Giovanni Battista Piranesi. En el vientre de una prisión inventada

Según John Howe, diseñador de los escenarios para las películas de Peter Jackson sobre El señor de los anillos, “se puede entrar a las cárceles de Piranesi, pero no salir de ellas”. En la actualidad (partiendo de que nos referimos a sociedades en principio civilizadas), no es habitual que uno caiga en prisión por cuestiones de ideología o creencia, dado que hay otros medios de presión. Nunca antes como hoy hemos disfrutado de mayor libertad para manifestar nuestras inquietudes y protestar por lo que creemos que es injusto. Si bien los últimos acontecimientos nos indican que, en primer lugar, hay que trabajar por la libertad cada día, y en segundo, que sin duda merece el esfuerzo. Otra lectura, mucho más personal, sería afirmar que bajo las civilizaciones y mentes más avanzadas podemos encontrar a las palabras transformadas en verdaderas prisiones, por desgracia nada imaginarias.

La época de Piranesi (Mogliano Veneto, 1720 – Roma, 1778) era muy diferente. Él supo retratar como nadie esa angustia que suponía ser un preso en el siglo XVIII en su serie de grabados Carceri d’Invenzione (Las cárceles imaginarias, entre 1745-1760). Caer preso en el siglo dieciocho suponía sufrir condenas muy desproporcionadas en relación a la falta cometida, además de las diferencias de trato según el nivel social (mejor dicho, económico) del condenado, por no hablar de la oscuridad, la humedad, o insalubridad del espacio. No en vano, la dignidad de los presos fue una de las proclamas principales de la Ilustración, algo de lo que sin duda el arquitecto de Treviso no pudo sustraerse mientras se sumía de un modo obsesivo en la realización de esta colección de 30 piezas.

Grabado sin título, conocido como El puente levadizo, plancha 16 de la serie Carceri (c. 1745)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero hay más que reivindicación social detrás de estas impactantes creaciones. Es antes que nada una reivindicación espiritual (en este sentido es notoria la fijación de este artista por Tiépolo y Rembrandt), y más tarde pasó a convertirse en una especie de fuente cultural de la que bebieron los soñadores del romanticismo, los cubistas, el belga François Schuiten, Escher, y hasta el mismo Goya. Lo primero que impresiona de las obras es su complejidad (la capacidad de las sombras para insinuar formas que no están ahí, como ocurre con la cruz al final de la escalera inferior de la plancha 16), así como la monstruosidad de las catacumbas. Siempre se supo que debajo de Roma las ruinas de capas anteriores se encontraban a gran profundidad, pero la inventiva de Piranesi convierte esa sospecha en inquietud: pasillos altísimos que no conducen a ningún sitio, juegos de escaleras, profundidad de campo, niveles tortuosos, vigas enormes que sostienen puentes levadizos imposibles, ruedas de tortura inmensas, o cadenas tremendas que penden de grandes bloques de piedra.

Cuando uno presencia estos grabados (en el Teatro-Museo Dalí de Figueres existen algunos ejemplares a la vista del público pero apartados del interés del turista) el efecto es alucinatorio, son imágenes que subyugan a quien las contempla; y pronto aparece la conmoción cuando inopinadamente se aprecian diminutos individuos y se comprende la perspectiva descomunal, casi irracional de un entorno que, recordemos, está situado bajo tierra, de ahí la cantidad de claroscuro empleado. El hecho de realizar sus grabados metódicamente sobre cobre confiere de modo automático la impresión de haber trabajado con decisión. Así lo hizo: era rápido y con ideas muy exactas, con un gran dominio de su técnica. Sin embargo, siempre le quedó la espina de no haber triunfado en la arquitectura, su gran pasión tras estudiar la obra de Vitruvio. Por otro lado, Piranesi también fue “preso” de otras dificultades, nos recuerda el artista John Howe: “preso de la pobreza —a pesar de las tiradas largas que se hacían de sus grabados— y de la tiranía del blanco y negro”. Cautivo de la tinta, de una imaginación desbordante y cercana a lo demencial.

Cuenta Oliver Sacks en su libro Alucinaciones que Piranesi concibió sus cárceles cuando sufrió un delirio de malaria que “contrajo mientras exploraba los monumentos en ruinas de la antigua Roma (…) entre los miasmas nocturnos de la planicie pantanosa. Era propenso a contraer la malaria; y las visiones delirantes, cuando las tenía, podían deberse al opio, tomado como remedio para la enfermedad”. Aunque es justo añadir que sus grabados no fueron una producción espontánea (de hecho, el propio procedimiento impide que sea así), sino que fueron elaborados durante años de trabajo controlado y consciente. El cineasta Luciano Emmer (“uno de los pioneros del cine sobre arte” en palabras de Hilario J. Rodríguez) trató de llevarnos a recorrer las profundidades de esta serie en su cortometraje Carceri d’Invenzione. Piranesi (2009).

En efecto, quien cae en cualquiera de estas prisiones no sale jamás. A no ser que vaya hacia la luz. En esta serie puede encontrarse a menudo un candelero arrojando algo de luz a una penumbra de presencia casi física. A veces, esa luz se unta tras cuerdas que parecen corresponder a esas luces, y sin embargo pende de poleas que vuelven a perderse fuera de cuadro. Esas fuentes de luz, aparentemente insuficientes dentro de la escenografía, nos remiten constantemente a la entidad de un mundo irrecuperable salvo por la imaginación, al carácter pétreo de hombre arcaico que es la sociedad, donde la biografía del arquitecto se sucede. Pero hay en la vida y obra de constante lucha de Piranesi la idea subyacente de que la luz debe ser proyectada desde arriba, sin que importe su tamaño respecto al conjunto, pues ir hacia arriba es la única manera de que uno pueda encontrar orientación en el sinsentido que muchas veces hallamos bajo la ciudad.