Olga Martínez y Paco Robles. Hablando con conocidos

En mi antiguo blog hablé con cierta extensión acerca de la publicación de Universo Noteboom, y de su presentación en Barcelona en septiembre de 2013. Reproduzco el texto íntegro:

UNA TARDE EN EL HOTEL NOTEBOOM

El escritor holandés, cercano a sus ochenta años (celebrados con la feliz edición en español de El portadanooteboomcaballero ha muerto), asiste a una conmemoración de su obra en el interior de las páginas de Universo Nooteboom, colección de ensayos sobre sus múltiples vertientes que suponen a su vez un salto geográfico y de idioma en la línea editorial que Candaya dedica a la comprensión del mundo creativo de los autores contemporáneos más personales; mundo creativo que, en este caso, es como un universo encerrado en una habitación de hotel. Pero dejaremos de lado los elogios. Si los hay, cosa difícil de contener, estos aparecerán en la sección en rojo de este reportaje, donde se intentará explicar cómo es pasar una tarde oyéndole hablar de lo que Alberto Manguel denomina el “estilo Nooteboom”: una manera de rodear las trayectorias habituales en la narrativa de viaje, una idea que ahonda en las digresiones y los devaneos del propio narrador; una constante salida de un camino que parece estar más constituido por las pausas para la contemplación inquieta de un detalle (común pero en un contexto diferente), que por la anotación de lo puramente exótico para el lector inmóvil.

Lo mejor que puede decirse de Cees Nooteboom (Cornelis Johannes Jacobus Maria es su nombre completo, compartiendo el “Maria” con Rilke), es que invita a leer, motiva a quienes pasan un rato con él a profundizar, al deseo de aprender; como consecuencia, todo lo que le rodea adquiere una importancia nueva: tomamos algo en una cafetería por la que he pasado y he dejado pasar miles de veces, recorrimos el trayecto de la librería Laie hasta la calle Casp que también paseé en incontables ocasiones, o asistimos a la enésima presentación de un libro (aunque esta vez, claro está, era diferente porque el protagonista era él, y yo repetí a la perfección mi papel de lector que busca, sin saber del todo por qué, la estampación de una firma). Cabe decir que esta reflexión se produjo cuando la tarde había ya declinado lánguidamente, cuando ya me habían dejado en mi cabaña y lo primero que hice fue entrar a la Wikipedia, a la página abierta sobre Cees, para poner su condición de poeta en primer lugar. A esto se limita mi participación en semejante empresa. Un gesto facilón, aunque necesario.

Lo primero que encuentra el lector de este ensayo es que no hay un único Cees Nooteboom, que en sus textos están todas las almas y un sinfín de sepulcros. Hay un Nooteboom filósofo (o mejor, filosófico), que se molesta en incumplir la ley no escrita en esta disciplina: la insistencia en evitar la imaginación. Pero, ¿acaso existe otro modo correcto de observar si no es por medio de la imaginación? ¿No es conveniente que en nuestras conversaciones aparezcan las voces del pasado? Es grave cruzar Europa cuando uno cree que es un sueño por construir; cuando en realidad no es sino una crisis eterna. A muchos nos gusta preguntarnos cómo puede alcanzarse el corazón de Europa… creo que no puede ser de otro modo que dando un inmenso rodeo previo.

“Europa siempre ha estado en crisis”, afirma rotundo Cees cuando alguien sentado a nuestra mesa le pregunta por qué Europa es un punto de regreso continuo. Está encantado con su whiskey y con el fin del día de entrevistas y fotos. En la última fotografía están su mujer Simone, Astrid y Erik (editores del volumen), los responsables de la editorial, servidor y un amigo de la editorial. Cees dice a Olga y Paco (editores de Candaya) que se hagan una foto “con el abuelo”. En la instantánea de Lisbeth Salas se nos verá sonrientes, porque antes ha preguntado dónde pueden comerse en Barcelona unos buenos callos con chorizo a las diez de la noche. Imagínese el impacto de esta pregunta en un joven escritor impresionable como yo. Simone dice en holandés que ya está acostumbrada. Cees repite: “¿y por qué no?”. Cuando recogemos los bártulos, deslizo a Cees que me gusta el lado gastronómico de sus libros, una de estas cosas que se dejan caer como quien no quiere la cosa, citándole Lluvia roja. Él me comenta que en Menorca cocina habas, que le gusta asar patatas, que hay que poner imaginación.

Nótese el gesto sutil con que muestro la portada del libro. Fotografía de Lisbeth Salas.

Nótese el gesto sutil con que muestro la portada del libro. Fotografía de Lisbeth Salas.

Está el Nooteboom narrador (lo que antes era prosista), y también el poeta (el de antes y ahora), el del empeño (tamaño Sísifo) de prolongar la estancia en la tierra, y el que planea expectante la siguiente historia en la que, como en otro camino más, hallará nuevos desvíos, nuevas posibilidades para la transformación espiritual, otros ámbitos de la mística en el suelo. Pues más que holandés errante, quizá deberíamos llamarle errático.

