ABERTURA

He intentado ser cuidadoso, pero sé que después de mi paso por la grieta, si consigo salir de aquí sin hacer ruido, tendré que volver en algún momento y reparar lo que haya roto. Eso suponiendo que no deba dar explicaciones a algún vigilante.

Temo que, en lugar de un guardia, quien me apunte con la linterna será un miembro de la policía, armado y asustado, lo que complicaría mi situación.

Lo difícil, ahora que miro la pared lechosa que tengo enfrente, es encontrar la salida de emergencia. Fiarme de lo que me han enseñado en todos los cursos de seguridad a los que he asistido desde hace años: que tras esas letras del fondo con el muñeco en permanente huida me espera una zona segura. Ya no lo tengo tan claro. Tengo la sensación de que lo que me han explicado en mi adiestramiento no me servirá de nada.

Imagino que lo más apropiado es detenerme un momento a escuchar. Me aproximo a una falsa puerta, también blanca, con una textura de biombo, o como el reverso de un decorado, y empujo la hoja. Me deslizo al interior de una sala. El suelo ha sido utilizado a menudo, porque presenta unas marcas dejadas por un calzado. Es un recibidor. Curioso nombre para esa parte de una casa: es el lugar que nos acoge, que pretende crear en el visitante una buena impresión del resto, pero casi nunca ofrece pistas de cómo es el habitante de ese espacio, ni nos tranquiliza acerca de la bondad de sus intenciones. Por eso me alzo de puntillas y examino el fondo de la estancia, miro hacia un margen de luz que cae como una plomiza cortina.

Abro las orejas, todas las que tengo, y escucho. Recuerdo una canción: “A veces un zapato se abre / me llama por mi nombre. / Me conoce de algo y yo me hago el simpático”. No, definitivamente no es una canción: es algo que he leído. Cruzo la cascada de luz, que me divide en dos, me abre una frontera en la cabeza: a un lado, en la penumbra, puedo tantear con los dedos el muro, y al otro lado estoy caminando por una patria extranjera. Ni uno ni otro lado reúnen la cantidad de elementos suficientes para que yo sepa en qué lado he de situarme.

Una tos retumba a lo lejos, tal vez procede del piso superior, pero aun así me palpo los bolsillos para comprobar que no la he emitido yo. Los techos no son excesivamente altos, las esquinas están impecables, la sala es estrecha e interminable, el aire está limpio. Me invita a seguir avanzando. Sigo una delgada tubería. En mi formación, allí, en el mundo exterior, aprendí que, en caso de desorientación, conviene seguir los elementos imprescindibles como tubos o cableados, porque siempre tienen un punto de inicio o de finalización. La sala se va estrechando, hasta que me encuentro con que estoy en un pasillo, y llego ante un muro de hormigón. La tubería es engullida por el hormigón y no tengo más remedio que detenerme.

Recorro de nuevo el muro, en sentido inverso. Siempre puedo retroceder. No me cuesta convencerme a mí mismo de que estoy aquí únicamente porque me he empeñado en ir hacia delante. He caminado, o vagabundeado, sin un plan. De todos modos, ¿quién podía resistirse, en un primer lugar, a una abertura imprevista en la pared? Antes de este pasillo me había perdido en una sala. Antes aún me extravié en una grieta, un hueco por el que apenas podía deslizarme y que, sin embargo, me proporcionaba un interior acogedor una vez me dejé tragar. Con la certeza de una corriente de aire que ahora es mi perdición, entré en el vientre de estos edificios históricos. Culpo parcialmente de mi temeridad a un tedioso día tomando medidas dentro de un edificio antiguo que apenas he tenido tiempo de investigar. Normalmente no actúo así: me gusta venir al trabajo preparado, con un estudio concienzudo de la planta. Pero resulta que urgía mi opinión para decidir cómo restaurar las entrañas de este gigante dormido.

Algo no va bien en el edificio donde me encuentro. ¿O estoy en el límite de los dos emplazamientos antiguos que ocupan esta parte de la ciudad? Todo funciona al contrario de lo que mi instinto me señala. No es que la intuición me haya abandonado, sino que se ha decidido a incordiarme. Hasta mi organismo se comporta al contrario de cómo lo hace habitualmente: gotas de sudor tibio me recorren la espalda, y noto que me falta el aire, aunque estoy en un sitio donde no parece faltar el oxígeno. Es más: junto a este otro muro recibo un tenue pero continuo soplo de aire que procede de debajo de otra puerta.

