Zbigniew Herbert. Poesía y especulación

LA ESPECULACIÓN, COMO LA POESÍA, ES UN ENTE VIVO QUE COBRA VIDA CON UN RUMOR.

¿Qué interés puede ofrecer a un poeta el problema concreto de la especulación si, como decía José Hierro, la poesía es una fuerza invisible que actúa “como el viento, / o como el fuego, o como el mar”? A ojos del lector inexperto, ambas esferas (poesía y economía) pueden no guardar relación. Sin embargo, la economía, o lo que envuelve a esta disciplina del pensamiento (tan inofensiva frente a la especulación) también puede convertirse en una de esas maravillas concretas que invocara Jorge Guillén. La especulación es fácil de olvidar, quizá de ahí el interés de Zbigniew Herbert por el asunto; la poesía sirve para fijar la imagen, para suavizar en lo posible ese desgaste que, como cuajos de tiempo que somos, hemos de sufrir inevitablemente. La poesía es también especulación, en el sentido latino del término (speculari) cuyo significado es “mirar en el futuro”.

Zbigniew Herbert (Zbigniew es un nombre eslavo que significa “el que disipa la ira”) nació en Lvov, ciudad de pertenencia polaca hasta que en 1648 sufrió una invasión crimea y pasó de mano en mano, delimitando o alejándose de la frontera con el imperio austrohúngaro, sueco o polaco. Hoy perteneciente a Ucrania y responde al nombre de Lviv (Leópolis en español). Lvov es un estómago hirviente en la cultura de Europa del Este: un crisol nacional sustentado por judíos, polacos y alemanes, hogar de adopción de Simon Wiesenthal, sede religiosa compartida entre católicos, ortodoxos rumanos, benedictinos y armenios. Verdaderamente, es curioso que con este material tan interesante, Herbert tomase la decisión de abrir un paréntesis, dedicarse a estudiar el arte holandés y ofrecernos uno de los libros más interesantes y bellos que puedan reseñar este ámbito. El texto es una mezcla entre guía de viajes, tratado de economía, historia de la especulación y celebración del arte. Una interesante reunión de objetos, observados desde un contenido entusiasmo: ropa, sábanas, molinillos de café, quinqués, aparatos para irrigar campos, botines de boda y de diario, instrumentos para pulir diamantes y forjar arpones, reproducciones de tiendas coloniales y de talleres de sastre, recetas de pastas y de pasteles para los días de fiesta, un grabado con un enorme tiburón en la playa, funestos meteoritos, campos inundados, objetos de metal, madera y marfil, tinieblas sumergidas entre los contrafuertes impuestos al agua, libretas en desorden recipientes con aceite de linaza, láminas y pinceles, moldes de yeso, maniquíes de madera, utensilios de cocina, agujas, un jarro barrigudo de barro, una copa de vidrio cálido a medias, un jarro de estaño, dos pipas de loza, una partitura, brida metálica, un tapiz con imágenes de ataques de la flota holandesa, la batalla de Gibraltar de 1607 con sus encantadoras llamas rojas y amarillas, combatientes fenecidos, fragmentos diminutos, astillas en la escala natural pero imponentes maderos dentro del contexto original, con una precisión que reconocemos fácilmente en artistas como Canaletto pero para nada único de su arte. Para los holandeses que vivían en el XVII, en aquel “ducado de los objetos”, cada utensilio constituía una recompensa terrenal al trabajo y el ahorro. Pero también aprendemos en este libro que, dentro de las sociedades aparentemente más firmes y mejor estructuradas, pueden surgir grietas.