En un hueco de la presentación, podemos intercambiar impresiones sobre el placer de viajar en bicicleta. En un hueco firma mi ejemplar de Universo Nooteboom, y escribe bajo la dedicatoria la siguiente frase: “Daniel en el foso de los leones”. Afirma que es lo más raro que ha escrito nunca en el género de las dedicatorias. Antes ha asistido al recuerdo, por parte de Jesús Aguado, de la poética del ensueño, al encuentro con Borges, a la perdición por la música de Ligeti, a la lectura reciente de un libro sobre la destreza de ciertos escritores frente a un piano, a la duda de si su escritura se inclina cada vez más hacia el sur.

"Daniel en el foso de los leones", dedicatoria en mi ejemplar de Universo Noteboom.

«Daniel en el foso de los leones», dedicatoria en mi ejemplar de Universo Noteboom.

Luego tenemos el Cees viajero, el peregrino que obedece a su físico (tiene que hacerlo, pero no porque así lo dice el médico) y al capricho de un detalle; el nómada que viaja a Perú con la misma perplejidad que vive en ese momento en la memoria de Dios, dentro de Extremadura. Leer a Nooteboom a través de los treinta pares de ojos (de miel oceánica) que componen el ensayo, supone pasar por muy diferentes latidos (y latitudes), por encontrar una observación que intenta completar y sintetizar una obra verdaderamente extensa y variada. El Cees trashumante es, probablemente, el de mayor atractivo para el recién llegado.

Rara vez se habla en una rueda de prensa acerca de nuestra condición mortal. En aquella ocasión se hizo, además de comer galletas muy ricas. Lo cierto es que los libros pasarán, y dentro de mil años quizá sobrevivan algunos, si bien no todos serán leídos… sin embargo, las galletas se continuarán perpetuando de receta en receta y de generación en generación hasta el fin de nuestra existencia. De hecho, me vino a la memoria una turista que condimentó de migas de galleta su guía de Barcelona. El hombre responde a todo pacientemente, con tranquilidad, quitando a lo que hace una importancia que la gran mayoría opta por exagerar, agarrado a su chaqueta ligera en el regazo, las piernas estiradas, la voz de un abuelo que nos exhorta a no manchar el suelo de barro, o explica cómo ha de regarse una maceta. Ante la cuestión de si su forma de viajar es lineal o curva, la respuesta más probable sería: en bicicleta. Y una declaración que me sorprende: que el mundo es muy grande, más de lo que un turista puede pensar. Remarca que él es ante todo un poeta (además de traductor de César Vallejo, que es una profesión en sí misma), invoca la sabiduría de Eliot sobre la incomprensión del verso propio, deja una solución para quien busque un estado de gracia creativo: “las mismas palabras que lees en los diarios están también en la poesía, solo que con diferentes combinaciones”. Al recordar su trayectoria, confiesa que “he pasado la vida leyendo y viajando; eso es muy raro”, pero es sencillamente una manera de vivir. O una manía de vivir. Concluida la rueda de prensa le pregunto si ha ido a África. “No puedo decir que conozco África. He estado allí, he estado en Gambia, en Mali… pero cuesta salir  emocionalmente… ¿sabes que Gambia es tan grande como lo es su río?”. Saludamos a otros compañeros que intervienen como recién llegados a un aeropuerto en búsqueda de transporte seguro. Creo reconocer algún nombre, pero cuesta más esfuerzo recordar los rostros y las calles que los nombres de las personas. Es bueno que estén todos los que representan a los periódicos nacionales. Por mi parte, me sigo acordando de los calcetines rojos de Cees.

Dentro del Cees Nooteboom ensayista, destaca el espectador de la obra de arte. Alejado completamente de la forma del académico, se fija en los pintores españoles (o que ejercieron en España) que la patria ha condenado a la especialización: Zurbarán, Tiépolo; en una Venecia que tal vez pronto dejará de ser: Tintoretto. El holandés esquivo es como la mariposa que Leonardo describe en sus notas: un movimiento en espiral que se funde en la luz y se derrite en la maravilla.

El rojo es un color importante para Cees. Rojo de hibisco, rojo de aceite en el fondo de la sartén, rojo tinto, rojo tinta, formidable rojo tras el círculo del sol, rojo del clavel en una tumba, mar rojo corrección, rojo semáforo, o rojo magma como el que fluye de un corazón que no es de este mundo.

El volumen centrado en este autor que quiso borrar su primera novela con una apuesta radical (el suicidio de un escritor), para convertirse en observador escondido y agotador, termina con dos entrevistas reveladoras y un documental que sigue sus pasos por homenajes y encendidas preguntas sobre su trabajo. Vemos parte de su estudio en Menorca, su jardín salvaje, un viaje a Córdoba y Venecia, la geografía de su escritura, con pequeños picos y hondos aunque practicables huecos, las verduras en la cocina como pobres ilusas que piensan formar parte de un bodegón, la pérdida imparable de la memoria, los poemas a los amigos… una vida despierta, en definitiva.

Hay multitud de formas de llegar tarde; pero solo una de no llegar nunca a ninguna parte.

– Universo Nooteboom, VV.AA., Edición de Erik Haasnoot y Astrid Roig, Candaya, 2013