Esta es una puerta corredera que logro abrir sin esfuerzo. Nunca he estado en Japón, pero así es exactamente como me imagino que deben deslizarse esas puertas de papel traslúcido que allí llaman shōji. Cuando estudiaba se puso de moda ver proyectos que incluían separadores móviles como este, que cumplían funciones diferentes según las necesidades de la habitación donde se instalaban. Por aquel entonces, la desorientación del visitante me resultaba divertida.

Si me vienen a la mente recuerdos como este, sin duda es porque me encuentro, aunque solo sea de una forma ilusoria, en un sitio que no reviste amenaza. Sin conocer el sitio, percibo estímulos, como el olor a pintura, el eco y su amplitud robados a mis pisadas, una muestra de cinta adhesiva en el suelo, que me resultan muy familiares. Si además viera una persiana, y una mesa larga llena de arañazos y de manchas de tinta, prácticamente sería como teletransportarme, como si hubiese accedido a mi oficina a través de una fisura en el espacio. Mi existencia se encuentra rodeada de objetos impersonales, y ellos a su vez existen por la precisión de su uso.

Percibo unas siluetas en la penumbra, pero están tan quietas y silenciosas que sólo pueden ser artificiales. Me acerco a la primera que tengo a mi izquierda, y levanto la mano. Toco la figura, audazmente ejecutada. Vuelvo al estado de inquietud parcial al alcanzar la parte que corresponde a la cabeza de lo que distingo como una criatura de madera. Cuando comprendo lo que estoy tocando, retiro inmediatamente la mano, porque sabiendo que se trata de un ser creado por un hombre, despierta en mí una atávica aprensión.

Acabo de apartar la mano de un bulto poligonal que, tras un examen superficial, se desvela como lo que es: el ojo simple de un insecto.

OCELO

Un consejo de insectos antropomorfos se ha congregado a mi alrededor. Uno de ellos conserva todavía una piel de plástico protector, y a pesar de que se encuentra de perfil, ninguno de mis movimientos escapa a su vista. Como no aparece ninguna persona, considero que son estas esculturas quienes se ocupan de montar guardia. Algunos se hallan de espalda, interrumpiendo el paso. Debo rodear las figuras para observarlas. Algunas están incompletas: parecen modelos para marcar el espacio que ocuparán las que vendrán más tarde.

La falta de luz me impide descifrar las expresiones de sus rostros. Pero sí identifico los órganos de visión, profundamente oscuros, impenetrables. Gracias al cambio de escala compruebo que, en efecto, los ojos de los insectos no sirven únicamente para la observación de aquello que se cruce en su campo. También oculta el interior de sus pensamientos. Sus ojos devuelven un reflejo opaco, son como córneas invertidas que se tragan la luz. Sus ojos son cúpulas, y para nosotros las cúpulas son formas aberrantes. Por eso dejamos de emplearlas con el nuevo siglo. Por eso hemos aprendido a tolerar los arcos, pero hoy tendemos a las líneas rectas, a las perpendiculares, a interrumpir fórmulas que nos proyectarían hacia un infinito.

Además, los sentidos de los insectos funcionan de forma muy diferente. La vista, desde su perspectiva, debe parecerse más al tacto, o a la intuición, que al encapsulamiento de una imagen. Siempre he atribuido el sentido de la visión a los bastones o las antenas que se mueven de esa manera que me causa tanto rechazo. Lo que más me inquieta de los insectos, aparte de su rapidez, es su silencio, los pequeños pelos que algunos tienen en sus patas, las formas acabadas en punta, y esos movimientos tan incomprensibles. Eso y su tremenda resistencia, su vida entre las paredes y las grietas, su capacidad de reproducción. Me aparto de las figuras, que muestran unas extremidades humanas inquietantemente realistas.

Por unos momentos me pregunto cómo seré visto por uno de estos animales. Si se encontrarán una forma circular, oronda, completamente distorsionada de mí mismo. Si conservarán en su sistema nervioso algún antecedente que les permita descifrar las intenciones de un humano, o simplemente perciben una sombra a la que responden con el inmediato instinto de huida.

Desde que el ser humano puso su ojo artificial, con lentes de aumento, sobre las patas de una pulga, en el último cuarto del siglo XVII, se dio cuenta de que ya no temería al insecto por la cantidad de ejemplares existentes. Desde el momento en que amplió la precisión de su vista, el hombre supo que habría de temer la configuración, tan nueva y a la vez reconocible, del propio insecto.

