Claudio Magris. El viaje vertical

Una preocupación de la Europa contemporánea reside en la idea de que Occidente ha dejado de ser tan influyente como lo fue siglos atrás. La literatura se adelantó a esta preocupación, y comenzó a variar la perspectiva acerca de lo que es una narrativa exótica al tiempo que ayudó a desplazar el mapa geopolítico y atraer a Asia a su centro, como en una especie de pliegue sobre el mapa.

Hoy, cuando se reconoce internacionalmente la trayectoria de un escritor, crece la sensación de que los occidentales somos los invitados, los recién descubiertos: los narradores españoles nos pueden resultar tan lejanos y localistas como cercanos y reconfortantes los autores procedentes de latitudes frías. La globalización está aquí. ¿Qué sentido, pues, tiene en la actualidad el viaje literario? ¿Sigue siendo útil el contacto directo y personal con otros entornos para compensar nuestra falta de conocimiento sobre otras culturas? ¿Acaso las crónicas de viajes no son parciales siempre, ya que son otros ojos y otras manos quienes pasaron por una lejana experiencia, una experiencia que nunca será exactamente igual a la que emprenderíamos nosotros? Personalmente, mi respuesta sigue siendo que el viaje, el movimiento y el acercamiento a lo desconocido son absolutamente necesarios; sin embargo, para el viajero la mayor aventura suele ser la localidad donde vive en el presente, el lugar donde se crió, o el sitio en el que espera vivir. En resumen, el país conocido.

El Japón de Lafcadio Hearn nace de la voluntad de encontrar un sitio en el que permanecer. Kapuściński intenta empaparse de todo lo que le rodea, de hallar la paz entre conflictos incesantes. Bruce Chatwin viajó a la Patagonia para curarse la vista, y encontró que la base del problema estaba en su necesidad de fijar un horizonte. Paul Theroux busca en sus destinos la historia siguiente, una forma diferente de tender la misma trama. Y Claudio Magris (Trieste, 1939) es un profeta consciente de su incomprensión, alguien que cruza temblorosas fronteras con una mirada compleja, tratando de abarcar en la medida de lo posible los puentes de cotidianidad que unen lugares que en principio nada comparten. El triestino fijó en El infinito viajar un concepto diferente del viaje, partiendo de la crisis de identidad europea, y de su propia condición de narrador para el que vivir, viajar y escribir suponen prácticamente una sola actividad.

En El infinito viajar, Magris cubrió kilómetros urbanos y rurales, anécdotas y hechos de grandes proporciones, pero también la misma cantidad en kilómetros de papel y ríos de tinta, de personajes y conversaciones. Partió de Tielmes, Almagro, Madrid y el spoon river en Cantabria; subió a Londres y saltó por las Islas Afortunadas; cruzó el telón de acero y regresó al despertar de la unificación alemana; examinó el procedimiento de los huevos de Pascua mientras fue de una aldea evangélica a otra, en el corazón de Mitteleuropa; se sentó en los cafés cuyo cierre George Steiner lamentó en uno de sus ensayos; se perdió por escombros y calles que no existen; nos dio clases de literatura checa y rumana; sintió la invisible tragedia polaca y asistió a la transformación de esa tragedia en pesadilla; contempló la extensión del mar Báltico, del hielo en la URSS, del desierto en Irán; y por último, deslizó el interrogante sobre las fronteras geográficas y narrativas al llegar a China y Vietnam. Así compuso este libro.

Los cuarenta artículos, más el revelador prólogo, recogidos tras un proceso exhaustivo de selección entre los periódicos donde Magris ha colaborado, abarcan de 1981 hasta 2004, justo antes de que la prensa en papel emprendiera su camino definitivo a la disolución digital. Ciertamente, da la sensación de que cada artículo es un registro distinto para un medio de comunicación diferente. Se plantea el transcurso del tiempo, el sendero que corre transversal por la llanura de un viaje inacabable. Cada vez que el autor regresa a casa por un tiempo antes de reemprender la marcha, hay una reflexión distinta acerca del sentido del siguiente viaje, de la propia vida. “El sentido de nuestra vida —dice— es su aventura en el tiempo, en la historia; el florecer, pero también el madurar y el pasar de lo que la Biblia llama ‘carne’”. Mientras tanto, esquivar la odisea del desencanto se antoja como nuevo principio.

¿Por qué viaja el hombre? Para salir del jardín. El hombre nunca está contento, nunca está satisfecho, ni puede hallar orden en sí mismo ni en sus circunstancias. El ser humano, llevado después de su formación al Edén (Génesis 2:8), suele tener la necesidad de escapar cada cierto tiempo, con la idea de que esa escapada traerá consigo una especie de libertad completa, un regreso al lugar de donde realmente procedía. Es parte de la consecuencia permanente de lo que se conoció como Caída (Génesis 3:19).

