Intervalo 10

«Con la vida en un hilo» (Hechos 27:33) 

I

Existen mil formas de estar al borde del abismo. Existen naufragios, cuerdas que se rompen, accidentes, acusaciones infundadas, penas de prisión, enfermedades sin cura… la Biblia está llena de situaciones extremas, y lo que uno descubre, cuando pasa un tiempo continuado de lectura, es que los protagonistas de esas situaciones no son los que viven de espaldas a Dios, sino precisamente quienes le siguen.

La insuficiencia del hombre, y de todo lo que hace con sus manos, es central en el mensaje bíblico. No es posible la compasión si uno no se ha sentido verdaderamente vulnerable. No se puede dar sin aprender lo que significa tener una carencia. Por eso creo que un seguidor de Cristo debe evitar la idea de presentarse como portavoz de un conjunto robusto de valores, o como poseedor de una lógica irrebatible. Si alguien incide en mi debilidad, percibo de manera contundente el vértigo del peligro, o me invade la duda a diario, es más que probable que me encuentre más cerca del evangelio de lo que pensaba. Aquí ocurre algo que se puede considerar insólito: Pablo diciendo a los demás que se tomen un respiro. Que, tras dos semanas de sufrimiento, cualquiera necesita un descanso. Siempre había tomado a Pablo como alguien considerablemente apasionado, centrado implacablemente en su tarea. No se me había ocurrido que pudiera pensar en el hambre de los demás cuando hay tanto de lo que preocuparse. Pero esto es culpa mía, no del texto bíblico. Del mismo modo, plantear que las cosas se vuelven imposibles se puede convertir en una fantástica excusa para no hacer nada, o para centrarnos únicamente en lo imposible, un ídolo tan engañoso como cualquier otro.

II

Las hazañas del funambulista Philippe Petit han dado para algunos libros, un excepcional documental (Man on Wire), y para una película (The Walk, de Robert Zemeckis). Pero ninguna de estas obras puede compararse a la imagen real de Petit caminando sobre un cable de 200 kilogramos de peso, fijado con un contrapeso de 8 metros de largo y 25 kilogramos de peso entre las Torres Gemelas, una mañana de agosto de 1974.

Cualquier artista debería leer el libro de Petit, Alcanzar las nubes. No porque esté especialmente bien escrito, ni siquiera por la historia en sí. Sino por lo que cuenta acerca del precio que tuvo que pagar por ejecutar su obra. A cambio de esos asombrosos cuarenta y cinco minutos sobre un hilo a 400 metros de altura (que requirió, además del riesgo evidente, casi una década de preparación que le arruinó), pasó semanas en prisión (aunque pudo conmutar parte de la pena por servicios sociales), un divorcio y, lo que es más sangrante (y esto es lo que tan bien explica en su libro) la incomprensión del público y las autoridades y el posterior olvido de su acrobacia, tras la efímera atención mediática.

Evidentemente, algo quedó de todo aquello, especialmente entre quienes lo presenciaron en directo, y para los policías que detuvieron a Petit cuando concluyó la maniobra. Pero Petit se lamentó de que, después de haber dedicado al mundo todo lo que podía dar de sí, lo primero que le preguntaran fue “¿Por qué?”. Creo que uno no se convierte del todo en creador hasta que no le formulan una pregunta tan inoportuna como esta. Es realmente frustrante cuando te piden que expliques algo que has hecho. El arte, como señalaba el título de un libro de Hans Rookmaaker, no necesita justificación para su existencia. Por otro lado, esta historia nos enseña que más vale poder contar con algo más que sólo tu arte para dar sentido a tu vida. La identidad de la persona debe reposar en algo más que en su producción, por mucho que ponga gran parte de lo que esa persona es en aquello que está creando. Si te aferras única y exclusivamente a tu trabajo (por muy noble que sea), si sólo tienes eso, tu vida (y tal vez también tu obra) se acabará empobreciendo. El arte, el esfuerzo, la dedicación, son consecuencia de la vida, no al contrario. La más vibrante obra creada por una persona nos confrontará con nuestros abismos y nos ayudará a avanzar como quizá no lo haga ninguna otra capacidad humana. Pero ocurre que, por lo general la creación humana se agota en la propia expresión, y en muy contados casos, va una pizca más lejos. Por eso, lo que sobresale, lo trascendental, llega a sorprender incluso a quien lo ha realizado. Por eso deja de tener sentido preguntarnos el por qué.

III

El protagonista de la película Pi (fe en el caos), es un matemático que busca desesperadamente hallar el orden que se encuentra en el número pi (π), pues dentro de su lógica, cree que todo el mundo puede explicarse a través de los números. Pi es un número irracional que expresa la relación entre la longitud de una circunferencia, y su diámetro. Nos hemos aproximado mucho a su secuencia de decimales (miles de millones), pero no a la secuencia completa; por el momento, no hay ordenador con potencia suficiente para desentrañar la serie de números. La historia de la constante de Pi es fascinante, porque en matemáticas un resultado que tiende a infinito indica que hay un error, y la paradoja es que ese número 3 seguido de una serie infinita de números se encuentra en todas partes y tiene aplicaciones para todos los ámbitos del conocimiento, desde la física y la matemática puras, hasta las leyes de probabilidad y las inversiones económicas. Es un problema que la civilización tiene desde sus inicios (en 1 Reyes 7:23, hay una referencia al uso del número en geometría). Pi está en todas partes, pero a todos nos suena la expresión de imposibilidad “eso es como querer hallar la cuadratura del círculo”. Es un problema no resuelto.