Localizo una escalera que lleva a una planta superior. Antes, me acerco a la escultura cubierta por un plástico. Al retirar la protección levanto una nube de polvo que me provoca un violento estornudo. Cierro los párpados.

PÁRPADO

Un párpado puede ser una sábana. Puede ser una playa, o una de las capas centrales de una tarta. Puede ser la portada de cartón de un cuaderno, o la almohadilla entintada donde se estampará un sello de caucho. Un párpado es un fragmento de corteza reblandecido por la lluvia, una sopa espesada, una piel de patata.

Una vez, cuando era niño, vi brotar de una patata un nido de arañas. Incontables crías de un tamaño no mayor que la punta de un alfiler se esparcieron por el suelo de mi cocina en una absurda coreografía que no dejaba de tener su particular sentido estético. Era como si actuaran para satisfacer mi asco.

Abro los ojos y creo ver esas crías de araña recorriendo la pared que envuelve la escalera por la que voy ascendiendo a trompicones, todavía agitado por el ataque de la nube de polvo.

Llego a la siguiente planta y veo, apoyadas en el suelo, montones de fotografías de grietas y rendijas. Estas imágenes son un elemento mucho más común en mi trabajo. Cada día encuentro en mi oficina fotografías de fisuras en paredes, claro que no tienen la belleza que observo en estas. Las fotografías que llegan a mi mesa son anodinas, sistemáticas, y poseen una única función: demostrar el rumor de un derrumbe. No proporcionan contexto, sirven para evitar que su analista (es decir, yo) tenga que desplazarse al lugar donde la grieta se va abriendo. Yo prefiero acudir al lugar de la grieta, y siempre que puedo me escapo, cuando no hay nadie en el edificio, para observar la abertura, ver en vivo ese accidente en suspensión.

Para el mundo exterior, la grieta es una indicación de que algo no funciona. A la gente le pone nerviosa una grieta en el techo de su cuarto de baño, aunque sea algo muy habitual, y casi nunca signifique nada importante. A menudo me encuentro mirando esos resquicios, examinando mi vida a través de ellos, dejando divagar mi mente, siguiendo los arañazos y los desprendimientos, las diferencias de colores, el fondo que una vez se encontró cubierto por capas de nuevas pinturas, la textura de los materiales, la senda de la grieta como si se tratase de un río y yo pudiera abarcar de un vistazo su nacimiento, el recorrido y su desembocadura.

En realidad, la grieta indica que algo sucede en el interior del edificio, no necesariamente es un aviso de derrumbe. Puede ser un ronroneo de los cimientos, una señal de asentamiento, un cambio de peso. Un edificio es un cuerpo (hay quien diría un templo), y no todo el mundo resiste tanto tiempo de pie sin un quejido, sin un movimiento y sin rumores ni ángulos ni resquicios. Aunque no dialogue, un edificio es un espacio que contiene su propio idioma. Un cuerpo guarda en su interior miles de insectos, actuando como guardianes, a falta de ese ocelo característico de las cámaras de seguridad.

Me pregunto si este cuerpo tiene ojos, si habrá una cúpula. Un párpado cerrado es una cúpula que envuelve otra cúpula.

PESTAÑA

Mientras subo al piso superior, me desprendo una mota de polvo que se había quedado adherida a la pestaña. La primera vez que tuve conciencia de que me observaban tenía siete u ocho años. No paraban de decirme lo largas que tenía las pestañas. Nací con ojos claros y pestañas larguísimas y eso parecía suplir cualquiera de mis otros defectos.

La gente me miraba con insistencia las pestañas. Se ponían a mi lado y observaba asombrada su curvatura. Creo que lo que más les admiraba era que no se rompiesen. Me preguntaban si me molestaba al mirar, si notaba el peso, si me las cuidaba de algún modo especial. Yo no comprendía aquel interés por mis pestañas, y sólo empezó a molestarme cuando me enteré de que me habían apodado «ojos de bicho», demostrando así que unas características que resultan hermosas dispuestas aisladamente pueden causar rechazo cuando las unes en un espacio muy reducido.

Con la mota de polvo, sostengo una de mis pestañas. Soplo sobre mi dedo. Una idea es como una pestaña que se pierde, como un problema que se abandona. Me encuentro ante un bosque que me recuerda a los bosques de chopos que solía ver desde el asiento trasero del coche de mis padres. Nunca nos deteníamos en ese punto de la carretera, y por eso nunca he estado en el interior de una de esas arboledas. Con todo, he logrado imaginar que los recorría, que podía perderme entre esos troncos altos y delgados como pestañas, levantando hojas con cada una de mis zancadas.

