Cuadernos crudos del Este

Por la obra del italiano de origen ruso Igor Tuveri (Cagliari, 1958), más conocido como Igort, es posible trazar una buena aproximación historia del cómic mundial: una estética de cine negro de los cincuenta, la influencia creciente del manga (Igort trabajó para el mercado japonés), la época dorada de revisión de la mitología de superhéroes emprendida en los años ochenta por Miller o Moore, la expansión de las viñetas y la reducción de los textos hasta la imposición del silencio y los tonos fríos, referencias al pulp y la narrativa estadounidenses, juegos con los márgenes (paralelamente a la apertura de Europa del Este al resto del continente), la influencia de Torpedo y Art Spiegelman, encuadres que recuerdan a los cuadros de Andrew Wyeth o Hopper, tipografías que precisan de toda nuestra atención, las arrugas de Harvey Pekar, simbolismo y alusiones literarias como Kenzaburo Oé y el Hemingway autor de relatos. Por supuesto, no puede faltar un toque nostálgico a la tradición italiana de Breccia y Hugo Pratt. Y en la publicación que nos ocupa, Igort aprende del estilo entre documental y guerrillero de Joe Sacco. Muy recomendable, para comprender su trabajo de anulación de la figura del héroe, y para recorrer su biografía, una entrevista realizada para Entrecomics, en junio de 2011.
Era necesario servirse de este bagaje tan amplio para afrontar sus Cuadernos ucranianos, fruto de un viaje de dos años con la intención inicial de ir de Kiev a Crimea, que fue estirándose y profundizando en el dolor a medida que conocía a personas e historias que no podían ser tratadas como simples recuerdos, sino más bien con el esfuerzo de conservar esas experiencias en un riguroso e impasible presente, pues en presente sigue temblando el conflicto.

En presente se mantiene el horror y la piel de gallina. En presente se viven las contradicciones de nuestra humanidad. Además, es tendencia del italiano afrontar cada proyecto de un modo y un estilo distinto: su obra es la de la continua ruptura con lo hecho anteriormente, un ensayo sobre el aprendizaje que no acaba, llegando incluso a la forma más pura de evitar la redundancia: repitiendo temática y recrudeciendo el enfoque.

No en vano, el siguiente libro de Igort lleva por título Cuadernos rusos, en el que democracia y dictadura se confunden en «democradura», imitando esa fusión de conceptos escritos con grafiti en Sympathy for the Devil (Jean-Luc Godard, 1968). 

Pero, ¿qué convierte en especial a la crónica gráfica de Igort? Cuando queremos tratar sobre los terribles delirios cometidos en la Europa del siglo XX, la primera imagen que nos viene a la memoria es la de un campo de concentración alemán, y es razonable que así sea; en absoluto hay que caer en el absurdo de las comparaciones con los crímenes del comunismo. Cada uno fue horrible por sí solo. Sin embargo, y por desgracia, existieron tantos conflictos durante este siglo que muchos pasaron desapercibidos. Contamos con obras maestras en la literatura: Necrópolis, del triestino Boris Pahor; la trilogía nocturna e invernal de Elie Wiesel; los huesos esperando para sonreír del francés Georges Hyvernaud; la decepción ante el comunismo, una decepción cubierta de ceniza trazada por Arthur Koestler en El cero y el infinito; los episodios trágicos de Semprún en La escritura o la vida; la muerte espiritual diseccionada por Thomas Mann en su Doktor Faustus. Y un largo etcétera, aunque estos son los que más me marcaron.

Dejando aparte la compulsiva Maus, no conocía obras en el arte del cómic donde se reflejase con tanta necesidad de compasión la tragedia de haber nacido en una época peor. Los tonos apagados de los dibujos, el predominante color café con leche, los cuerpos trazados a partir de garabatos frente a la limpieza de los testimonios sobre el canibalismo, la penuria y las consecuencias de los totalitarismos, libres de toda impostura, dejan una impronta en el lector que se planta como un rastro de vino, difícil de extirpar, sobre una camisa blanca. Hacía tiempo que no encontraba en una obra artística un fiel retrato de lo que significa ser un bienaventurado, un ser con hambre y sed de justicia.

Sin recreación, pero evitando un exceso de estilización (porque lo que importa es el rostro que vive bajo el sufrimiento), Igort se aparta del humor (y con él de la resignación), nos obliga a mirar lo que nuestra civilización puede llegar a hacer cuando la masa se impone a la humanidad. Los rostros, esos ojos grandes y negros, esqueléticos hasta en los raros y breves momentos de relajación (como aquellos en los que los libros son tratados como verdaderos tesoros), se quedan en la retina del lector, porque la justificación del mal es tan parte del paisaje como la espesa niebla de color sepia que a veces nos sorprende entre unas letras afiladas y en busca de sentido.