponía para el entorno familiar. Transformó el concepto dominante de vivienda moderna (pues se intentaba regresar a la idea de que el trabajo estaba hecho para el individuo, y no al contrario), e incorporaba elementos como las superficies metálicas fáciles de limpiar, el abaratamiento de costes (por la fabricación en serie), el sistema modular (todo en un mismo lugar), el aprovechamiento al máximo del espacio (las actuales barras americanas proceden de este diseño), el uso de azulejos y una adaptación sencilla en función del tamaño de la vivienda donde debía instalarse. Por raro que parezca, nadie hasta entonces había pensado en este sistema, y que a partir del mismo se planificara todo lo demás. Su filosofía no podía ser más clara: “lo que me atrae de la arquitectura es la tarea muy concreta de serle útil a la gente”.

III

El padre de una de las mayores poetas rusas del siglo XX (Marina Tsvietáieva), Iván Tsvietáiev, fue un filólogo clásico que tuvo un sueño que desafiaba a esa corriente autoritaria de la vida contemporánea (sin autoría) por la que caminó. Su idea era fundar un museo que albergase copias de obras de los mejores artistas europeos, para que los estudiantes sin posibilidad de viajar al extranjero pudiesen investigarlas. Crear una institución así, un proyecto de semejante envergadura, no debió ser fácil en una época en la que la universidad no podía colaborar económicamente, o donde el gobierno del zar se comportó con indiferencia, en el mejor de los casos. Su hija menor, Anastasía, recogió en su diario parte de la historia de la creación del museo, que abrió sus puertas en 1912 bajo el nombre de Museo de Bellas Artes de Moscú, y es popularmente conocido como Museo Pushkin, el segundo más importante del país.

El Museo Pushkin de Moscú, en el año de su inauguración (1912)

Iván era, según cuenta Asia, un despiste con patas, un tipo incapaz de centrarse en prácticamente nada, salvo en las empresas más ambiciosas. Sin embargo, como movido por un resorte interno, sabía regresar al país de los vivos o, mejor dicho, reconocía como pocos esa voz que le decía que debía regresar hacia el centro; permitir que el tornado intelectual que él era llegase a tocar el suelo. Cuando lo hacía, su fuerza movía a los demás.

IV

Pero, ¿realmente se puede regresar? A veces, pienso que si no hay más remedio, tengo que comportarme (al menos por un rato) como un ser humano normal.

La pregunta es válida para el hombre colectivo. Regresar a su plan original es lo que, según dicen las grandes mentes sobre el espacio urbano, tendría que hacer una ciudad. O, mejor explicado, una ciudad tiene que ser consciente de sus estados anteriores de civilización. De ahí la importancia de conservar sus ruinas, de cuidar de sus piedras.

El intelectual urbano Rem Koolhaas lo cuenta así:

“Imaginemos una película de Hollywood sobre la Biblia. Una ciudad en algún lugar de Tierra Santa. Escena en un mercado: de izquierda a derecha, extras vestidos con harapos de colores vivos y túnicas de seda entran en el cuadro chillando, gesticulando, poniendo los ojos en blanco, iniciando peleas, riendo, mesándose las barbas, con los postizos goteando pegamento, apiñándose hacia el centro de la imagen, agitando bastones y puños, volcando los puestos, pisoteando los animales… La gente grita. ¿Vendiendo mercancías? ¿Anunciando futuros? ¿Invocando a los dioses? Se roban los bolsos, los criminales son perseguidos por la multitud. Los sacerdotes piden calma. Los niños corren como locos entre el sotobosque de piernas y túnicas. Los animales braman. Las estatuas caen. Las mujeres chillan: ¿amenazadas? ¿extasiadas? La masa arremolinada se torna oceánica. Las olas rompen. Ahora quitemos el sonido —el silencio, un gran alivio— y pongamos la película hacia atrás. Los hombres y las mujeres, ahora mudos pero todavía visiblemente agitados, retroceden a trompicones: el observador ya no registra tan solo seres humanos, sino que empieza a apreciar el espacio entre ellos. El centro se vacía; las últimas sombras evacuan el rectángulo del cuadro de la imagen, probablemente quejándose, pero afortunadamente no los oímos. Ahora el silencio se refuerza con la vaciedad: la imagen muestra tenderetes vacíos, algunos desechos pisoteados. El alivio… se ha terminado. Esa es la historia de la ciudad. La ciudad ya no está. Ahora podemos salir del cine”.

V

Otro de los grandes creadores que incidía en la idea de desprendimiento, de regresar al centro por medio de la huida de los movimientos del mundo, y como él expresó en sus memorias, “de sus facilidades y sus vértigos” fue el pintor Balthus.

Balthazar Klossowski de Rola, alias Balthus

Balthus fue, calidad indiscutible aparte, un tipo que empezó en la pobreza absoluta, y que empapó su arte con la persistencia de la oración. Porque, al final, este versículo de Isaías nos llama a la oración. “Hago mucho hincapié en esta necesidad (…). Pintar igual que se ora. Por esa razón, acceso al silencio, a lo invisible del mundo”, para así “tomar lo que la pintura puede darnos como una gracia”. No hay otro modo de despertar a los demás del atontamiento. “Hay que saber alcanzar ese punto de equilibrio del paisaje”, nos recuerda el artista francés de origen polaco. Para salir del desvío, sea cual sea la dirección a la que hayamos ido, es preciso “estar en disposición de esperar la revelación. Con la esperanza de que se produzca”. Regresar es, como la esperanza, una virtud dolorosa que hay que trabajar.

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