En mis pesadillas también me he visto perseguido por enormes árboles cuyas copas se perdían en un intenso cielo morado. Algunos se volvían también contra los demás peatones, la materia reaccionaba contra sí misma, y la naturaleza se comportaba de manera antinatural.

Los árboles presentes en esta sala permanecen quietos. Pero cuando paso entre ellos percibo, de un modo muy vivo, que no solamente me vigilan, sino que además se giran hacia mí.

Al dejar la sala, pasando bajo el tímido resplandor de una luz de emergencia, creo ver a uno de los árboles cerrando los ojos. O ha seguido mis movimientos, o yo he perturbado su sueño tranquilo. En cualquier caso, un pinchazo de prudencia me anima a buscar, y cuanto antes, la salida más próxima de este edificio.

ALGORITMO

Si me han seguido hasta aquí, mis observadores han estado quietos, y yo he sido el único ser en movimiento. Ellos se estarán preguntando, o lo harán más tarde, si es posible dar con algún método de anticipar, o como mínimo definir, la arbitrariedad de mi recorrido por estas salas. Si tuviera las dimensiones de una hormiga, estaría perdido, y quien me observara comprobaría que mi orientación, así como mi importancia, es limitada. Del mismo modo que una hormiga entra en ansiedad cuando es rodeada con un círculo de tiza y es incapaz de hallar una vía de escape, así mis pasos son los del enajenado, el visitante a horas intempestivas, el errante.

Tal vez disfrutaría de lo que observo si hubiera otros seres como yo, justo delante de mí, desprendiendo algún tipo de hormona, determinando las rutas más apropiadas, asegurando la trayectoria que debo seguir, estableciendo conexiones que parecen elecciones muy particulares, pero en el fondo obedecen a una atracción que desplaza algoritmos desde un punto inestable a una solución firme. Se ha demostrado que hay colonias de hormigas que encuentran salidas poniendo sus conocimientos en común, aplicando fórmulas lógicas, apoyándose en miembros más experimentados para afinar sus patrones de búsqueda.

Pero en mi especie no acostumbramos a asociarnos según este modelo. Nosotros compartimentamos todo: el reinado, el grano, la muerte. Somos una suma de individuos que hace absurdo pensar en un algoritmo por encima de nosotros que actúe según las mismas matemáticas. Las fórmulas están para comprender nuestra intrusión en este mundo.

Sé que la salida se encuentra cerca, pero no aquí. Ni siquiera mi problema va de hallar una puerta. Va de alguien que deja atrás una pared.

GRIETA

Localizo otra abertura. Si mi sentido de la orientación no falla, debería llevarme de vuelta al edificio de origen.

Es otra abertura, otra grieta, pero eso es lo de menos. Siempre hay una sola forma de entrar a un lugar (puesto que ya la hemos recorrido, y es esa única la que importa), y multitud de posibilidades de salir de aquí, aunque una grieta de entrada rara vez conduzca a una salida evidente. En cambio, una grieta externa puede comunicar con otra abertura interior que lleva a otra hendidura, y finalmente puede devolverte a un lugar completamente desconocido.

Yo creía que mi trabajo era, además de entender y conocer las grietas, crear una estructura dentro de la cual las personas puedan continuar teniendo ideas. Pero con el tiempo he comprendido que mi trabajo es más bien una excusa con la que escapar a mis ensoñaciones.

Mis ensoñaciones me han llevado, precisamente, a descubrirme ante unos insectos, recordar mi ocupación, explorar furtivamente mi pasado, transitar por deseos incumplidos, y recorrer una noche vacía.

No me he encontrado con nadie. No he hallado de dónde procedía el golpe de tos que escuché hace un buen rato. Tal vez debería volver de día, dentro de un mes, cuando el edificio esté abierto al público y yo me pasee como un espectador más, y pueda observar a la colonia de asistentes, sabiendo antes que ellos, o al tiempo que se despierta su trazado, lo que está por acontecer.

Por mi parte, prefiero perderme en esta última grieta, aunque no esté marcada, ni exista en su configuración pista alguna que me lleve a concluir que voy por buen camino.

– FIN –

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El ojo del arquitecto (2018), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.