Max Cohen, el matemático de origen judío de la película de Aronofsky, acude en un momento de especial agotamiento a la casa de su maestro. No ha parado para descansar, no ve con claridad, todo su trabajo pende de un hilo. Mientras juegan al go, su maestro le relata la historia de Arquímedes de Siracusa. También él se enfrentó a un problema no resuelto: hallar el modo de comprobar la autenticidad del oro. Fue un problema que le tuvo muchas noches en vela, hasta que su mujer, harta de sus paseos nocturnos y su obsesión, le dio la mejor pista. “Báñate”, cuenta la leyenda que le dijo ella. En cuanto se metió en la tina, Arquímedes vio que el agua subía, y dio con la clave, la relación entre peso y volumen le serviría para resolver su asunto. Todos sabemos lo que se cuenta que gritó Arquímedes. Cuando el maestro le pregunta a Max cuál es la moraleja de su historia, él responde: “que la solución llegará”. El maestro le replica, casi enfadado: “No. La moraleja es ‘escucha a tu mujer’ y tómate un baño”. Lo mismo hace Pablo en este pasaje de Hechos. Ante el problema no resuelto de la aproximación a la muerte, en lo más crudo de la situación más complicada, su consejo es que se sienten a comer. Cuando nuestra vida pende de un hilo, necesitamos tomarnos un baño.

IV

Un problema no resuelto de la física teórica contemporánea es el de la relación entre la gravedad y la mecánica cuántica. Este problema no pende tanto de un hilo, como de lo que los físicos teóricos llaman “supercuerdas”. Aquí no dispongo de espacio para hablar mínimamente de las diferentes teorías y formulaciones alternativas, de gran sofisticación, que conforman este esquema. Baste con decir que no son cuerdas tal y como las entendemos (como cuerdas para tender la ropa o trepar por un muro), sino que (aquí hablo de forma muy general) se intenta enrollar, en una explicación lo más elegante posible, todas las combinaciones posibles a la hora de entender las relaciones entre partículas, campos, resonancias y simetrías (combinando las equivalencias y variables de cada parámetro). Debido a su cantidad de variables y su maleabilidad matemática, que encaja con gran cantidad de realidades observacionales (y con otras muchas no observables), los críticos con la teoría ponen en duda su seriedad. Es, de nuevo, un problema no resuelto (tampoco es posible descartarla completamente).

Juan Martín Maldacena

Uno de los científicos contemporáneos que más ha contribuido en el avance de la teoría de supercuerdas, y de la física teórica en su conjunto, es el argentino Juan Martín Maldacena. Católico practicante, optó por una formación y una carrera científica gracias a su atracción por la idea de buscar la verdad. Para él, no existe contradicción alguna entre su cosmovisión cristiana y el trabajo científico, dado que lo que hay de fondo es el intento de entender la verdad. Él lo explica mejor: “Nuestra labor es completar la creación, tratar de entender mejor la verdad, lo que nos rodea. Las cosas no son relativas. Hay una verdad absoluta que tenemos que tratar de entender y acercarnos cada vez más”. Obviamente, pretender conocer todo es imposible, pero yo creo que los cristianos que mejor han unido dos cuestiones tan aparentemente irreconciliables como la fe y la razón tienen un denominador común, que yo veo claramente en Maldacena, a pesar de encontrarme frente a un católico: se trata de tener un encuentro con la verdad, una aproximación, no de poseerla.

En los momentos donde todo parece que no llegaremos a ninguna parte es donde más oportunidades tenemos para encontrarnos con la verdad.

V

Si mi anterior disquisición parece de verdad pendiente de un hilo, en parte se debe a que estamos en un mundo donde la impresión de hallarnos al borde de un abismo es dominante. No existen motivos (prácticamente nunca) para pensarlo, y sin embargo es difícil no dejarse arrastrar por una corriente de opinión empeñada en repetir lo mal que está todo.

Pero cambiar de perspectiva, e incluso ver las cosas desde un lado absurdo, nos ayuda a entender cuánto de manipulación hay detrás de los discursos catastrofistas que nos quieren hacer creer que no hay salida.

Una idea muy propia de nuestra época es la del ser humano invasor. Para curarme de esta impresión, para encontrar descanso entre tanta visión agresiva sobre la humanidad, a veces acudo a un colaborador: el escritor polaco de ciencia ficción Stanislaw Lem.

Stanislaw Lem, en su casa de Cracovia (febrero de 1975)

Lem hizo un cálculo sobre cuánto espacio ocupa la humanidad al completo (en una época en la que íbamos por los cinco mil millones de habitantes):

Si se reuniera a la humanidad entera y se la apiñara en un lugar, ocuparía un espacio de 300.000 millones de litros, es decir, un tercio escaso de un kilómetro cúbico. Esto parece mucho. Sin embargo, los océanos contienen 1285 millones de kilómetros cúbicos de agua. Así que, si se arrojara al océano a la humanidad entera, esos 5.000 millones de cuerpos humanos, el nivel del mar ni siquiera se elevaría la centésima parte de un milímetro (0,01mm).

Un grosor considerablemente menor que el de un hilo de pescar (el más fino en el mercado, hecho de nylon, tiene 0’3mm). ¿Realmente cabe compararnos frente a la magnitud de nuestros problemas?

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