La única obra que queda de Torrentius, el óleo "Naturaleza muerta con brida" (1614)

La única obra que queda de Torrentius, el óleo “Naturaleza muerta con brida” (1614)

Los holandeses estaban muy empeñados en lo tangible, eran amantes prácticos del arte; en terreno económico inventaron las acciones con sus distintos matices (actie se refiere a “acción” y también a “movimiento” y “exigencia”), y las sociedades anónimas, con su complejo sistema de distribución de riesgos. Era lógico que se diese en ese contexto la primera ruptura de una burbuja especulativa de la historia. Desde esta, todas las crisis bursátiles se han reproducido con una exactitud tal que resulta inquietante nuestra incapacidad para detectar peligros similares cuando se presentan. Herbert explica lo sucedido manejando con precisión los detalles. Para eso es un poeta: el orden de los acontecimientos nos resultan fascinantes a la vez que preocupantes; el dominio del lenguaje instruye y describe, pero además llama a la conciencia dormida. El orden de este caso (y de los demás) es así: Podríamos citar 1602 como punto de partida: ese año hubo una espectacular subida de las participaciones en los barcos que iban hasta Asia Pacífico. Era habitual que los comerciantes crearan sociedades para fletar barcos, de cuya organización (y monopolio concedido por el gobierno para navegar a la India) surgió la Compañía de las Indias Orientales. El coste de la operación (o fusión) fue de 6’5 millones de florines, aportados entre unas pocas ciudades holandesas (Ámsterdam puso más de la mitad). Las participaciones de la Compañía eran negociadas en la bolsa de Ámsterdam, en forma de acciones. A través de la emisión de acciones, la responsabilidad del riesgo comercial pasó a pertenecer a los propios comerciantes y a los especuladores. El gobierno dejaba a los individuos caminar por su cuenta, la gente podía participar en las ganancias (casi siempre endeudándose para “jugar”), y decir que ya era capaz de fletar un barco, algo que siempre había resultado imposible de forma individual (por muy poco útil que pudiera resultar fletar un barco). La invención de las acciones y la distribución del riesgo en una bolsa común (que entendió el término “demanda” como sinónimo de oferta) dio pie a nuevas iniciativas, negocios inéditos, y profesiones fundadas en la oscilación de la cotización (el precio de las acciones) y en circunstancias tales como el abordaje de un barco por parte de piratas. De hecho, se celebraban más los naufragios que los regresos de la tripulación. Era fácil confiarse: comprabas a principios de semana, vendías tres días después, y te retirabas… en principio. Cien años después de la instauración de la Compañía, las acciones eran un 1000 por cierto más caras… y en un siglo todo se olvida, especialmente cuando se gana. Pero el ser humano se aburre pronto.

De la especulación con el flete de barcos, se pasó a la especulación con obras de arte, y la más conocida por ridícula fue la de los bulbos de tulipán. Hoy asociamos el tulipán a Holanda con facilidad, pero entonces era una exótica semilla que se importaba desde Turquía, muy cara y complicada de cultivar, con numerosas variedades dentro de su especie. El acceso al bienestar económico de los comerciantes (gracias a la bolsa) hizo pensar que la demanda de delicados parterres de la flor podía inflarse y, lo que es mejor (o peor, según se mire), incluiría a otros agentes sociales, como artesanos, campesinos o sirvientes. Como nada parecía indicar que el precio del producto dejaría de subir algún día, se compraron bulbos indiscriminadamente (se suponía que, a mayor precio, mayor demanda), y se montaron bolsas paralelas del tulipán en tabernas, fundadas por abogados en sus ratos libres; la población se lanzó a esta fiebre bajo la promesa (nunca emitida por nadie) de que era un negocio fácil y rápido. Cuenta el economista Nikolaus Piper que “en el punto álgido de la especulación [a los tres años de la locura, en 1637] se consiguieron 2599 florines por un bulbo de la clase Vice-Roy, lo que correspondía, según una noticia de la época, al valor de dos carros de centeno, cuatro bueyes cebados, doce ovejas, cuatro barriles de cerveza, dos barriles de vino, 1000 libras de queso, una cama, un recipiente de plata y un traje”. Todo cambió el día en que un especulador no consiguió colocar su bulbo, y presa de un repentino pánico, vendió sus existencias al precio más barato posible, para quitarse de en medio el problema. Evidentemente, la gente se dio cuenta de un día para otro de que un tulipán no tiene mayor uso que ser plantado en el jardín. Lo siguiente ya nos suena: todos querían vender y nadie quería comprar, los precios cayeron en picado,
los que se endeudaron en exceso para comprar bulbos de tulipán se arruinaron y perdieron una fortuna (que nunca llegaron a tener pero sí tuvieron que costear). Este acontecimiento quedó marcado como la primera gran especulación de la historia, definiendo el desarrollo conocido: un par de buenas ideas y negocios bien hechos, la euforia, después la locura (todos tienen que participar en ella), el pánico en un momento determinado, y el estallido de la burbuja.

