Geoffrey O’Brien. Conservas de los sesenta

Conversación que mantuve en Barcelona, a mediados de 2015, con un referente de la crítica cultural contemporánea norteamericana, a propósito de la publicación de su libro Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta.

Todo lo relacionado con la década de los sesenta (los años de las etiquetas «baby boom», «contracultura» o «movimiento hippie») nos despierta curiosidad. Fue una época en la que el mundo hervía y se transformaba continuamente. Al mismo tiempo, los recuerdos de quienes vivieron entonces (sea por infancia, o por acumulación de experiencias y sustancias) suelen mostrarse borrosos, lo que da a pie a la mezcla de impresiones, el exceso en el uso de metáforas y tópicos, la nostalgia por los logros sociales, o la exageración del impacto cultural. Es por eso que el oficio del analista o comentarista (cronista, en definitiva) de la cultura popular resulta tan importante como el de fotoperiodista o conservador de museo.

Afirma Miles en su monumental libro Hippie, que la relevancia de los movimientos culturales, políticos (incluso religiosos) de los sesenta consistía sobre todo en desmarcarse de la sociedad, pues solo haciéndolo “era alguien capaz de observarla de manera objetiva, de descubrir lo que fallaba y qué había que hacer para solucionarlo”. Por otra parte, el recurso a plena luz del día de elementos perturbadores y alienantes (como el poema en prosa, el rock, el periodismo crudo, el LSD, las protestas contra Vietnam y un cierto halo de intelectualidad contradictoria frente al progreso tecnológico y al ecologismo), contenía una mezcla de provocación inconsciente (solo como reacción ante la figura del «hombre recto») y de una búsqueda espiritual tan verdadera como confusa. Muchos jóvenes de la época simplemente se dejaban llevar (recuerdo a Jerry Rubin en su libro Do It!, de 1970, contando que se apuntaba por sistema “a cualquier sentada, sea por la reivindicación que sea”), y otros muchos se estremecieron ante la idea de que aquello no fuese a durar para siempre. Por este motivo la posibilidad de una conversación con alguien que «estuvo allí» (aunque escribiese sobre ello con la exaltación, y el insomnio a ratos irresponsable, de un adolescente), me resultaba un viaje lo suficientemente fascinante como para dejarlo pasar.

Descubrí a Geoffrey O’Brien (Nueva York, 1948) por sus notas de introducción en las ediciones en VHS (y posteriormente en DVD) de The Criterion Collection. Es posible leer muchas de ellas, además de otras reseñas y críticas, en la página web de la distribuidora. Aunque no hice la conexión entre el nombre, la referencia y el escritor hasta que Alpha Decay no publicó su colección de episodios de los sesenta Tiempo de soñar en abril de 2015, si bien el libro (su segundo) está en inglés desde 1988, publicado por Counterpoint Press. Un breve vistazo a su biografía nos desvela que es hijo de Margaret O’Brien, actriz de teatro, y de Joe O’Brien, uno de los componentes originales de los Good Guys, un grupo de locutores de radio (dirigidos por Ruth Meyer) que dieron impulso a la era dorada de la emisora cristiana WMCA, a principios de los sesenta. El programa de Joe (también conocido como Morning Man) se emitía de seis a diez de la mañana, e incluía selecciones musicales de los 40 principales, intercaladas con comentarios de un lúcido sentido del humor, no exento de incisivos comentarios políticos.

Joe (primero desde la izquierda), locutor radiofónico de éxito en Nueva York, es el padre de Geoffrey O'Brien

Joe (primero desde la izquierda), locutor radiofónico de éxito en Nueva York, es el padre de Geoffrey O’Brien

Aparte de sus colaboraciones en medios como New York Review of Books, Boston Globe, Newsday, Filmmaker, New Republic o Film Comment, a los que presta su erudición juguetona y divulgativa, ha escrito libros acerca de novela policíaca, una historia de Time Square; reflexiones que versan sobre la experiencia de leer y del negocio cinematográfico; fotografías que, como bien describió Susan Sontag, “retrataban el corazón de Estados Unidos”; su Sonata for Jukebox es algo así como una autobiografía sonora de sus oídos. Pero tal vez sea este libro el mejor modo de empezar a conocer un trabajo entusiasta y profundamente evocador.

O’Brien es en la actualidad (desde 1992) editor jefe de la Library of America, donde se publican grandes clásicos de la literatura estadounidense. Pero el hombre con el que intercambio impresiones y sincronizo sorbos de San Pellegrino con limón es uno de los profesionales más del ensayo cultural norteamericano, destacando por su precisión y los certeros enfoques de sus escritos. Tiene una letra menuda, inclinada, con la que tomará continuas notas en su agenda a lo largo de la hora y media que duró la entrevista, fundamentalmente cuando aparecen referencias culturales de cualquier tipo. Estoy convencido de que las repasará en cuanto tenga un momento.

 

¿Qué le llevó a escribir Tiempo de soñar?

Fue en 1982 cuando escribí el primer borrador, durante el primer mandato de Reagan. Llevaba una vida normal, ya sabes, una familia, un trabajo… y empecé a tener impresiones muy vívidas de distintos episodios de los sesenta, mientras me hacía muchas preguntas acerca de en qué dirección iba una sociedad que parecía ir a la desintegración. Y cuando empiezas a pensar en tu adolescencia, teniendo cierta edad, te preguntas por qué recuerdas mejor determinados momentos, por qué surgen de repente cosas que no sabías que recordabas, y llegas pronto a la conclusión de que tampoco tienes el control de tu memoria. La memoria de los sesenta es muy fresca; la de los setenta te deja exhausto, y en los ochenta tenías esa sensación de ruptura, de querer algo diferente… y no me refiero a política únicamente, en la cultura también lo veías. Imagino que quería ordenar toda esa cantidad, esa invasión de recuerdos, aunque no de un modo sistemático… quería recuperar imágenes, situaciones, voces de personas…

En muchos momentos parece que colecciona frases de personas para poner las ideas en su sitio.

Sí, eso es lo que hice. Mucha gente me lo dice. Creo que cuando pones todas las frases que recuerdas juntas vas viendo un patrón, una forma, y hasta una progresión. No quería recopilar documentación para hacer una novela, o limitarme a unas memorias al uso, porque no tenía esa capacidad. De acuerdo, va sobre mi vida, cuento lo que pensaba entonces y veía o escuchaba, pero lo que especialmente me interesaba era tratar esos pequeños cambios que conducen a otros, y que puestos juntos te ayudan a entender mejor una época.

¿Diría que esa sensación de ruptura de la que hablaba está relacionada con cierta imaginería apocalíptica?

Algo de eso hay. A finales de los sesenta sí que lo notabas, no tenías que irte muy lejos para encontrar esa forma de pensar.

¿Ha leído a Robert Stone?

Aún no. Lo tengo pendiente.

portada_inglésEs un ejercicio interesante comparar su libro con Recordando los sesenta (Prime Green: remembering the sixties), de Stone… él decía que fue precisamente «el verano del amor» lo que terminó con aquella revolución. ¿Coincide con él?

Sí. De hecho, viajé a San Francisco con… veamos… diecinueve años. Y me lo perdí. No había tal verano del amor, fue algo muy breve. Me quedé esperando a que llegara, o que pasara otra vez. Pero no. Fue un momento de despertar, verme en un sitio más tranquilo de lo que incluso yo quería.

Esa transformación de la sociedad de finales de los sesenta, ¿se dio por igual en todos los EE.UU.? ¿Fue homogénea?

