Olga Martínez y Paco Robles. Hablando con conocidos

TAMBOR DE ARRANQUE, Francisco Bitar (Candaya, 2015).

¿Cómo actuamos cuando la vida, esta vida promedio sin sobresaltos importantes ni alegrías excesivas, nos parece insuficiente? Una obsesión que tengo como lector es la de encontrar lecturas desestabilizadoras para quienes no tienen (o no admiten) necesidad de ahondar en las capas más profundas de la existencia.

Puede sorprender escuchar sobre personas que no se planteen su estado actual más allá de las preocupaciones cotidianas. Lo preocupante, sobre todo, es que nuestra mayor aspiración como seres humanos sea alcanzar esa forma de vivir. Tal vez ese sea el problema de fondo social que enmarca el viaje de una pareja a un pueblo para adquirir un coche. Entre una niebla así se instala la columna vertebral de Tambor de arranque, novela de Francisco Bitar (Santa Fe, 1981), que escribió en 2011 y ahora ha rescatado Candaya. Es el trigésimo quinto esfuerzo inapelable de la editorial por abrir en las librerías huecos para el cuento, para la ficción a ambos lados del Atlántico, para que podamos encontrar una variedad (otra variedad) de emociones, políticas, miradas al mundo y expresiones inéditas dentro de esa lengua española común a Latinoamérica y España. El español, el idioma, es nuestra verdadera patria; una patria que parece extranjera, pero es nuestra.portadatambor El segundo aspecto introductorio a esta lectura es el propio estado actual de la literatura. No me extenderé al respecto, pero sí considero que la literatura es (cierto que no sólo ahora) un arte que permanentemente se sitúa al borde del peligro o del abandono. Tal vez porque así tenga que ser. Por eso, cada vez que uno encuentra una novela consciente de ambos elementos, lo recibe como una buena noticia.

La escapada del entorno urbano para ir a por ese coche, ese «último que hagamos juntos si las cosas no van bien», es el anticipo de un desastre económico, emocional, de la esperanza en lo material… esa deflagración, por intuida desde el principio, no resulta menos desoladora. Leo, el que propone sustituir la compra de una cama por un Renault que durante los inicios de los noventa eran la expresión de la clase media chilena, tiene un mundo interior, una acumulación de experiencias que su creador confiesa haber ubicado en distintos relatos hasta dar con una historia en la que pudiéramos ver, con su complejidad, el modo de interactuar con su familia y con los demás. Isabel es un puro misterio, rendida al abuso del azúcar y de caminar hasta la extenuación. Aquí no veremos guerras, ni derrumbes de edificios, ni la muerte de las abejas. Todo está tranquilo en el ojo del huracán. Sin embargo, tampoco podremos mirar a otro lado cuando se produce la disolución.

Bitar (autor de una curiosa Historia oral de la cerveza) nos obliga a mirar una separación, pero desde la periferia… como cuando uno quiere salir de una ciudad que no conoce y se pierde en sus naves industriales, en las que se extienden a sus anchas el silencio, el óxido, los contenedores de escombros, el humo que procede de una fogata. Desde la bicicleta varada en la orilla de un río que vemos anunciada en la portada (una fotografía de Federico Inchauspe que ha sido tratada por Francesc Fernández con su ojo para dar con los retoques y los filtros decisivos), hasta los ceniceros, las fotografías, las bujías o los teléfonos de cable… son objetos que dependen de seres vivos o materia orgánica para su materialidad. Los objetos, nos dice Bitar, son inertes pero provocan fiebre cuando están todos encendidos y nos equivocamos con ese supuesto calor que nos ofrecen. 

La primera lectura de Tambor de arranque coincidió en mi escritorio y en el tiempo con Louise Glück y El Iris Salvaje. En muchos de sus poemas, Glück nos deja con una voz que podría ser la de la naturaleza, viendo cómo la humanidad cae continuamente en los mismos errores y busca a quién culpar. Pero en contadas ocasiones, la poeta toma prestada su propia y melancólica voz para narrar la necedad de poner las esperanzas en los objetos, en la confianza vana de que las cosas volverán a un cauce y en nuestra inquietud cuando el río esperanzador pierde agua y deja ver que otros antes que nosotros arrojaron las esperanzas suyas para perderlas de vista. Muy apropiados estos dos versos de Glück para resumir lo que hay entre las páginas de tan breve libro: Qué voluptuoso es el mundo, / lleno de cosas que no me pertenecen.