La especulación es un ente vivo, aunque predecible hasta cierto punto. Empieza como un rumor entre la opinión pública. Suben los precios, se crea una bolsa, hay una inclinación a ganar con facilidad, el paisaje de ese estado liberal es agradable, los vendedores no se detienen a valorar las posibilidades reales de los compradores, y los compradores tampoco tienen este “detalle” en cuenta. La tendencia es amigable, los beneficios se aplican sobre los créditos (es decir, lo que se espera recibir), las transacciones pierden pronto su carácter de prohibitivo (y a mayor prohibición, mayor exaltación de la población), pues se produce una abstracción progresiva del “objeto” con el que estamos tratando. Se toma en cuenta el valor del nombre, y no el del producto (lo que hoy conocemos como corporativismo). Reina la alegría y el buen presentimiento, pues se cotiza al alza: es esa ilusión de que la tendencia durará eternamente. Como bien recalca Herbert, en este orden de cosas cualquier atisbo de intentar buscar la realidad es tachado inmediatamente de pesimismo, como ese vecino que golpea en la pared porque estamos haciendo mucho ruido, o como desconectar la música cuando parece que la fiesta acaba de empezar. De aquí la deriva hacia la fiebre. El comportamiento de los compradores se convierte en maniático, impidiendo que la realidad pueda verse, y se instale la falsa idea general de que no hay techo debido a la particularidad del producto (en el caso de los tulipanes se produjo la exageración del valor “único” de cada especie); producto tasado por expertos que germinan como brotes verdes por doquier sin que sean obligados a demostrar su capacidad (casi cualquiera es un experto), seguido de la sensación de que es una lotería donde nadie pierde.

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Z. Herbert, en Informe sobre la ciudad sitiada

En resumen, un mundo inventado, con sus imaginarias leyes dictadas para un mercado salvaje con sus estadísticas parciales. Los acontecimientos suceden al margen de una actividad comercial normal, y es difícil no sucumbir a la tentación. ¿Por qué habría uno de resistirse? ¿Acaso no leemos la prensa? Las noticias comienzan sin previo aviso a hacerse eco de fortunas repentinas. Dice Herbert que la menos unificable información es capaz de sacar a la gente del pozo de la desesperación y llevarla a otro extremo igualmente irreal. De nuevo, se mira mal al crítico mientras surgen nuevos intermediarios que medran gracias al corporativismo (determinada publicidad) y al carácter de “valor bursátil”, o cotización, incorporado a posteriori. Un día aparecen los rumores. La población descubre que ese negocio es más azaroso de lo que cualquier experto hubiera dicho. La compraventa se estanca. El nerviosismo aparece. Como una bruma mañanera, nos damos cuenta de que hay un clima de injustificada inseguridad, y lo que una vez fue constante, pasa ahora a ser variable. No porque cambiara, sino porque los riesgos (fuera por interés o por ignorancia) no fueron tomados en cuenta. El crack nunca es más extenso que unos meses; pasado ese tiempo lo que tenemos delante es una depresión. La crisis siempre precede al poder (por muy intervencionista o keynesiano que sea), y esto se debe a que no podemos adivinar en qué momento exacto empieza a crecer la oferta (la multiplicación considerada como milagrosa de tulipanes) y a disminuir la demanda. Es el riesgo de participar en bolsa, que no se encuentra al alcance de todo el mundo, ni puede condensarse en una lógica simplificada. La cotización baja porque lo que cuenta en esta etapa no es ganar sino perder lo menos posible: de la euforia a las dudas y el enfriamiento. El nerviosismo cruje con un repentino pánico que lleva a los gobernantes a castigar de manera desproporcionada, injusta y severa a la insolvencia; es dudoso que a la esfera política le interese tener deprimida a la población, porque los votos se compran con el bienestar (o la promesa del bienestar), más bien es que no se fía de nadie, y tiene la necesidad de culpar a otra entidad, junto a la tendencia a desear que el problema se cure con el paso del tiempo. A muchos que no podían pagar sus deudas se les encarcelaba durante esta época de la especulación con los tulipanes; sin embargo, la medida no sirvió, por una doble causa: tenían que mantener alimentados a tantos presos (gran parte de ellos deseaban acabar en prisión para poder comer) que era inviable para un estado endeudado hasta las cejas por las campañas de navegación… ya habían olvidado ese momento en que solo unos pocos arriesgaban, o fingían que lo hacían.

