Ilustraciones de Noel Jándula Alarcón.

Jorge no había visto nunca un dragón tan grande como el del centro cívico.

A pesar de contar diez años, ya sabía que podía encontrar pocos lugares tan raros como aquel. El año pasado deambuló por unos pasillos repletos de mesas altas donde se exponían los sellos más singulares que podían verse bajo un mismo techo, al menos eso anunciaba el cartel; vio un sello alemán de 1945 cuya esvástica se había ido decolorando por efecto del sol. Anteriormente acudió con su abuela a un festival de «películas cristianas», entre las que destacaba la historia de una niña oriental que perdía sus extremidades en un accidente de tren, conmoviendo sobremanera a su abuela y a las amigas de su abuela. Y en la primera visita que recordaba, sus padres le llevaron a una muestra de instrumentos de tortura y ejecución que se parecían mucho a las herramientas que sus abuelos guardaban en la cuadra de la casa del pueblo. De hecho, olían exactamente igual: a madera húmeda, a polvo y olivo.

Con todo, no esperaba encontrarse con un dragón de diez metros de altura fabricado con papel y cola blanca y una estructura de alambres. La criatura ocupaba el centro de un amplísimo espacio interior vacío, con la cabeza que rozaba uno de los tubos fluorescentes y la cola que había sido modificada con la idea de mantenerla encerrada en la habitación. El dragón estaba pintado de un morado intenso, y los ojos eran negros, con enloquecidas pupilas rojas. Jorge quedó fascinado. De pie frente al dragón, no se atrevió a rodearlo para observar sus dimensiones: la fiereza de su expresión, con los dientes amarillentos y la lengua afilada, dejaron a Jorge como hechizado, invitándole a quedarse quieto y dejarse comer.

Su madre echó un vistazo al lugar, sin aspavientos. Reconoció una voz familiar fuera de la sala y el niño quedó a solas frente al dragón. Jorge perdió la noción del tiempo, el dragón se inclinaba sobre él y mostraba sus duras escamas empapadas en témpera y una ausencia total de compasión. En ese momento, solo quedaban Jorge y el dragón.

Jorge se acercó un poco más a la figura, dando pasitos muy cortos. Puso la mano en el muslo, que se parecía al de su gato cuando se colocaba erguido sobre sus patas traseras, aunque sin pelos. Deslizó los dedos por la áspera piel llena de poros abiertos. Miró hacia arriba, como su padre cuando quería hacer fotografías a una catedral, y vio que el dragón se había movido.

No podía estar completamente seguro, pero algo en ese cuello se había desplazado apenas unos centímetros, lo suficiente para interrumpir sus caricias. Se fijó en las uñas del dragón, y admiró por un instante el trabajo realizado en gomaespuma. Sintió un soplo en la coronilla y se giró rápidamente. Seguía sin aparecer nadie por allí. Ahora estaba convencido de que ese dragón era un ser vivo, de que los cuentos tenían una base real.

Primero decidió huir, pero su curiosidad era mayor que toda la prudencia de aquel reino. Así que tocó de nuevo al dragón, esta vez en el vientre. Percibió un crujido en sus tripas, un sonido en el interior de su palma como de una articulación metálica retorciéndose. El resoplido se repitió más fuerte y recorrió entera su espalda.

Cuando se dio la vuelta, los ojos iracundos del dragón estaban a su altura, parpadeando como si éste acabara de despertar de una pesada siesta. Jorge hipó, esquivó la cabeza del bicho y fue corriendo hacia la puerta. El dragón atrapó a Jorge de la camiseta, enganchándolo con uno de sus colmillos enormes, y lo alzó. Jorge vio empequeñecer las losas del suelo y quiso gritar, pero no podía. El cuello de la camiseta le oprimía la garganta.

Pataleando en el aire, Jorge intentaba zafarse del colmillo del dragón, sin éxito. El dragón lo lanzó hacia arriba, Jorge se golpeó contra el techo y cayó dentro de la enorme boca de aliento a trapo húmedo y comida descompuesta. Se aferró a uno de los pequeños incisivos que cerraban la hilera de la dentadura del dragón y comenzó a trepar. El dragón echaba la cabeza hacia atrás para que Jorge terminara de caer. Tras varios intentos, abrió la boca y se inclinó hacia abajo. Jorge no aguantó más y se soltó, rodando por la lengua caliente del dragón, que cerró la mandíbula a tiempo para no soltar a su presa. El dragón tragó y Jorge se precipitó a su interior. De no haberse convertido en aperitivo de un dragón, la situación sería muy divertida.

Jorge aterrizó sobre un charco de agua y tejidos que parecían vendas. Estaba en penumbra, aunque llegaba algo de luz del exterior. Se incorporó, con el agua llegándole a la cintura. Vio flotando gorras y un pantalón corto. Empezaba a hacer mucho calor allí dentro. El dragón se detuvo y entonces pudo escuchar a su madre llamándole. Devolvió los gritos de llamada, pero la única respuesta que obtuvo fueron unos tacones que salían de la sala.

Lo que vio Jorge en el interior del dragón

Jorge esperó un tiempo largo, sin esperanzas de ser rescatado. Comenzó a palpar el interior del estómago, buscando algún punto por donde escapar. Al final, cuando estaba a punto de desistir y echarse a llorar, encontró un trozo de alambre. Como era un buen buceador, se metió en el agua y perforó la barriga del dragón con el alambre. El dragón empezó a quejarse. Cuanto más fuerte pinchaba, más se retorcía el monstruo. Jorge consiguió encontrar un hueco entre la estructura construido en gomaespuma. Pensó que se les había acabado el papel de periódico en ese punto, y que habían continuado con otro material para forrar el interior de esa especie de cueva. El agua salió a borbotones del vientre y abrió una grieta lo suficientemente fuerte como para sacar la mano y después el brazo. Cuando se vació el agua, pudo escuchar unos pasos apresurados que corrían hacia él.

Tardaron unos veinte minutos en sacar a Jorge del interior del dragón. Intentó explicar lo sucedido, pero su madre le dijo que les había dado un susto tremendo, le dio un bofetón, lo estrujó contra su pecho y por último Jorge se encontró cubierto de besos y amenazas.

Jorge se quedó sin cenar esa noche, y tuvo que ayudar a reconstruir lo que había destrozado. Procuró no quedarse solo mientras envolvía con cola y gomaespuma el vientre del dragón. Dejó accesible el trozo de alambre con el que se salvó, y se aseguró de que la abertura de salida fuese unos centímetros más ancha.

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Jorge y el dragón (2013), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.