Por otro lado, esa necesidad de encontrar paz y sentido también constituye el origen de la escritura, que siempre pierde algo en el momento que un pensamiento cae al papel. ¿Qué se pierde escribiendo?, se pregunta Magris al llegar a China. Dicho de otro modo: ¿qué se gana viviendo? Para este autor no existe la dicotomía planteada por Jorge Semprún: vivir, escribir (añadimos viajar) es lo mismo. Vivir es, más que nunca, viajar. De nuevo la pregunta: ¿por qué se viaja? «Viajar es una escuela de humildad», responde Magris. Viajar es un encuentro con lo absoluto, con lo eterno y lo siempre presente, como el mar, por ejemplo. Magris cita a Angelus Silesius: “Cada rosa, recién brotada o marchitada, está desde siempre y por siempre en la mente de Dios”. El mar, especialmente para un europeo, es un absoluto. Despierta la atención, y la atención es una forma de oración. El mar es un lugar a veces frío, un elemento donde hacer flotar los pensamientos y sepultar nuestros errores. “Alcanzar a Dios significa aniquilamiento de la sombra de la noche, rompimiento de la ola en el mar”, dice Magris.

Otros absolutos: los objetos, tanto como los rostros, las plazas o las montañas, cada uno con su valor en la Europa que es un inmenso laboratorio. Luego está la cuestión del vencido, del derrotado, materia recurrente en sus libros. Y es que las derrotas cambian el mundo. Pero cuidado: si viajar desplaza al propio ser, le hace sentirse fuera de sitio, uno puede acabar escribiendo para aferrarse a alguna cosa, para hallar justificación.

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En la calle León, en el fondo de armario de los antiguos mentideros madrileños, Magris piensa si no será acaso que confundimos la imaginación con lo que creemos, y que lo principal es buscar primeramente el diálogo: “A menudo sucede que creemos hablar con nosotros mismos o con Dios y, por el contrario, hablamos con los míseros y presuntuosos fantasmas de nuestros miedos y nuestros ídolos, y confundimos el eco de nuestro delirio con la voz de la verdad; al menos en una velada es más fácil darse cuenta de ser fatuos y banales como quienes están a nuestro alrededor, mientras que en un soliloquio se corre el riesgo de convencerse de oír una verdad absoluta y de convertirse en su profeta y esclavo”, ya que nos sentimos siempre a disgusto “cuando nos encontramos en lugar de otro, cuando debemos hablar en nombre de una escuela, un partido, una Iglesia, una asociación filatélica, de combatientes o de filósofos, acaso de un Estado; al mismo tiempo, nos damos cuenta de que estamos casi siempre en lugar de otro, de que no podemos hablar casi nunca en nuestro nombre”, hasta el punto de olvidar el sonido de nuestra propia voz.

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Magris distingue dos tipos de viaje, que incluyen tácitamente la posibilidad de un tercero. Está el viaje circular, tradicional y clásico, como el de Ulises, en el cual el viajero es tiempo cuajado, se mueve por el principio de la persuasión y la idea de que “la salvación crece donde crece el peligro”. Está el viaje lineal, el del malvado infinito, el narrado por Nietzsche, donde la tentación de la irresponsabilidad y la disparidad entre vida y escritura se presenta a cada paso. Pero también se apunta en El infinito viajar a una escalada vertical, pendiente de la redención, que anule la angustia del rectilíneo y rescate la virtud del circular; que pueda incluir los errores, las esperanzas, las quimeras y las oportunidades; que nos permita encontrar al prójimo sin que medie el desarraigo; que persiga (según describe el escritor polaco Andrzej Stasiuk) “una sola palabra o frase que convierta en prescindible tanto una continuación, como lo que se ha escrito hasta el momento”. Que en definitiva haga desaparecer nuestro ego. “El Yo del viajero es poco más que una mirada”, insiste Magris al final del periplo recogido en este tomo. El viaje vertical no es una cuestión de fuerza, no depende de nuestra magnitud: “El cristianismo no resulta ser pues una pía unción, sino una experiencia devastadora de lo que está más allá de nuestras fuerzas y se sitúa, no ya en un cielo seráfico, sino en la maraña cotidiana que cada hombre está llamado a vivir aun no estando a su altura”.

El infinito viajar, Claudio Magris, Anagrama – Compactos, Barcelona: 2011. Traducción: Pilar García Colmenarejo.


MÁS INFORMACIÓN:

– Conversación entre Claudio Magris y Carlos A. Aguilera.

– Conversación con Marisa Blanco (Azcuna Zentroa, abril de 2014):