Mi experiencia se reduce básicamente a Nueva York y California. En Nueva York es imposible esa transformación, por tamaño y porque siempre ha sido la ciudad de la oscuridad, según el imaginario cultural. California es el lugar donde empieza esa búsqueda de algo diferente. Es el eterno sueño de la Costa Oeste. Es más una cuestión del tiempo que del lugar. Fue realmente en los setenta cuando se dio a escala nacional todo ese libertinaje masivo que asociamos al momento histórico.

Los sesenta fueron los años de experimentación, ¿no?

Bueno, está el factor de la inocencia. En los sesenta se buscaban cosas nuevas, frescas, pero los setenta eran más oscuros, y ahí es cuando se produjo la expansión.

¿Y los ochenta qué representan?

Fueron los años en los que escribí el libro. Un cambio de generación.

Acabó el libro un año antes de la caída del Muro de Berlín. De nuevo la idea del fin.

En 1978 y 1979 también existía. Fue otro período apocalíptico: Jonestown, la caída de varios gobiernos, la revolución del uranio… quizá ciertos fenómenos tan graves tuvieran sus raíces en los sesenta.

¿Estados Unidos se volvió un país más paranoico?

Es difícil de decir. Los que nacimos después de la guerra nos encontramos una sociedad más próspera y segura, frente a la época de depresión y guerra que vivió la generación de mis padres, que durante la década de los cincuenta repetían mucho lo de “nos merecemos esto”. Los niños no lo apreciábamos ni lo tomábamos como un regalo, eso es cierto… lo que sí sucedió fue que a partir de esa época más sólida los cambios se produjeron a una velocidad increíble. Todo empezó a ir rápido. Es lógico desconfiar.

¿Hablaban sus padres de la guerra?

Lo hacían y no lo hacían. Si les preguntabas, te contaban algo, pero no salía de ellos. Mi padre no fue a la guerra. Mi tío sí, y quedó seriamente afectado. Así que, inevitablemente, eras consciente de que existía algo así, y al mismo tiempo se hacía énfasis en que vivíamos mejor. Y con razón: mi padre trabajaba en la radio, disfrutaba de éxito, residíamos en un barrio que era muy liberal, teníamos hasta comunistas y todo (Risas). Sé que no es una situación habitual.

¿Cómo veían Europa desde allí?

Mi padre estaba enamorado de Europa, concretamente de Francia. La consideraba una especie de paraíso en la tierra. No viajó a España, porque no le atraía debido a la situación política, aunque mi madre sí que había venido varias veces y conocía muy bien vuestra cultura. Ellos insistieron en que tenía que viajar a Europa cuanto antes. Con catorce años fue la primera vez que crucé el Atlántico. Y he perdido la cuenta de las veces que he viajado a Europa desde entonces. Buñuel es uno de mis héroes.

Por cierto, ¿qué ocurrió con el cine americano de los sesenta?

Era una situación curiosa: tenemos al viejo Hollywood haciendo películas según el sistema clásico y con estrellas al final de sus días (muy pocas se adaptaron a los nuevos tiempos), la calidad general del cine había declinado mucho, no funcionaba…

Hitchcock regresó a Inglaterra.

Exacto. Y por otra parte, está el cine underground, el cinéma vérité, la nueva ola británica… dentro de Estados Unidos tienes a Andy Warhol, o Kenneth Anger, que no impactaron comercialmente pero sí cambiaron de arriba abajo el modo de hacer películas.

Es curioso que tengamos la sensación de que no pasó nada en el mundo del cine, cuando hubo tanto y tan fascinante.

Solo que fuera de Hollywood. No hay forma de competir con la revolución que supuso el cine italiano y francés. A esto sumamos el descubrimiento del cine japonés… fue demasiado. La generación de Scorsese, Coppola, Spielberg, cambiaron Hollywood, pero ante todo llevaron el peso de una reinvención integral del funcionamiento de una industria.

Parece que el enfoque cultural anglosajón hubiese pasado del cine a la música.

Tomemos 1965, por ejemplo. Dos discos de Bob Dylan, Bringing it all Back Home, y Highway 61 Revisited. Este último se abre con «Like a Rolling Stone», nada menos. De The Rolling Stones salió «Satisfaction». Es el año en el que se forman Pink Floyd y Grateful Dead. El año del I feel good, de James Brown. Es una lista interminable de discos increíbles. En solo un año… y están The Beach Boys, por supuesto.

¿A qué Wilson prefiere?

Brian Wilson, claro. Dennis es interesante… pero Brian Wilson es la leyenda.

Habla de ellos en su libro.

Sí. Muy brevemente. Es la parte en la que relaciono el viaje en coche con la búsqueda espiritual, y entre las canciones que asocio a los automóviles no podía faltar la referencia a Beach Boys.

Hay una cita muy interesante de Brian Wilson que Jim deRogatis recoge en su libro Kaleidoscope Eyes, donde relata su primera experiencia con el LSD, y cómo era escuchar música durante ese viaje. La leo, porque tiene que ver con el momento en el que comenta que en los sesenta se buscaba más profundidad que evasión. Dice Wilson: «tal y como me prometieron, la música nunca sonaría con tanta plenitud, ni sería tan tangible; era más densa y pesada que cualquier otra música que hubiera escuchado hasta el momento».

Tiene que ver con este capítulo que mencionabas… veamos el capítulo… (saca su ejemplar de Dreamtime, y yo abro el mío. Buscamos el fragmento sobre la experiencia mística de Wilson y el ácido, en la página 102 de la edición española en Alpha Decay). Sí, aquí está. (Lee en inglés en voz suave aunque audible; aquí reproduzco la traducción). “Brian Wilson: ‘Mi experiencia de Dios se la debo al ácido; es lo más importante que me ha pasado en toda mi vida’. Después de esto, la canción puede tirar a la basura todas las cosas que la embarullaban —los asientos de piloto de carreras, las botellas de refrescos, el lápiz de labios color manzana de caramelo— para mostrar abiertamente su tema real”. No identificaba con Brian Wilson la cita que has leído, por esto mismo: importa el tema real sobre lo que rodee a la canción, incluso habiendo usado drogas. Es interesante lo que comentas, que la intención de consumir drogas no era huir de una realidad. Eso se debe a que la realidad ya había engullido a esos jóvenes. No buscaban escapar, sino hallar un modo de asentarse. Eso que dice Wilson sobre la naturaleza sólida de la música tiene sentido. Me costaba identificarlo al principio.

Esta es una de las partes que más me gustan del libro. Cuando dice que “al mismo tiempo que [The Beach Boys] cantaban himnos polifónicos de deslumbrante pereza y concentración espiritual, eran víctimas de un delirio alucinante según el cual sus canciones trataban de pequeños Fords coupé y coches fardones que no ganan una carrera”.

Encuentro un poco de contradicción en esa fórmula de predicador ambulante que ellos y otros tuvieron durante la época, que incluía una forma de vida muy mundana.

Como si se acercasen más a la meditación que a la oración.

Sí. Cuando escucho temas de los sesenta que hablan de lo espiritual, no detecto plegarias, sino algo más místico.

Algo que requiere un esfuerzo para llegar a una conexión.

No necesariamente drogas, pero sí, tienes que ir tú a buscarlo. No digo que sea el caso concreto de Brian Wilson, pero sí es un aspecto dominante en esta década.

Brian es uno de los primeros músicos en usar la palabra «Dios» para el título de un single.

«God Only Knows» no es mi canción favorita de ellos, pero hay que reconocer que los representa muy bien.

Quizá junto a «Good Vibrations».

Son las que todo el mundo ha escuchado, aun sin saber quién las compuso. Para mí Brian Wilson es casi el único, dentro de la música psicodélica, que ha creado una música que reproduce exactamente la verdadera experiencia de la que supuestamente parte. Esto se aprecia muy bien en esa edición que salió hace relativamente poco, las Smile Sessions. Esas canciones son más representativas de su momento histórico que el tipo de estructuras de blues que crea, por ejemplo, Eric Clapton.

En el libro menciona la interesante relación entre el artista y la ciudad, citando a Rimbaud. Me acuerdo de Cavafis, cuando dice que la ciudad “te seguirá donde quiera que vayas”.

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Sí, este es otro de los pasajes en los que trato de describir la mentalidad de un momento particular, y de la idealización de la naturaleza frente a un entorno que siempre es oscuro y peligroso. Cuando vives en Nueva York esa idea es recurrente.

Poco después habla de esa forma de pasar el tiempo temiendo todo lo que sucede en esa gran ciudad…

Es algo que curiosamente viví más en California. Estábamos en guardia continuamente, no por la posibilidad de un riesgo físico, era algo psicológico.

¿Cómo era ese temor, exactamente?

Bueno, no nos gustaba que por el hecho de estar en un sitio concreto, se nos incluyera dentro de un contexto, o de un grupo social. Temíamos miedo de contaminarnos por otras formas de pensar, como si en cualquier instante fueran a convertirnos en alguien que no éramos. En la imaginación de la juventud, uno lo ve como si se tratara de La invasión de los ladrones de cuerpos. El mundo parece tan grave a esa edad…

¿Era difícil viajar por los Estados Unidos?

Difícil, ¿en qué sentido?

Bueno, no me refiero a algo peligroso…

Yo sobreviví.

Lo digo por el último capítulo de su libro.

Sí, hay una descripción sobre el lado lírico de moverte por las autopistas, no va tanto sobre hacer autoestop, o recorrer el país a pie. Eso sería otro mundo diferente. Respondiendo a tu pregunta, era más complicado de lo que parecía, pero cuando eres joven te adaptas más rápidamente a situaciones incómodas.

Usted se crió en Long Island…

Sí.

¿Qué clase de música escuchaba?

Mi padre estaba en la radio, y estábamos en contacto con músicos, así que sonaba de todo. Generalmente escuchaba clásica y jazz.

¿Y en su vecindario?

Sinatra, Gershwin… Benny Goodman… luego Miles Davis… de noche escuchabas la música escapando por las puertas entreabiertas de las casas.

¿Qué le ha quedado por contar de los sesenta?

Quizás haber profundizado más en los orígenes. Trazar otras comparaciones con el mundo digital contemporáneo, que no me parece muy agradable en cuanto a la soledad que contribuye a crear. En América, este período de los sesenta se ha ido limando hasta dejar solo los restos políticos, para que cada partido saque solo las cosas que le interesa resaltar de esos años. Mi libro no es polémico, ni tampoco muy político… estaba muy interesado en rescatar la esencia de las experiencias, las contradicciones de la época, rellenar los huecos de la memoria.


Citas escogidas de Tiempo de soñar. Episodios de los sesenta (Alpha Decay, 2015):portada_castellano

– “Si alguna vez existió el horizonte, es evidente que se repliega sobre sí mismo. Los lugares se estrechan”, página 20.

– “Lo habían recordado todo, o quizá se lo habían inventado”, página 21.

– “Los aparatos de la era de la comunicación, los discos, las películas y la televisión, sencillamente no comunicaban bastante. Tendría que haber algo más que una pantalla, pues de lo contrario todas las experiencias más íntimas transmitirían una extraña falta de autenticidad. Los ‘medios’ (el nombre aún sonaba a nuevo) prometían el mundo y luego nadie quedaba satisfecho. Como si hubieran acudido a curarnos de la desilusión”, página 61.

– “Aún es principios de 1967. De hecho, empieza a dar la impresión de que siempre será principios de 1967”, página 95.

– “El paraíso se nos consume convertido en reglas y rencores. Vivir en libertad termina siendo muy parecido a trabajar”, página 107.


AUDIO: O’Brien habla con Chris Carroll sobre la crisis de mitad de carrera de Duke Ellington, en The New York Review of Books (en inglés).