Otro hecho, muy interesante y significativo para nosotros, fue el intento de fijar un precio único para los bulbos de tulipán. Pero no podían asignar un valor medio a algo que pocos meses antes había adquirido su valor en base a un carácter “único”, por no hablar de que el primer objetivo de los ciudadanos consistía en cubrir sus pérdidas antes que pagar impuestos. La medida resultó inútil, tardía e institucional. Pasados unos meses, llegó la resignación, el pensamiento mediocre sobre el destino que juega malas pasadas, la mutua desconfianza entre los dirigentes (que se habían aprovechado de las circunstancias) y los habitantes. Aquella República Holandesa de Provincias Unidas pudo recuperarse por el comercio exterior, por la exportación de arte y las cazas de ballenas, las conquistas de territorios al sur de África, y ese negocio de las campañas militares. Los naufragios, evidentemente, ya no se celebraban.

Las crisis, aunque cueste creerlo, alcanzan a todos los estratos sociales y culturales. Otra cosa es que el alcance sea el mismo: en este caso, por desgracia, los pobres y los menos preparados arriesgan más cuando esta se presenta, y los casos en los que ha habido engaños, por muy escasos que hayan sido, empañan la percepción general de la situación. El siguiente escalón hacia el abismo es que la corrupción se destapa. En esta época de los tulipanes, muchos pastores instaban a los feligreses a comprar mientras aprovechaban la coyuntura para tomarse sus lice
ncias personales. Las autoridades se perpetuaron en una especie de bondadosa persuasión a los ciudadanos que no hacía más que mostrar su ineptitud. La especulación, como decíamos, es fácil de olvidar. El peligro de volver a fracasar como sociedad es perenne, pues parte de nuestra condición está marcada por el error. No importa la cantidad de veces que caigamos, o lo complejo que el mundo nos parezca, o las características constitutivas de cada período de especulación: el hombre es viejo, cuanto más avanza el tiempo más nos deteriora. La salida no está tampoco en señalar quién es el culpable (mucho menos en la confrontación armada), porque ocurre a menudo que vemos ese error solo cuando ya ha impregnado lo que le rodea. La poesía puede servirnos para investigar y detectar, para combatir esa amnesia, para afilar el significado de los términos y buscar la solución antes que detenernos en la distribución del error. El error, como la emoción o el consuelo, actúa en estado líquido y a cada ser humano afecta de un modo, este sí, único.ACA0172

– Naturaleza muerta con brida, Zbigniew Herbert, Acantilado, Barcelona: 2011. Traducción: Xavier Farré.

En el podcast de Revista de Letras hablamos de este libro: