LOS TURISTAS

Si es posible, siempre evito abrir la puerta cuando llaman. No creo que la gente deje de llamar por ello, pero es una estrategia principalmente pensada para evitarme disgustos.

La variedad de personas que acude a mi casa es amplia, y todas son para demandar algo: un cambio en la línea telefónica, un rato de atención para conocer el plan de salvación de mi alma, el mes y medio de alquiler que debo, un donativo para los refugiados, un vistazo al tomo R de una fabulosa enciclopedia, mi firma para aprobar reparaciones en la azotea, la elección de un libro entre las muestras de un catálogo que arrojé a la papelera el mes pasado, mi opinión sobre las últimas elecciones generales, o ayuda para levantar a una anciana que se ha caído mientras limpiaba para la llegada de la señora de la limpieza.

Todas son personas de paso, a menudo olvido sus caras apenas cierro la puerta y con ella la conversación; incluso cuando en algunos casos la visita es puntual y puedo adivinar por la fecha de quién puede tratarse. La interacción con ellas es automática, de escaso o nulo interés para mí. Solicitan cosas concretas, lo que es de agradecer; pero son relaciones humanas simples, y ninguna de sus preocupaciones me estimula, ni intelectualmente ni de ninguna otra forma.

Debo transmitir la sensación de que sus vidas me importan. Escucho sin interrumpir, me disculpo con una gama de excusas que en su día preparé para ello, y al despedirme dispongo de varias fórmulas que inspiran amabilidad. Estoy convencido de que piensan que soy un hombre civilizado, que es una suerte encontrarse con personas así de serenas y atentas. Que a pesar de que no se han llevado nada, al menos han tenido una charla agradable.

Tengo un único oído sano y la vista borrosa, pero en ambos sentidos mi agudeza es sorprendente. Así, he conseguido identificar por medio de ellos a la mayoría de personas, o de peticiones, que pasan por mi casa. Cuando la conversación ronda sobre materia económica, se percibe la timidez, y conviene no dar señales de vida para evitar un segundo o hasta un tercer intento. Si la cuestión es administrativa, el golpe en la puerta es corto y seco, dando a entender con ello que por el momento no es urgente. La gente problemática es insistente, y al prestar atención a cómo replica su llamada en las puertas de los vecinos, se detecta cierto aspecto ritual, más cercano a una invocación que al simple establecimiento comunicativo. Una combinación de golpe corto con un ritmo de súplica, y un compás de espera de 2/4 apunta a petición de ayuda de un vecino; en mi caso del piso superior o inferior, dado que el inquilino de enfrente es casi un fantasma, y en consecuencia casi perfecto.

Además, hace un mes desactivé el timbre, por lo que ya es obligatorio tocar en la puerta, y esto me proporciona una pista adicional: si quien está al otro lado intenta accionar el interruptor, es un buen candidato a nuevo visitante. Sin embargo, el método no es infalible, porque hay quien día tras día, semana tras semana, utiliza primero el interruptor por si acaso. Entonces tengo que afinar mi oído para este otro lenguaje, de código distinto al de la madera.

Hace unos días, a las siete de la tarde, estaba apilando cajas en la entrada cuando escuché unos golpes en la puerta. Una reciente ruptura sentimental me llevó a la fortuita decisión de mudarme, y hacerlo en el menor tiempo posible, lo que ha ralentizado mi capacidad de reacción. Paré de colocar cajas y me puse a analizar el nuevo estilo de golpeo: eran unos suaves toques (entre cuatro y seis) con un compás de 3/4 entre cada bloque, con un crescendo hacia el final, dejando los nudillos apoyados en la puerta antes de emprender el siguiente conjunto, y con un anillo apuntalando la llamada. No había rastro del ruego de quien acude a pedir. El autor de la llamada tenía una gran paciencia, y ahí residía su peligro.

Mi primera intención fue aguardar y no hacer ruido. Ir sigilosamente al mirador y comprobar quién estaba perturbando mi mudanza. Pero cometí un error: había dejado la bombilla del descansillo encendida. Desde el otro lado, con una rápida mirada al suelo, era fácil dar con un rayo de luz delator. Si me movía, mi sombra evidenciaría que había alguien allí y no quería, o no se atrevía, contestar a la llamada. Sólo podía abrir y comprobar quién era. A estas alturas, creo que ha quedado claro que, si bien me oriento con seguridad en estas situaciones, soy incapaz de disimular que no me encuentro en casa. Este cruce entre desenvoltura y vergüenza es un rasgo típico de mi personalidad, como precisamente estaba a punto de demostrar.

Comenzaron a llamar más fuerte, como lo haría una presencia molesta en una sesión de espiritismo. Abrí esperando encontrar al otro lado una figura alta y sombría anunciando el fin de mi estancia en este mundo, un brazo huesudo indicando que tendría que hacerle compañía al valle de los huesos secos. Pero en lugar de eso me topé con una pareja de tímidos turistas.

—Seguro que ya está harto de que llamen a su puerta, ¿verdad?

Saqué medio cuerpo y miré alrededor.

—¿Perdón?
—Fue aquí, ¿a que sí? Aquí estuvo viviendo entre 1998 y 2001.
—La verdad es que llevo tres años viviendo aquí… ¿quiénes son ustedes?
—Unos admiradores de su obra.

No se atrevían a preguntar si podían entrar un rato. Me hice a un lado y les dejé pasar. Quería poder verlos mejor bajo la potente bombilla de la entrada. Me enseñaron la portada del disco del músico que vivió bajo mi techo la misma cantidad de tiempo que yo. Y yo sin saberlo.

—Gracias por dejarnos pasar, es un detalle.
—Qué interesante es su ciudad, justo aquí al lado están también realizando visitas de estudios de arquitectos.
—Sí, esta calle es conocida por la cantidad de creadores y famosos que viven aquí —dije.
—Increíble.

Por supuesto, me lo inventé sobre la marcha. Era una pareja joven, algo descompensada en su apariencia física. Ella era alta, con el pelo lacio y negro azabache, con unas pestañas larguísimas; miraba al suelo y sonreía con los hombros y con movimientos de cabeza muy japoneses. Él era fuerte y guapo, pero al ser un palmo más bajo y caminando tan recto su presencia pasaba desapercibida muy pronto. Entre ambos sumaban tres colores: blanco, añil y gris. Eran los accesorios de turista lo que los delataba: cámara al hombro ella, libreta y mapa él (aunque plegado, se veía que era un mapa). De no ser por eso, pasarían por compañeros de trabajo en una feria de turismo (esta ciudad está llena de ferias y de compañeros de trabajo), o por azafatos como los que organizan viajes en autobús. Pero qué importaba, eran personas que siempre estarían situadas a un lado o al otro de esa costumbre llamada «fin de semana en otra ciudad». Eran muy simpáticos, pero no me traían buen recuerdo porque fue precisamente un viaje de este tipo el que marcó la separación de mi novia. Así que los veía con una extraña mezcla de nostalgia y rencor, y eso sin conocerlos de nada.

A mí me enseñaron que hay que ser hospitalario, de modo que les ofrecí asiento en mi salón y algo de beber. Como ya me había quitado los muebles de encima, salvo una mesa, un cuadro, el televisor y poco más, utilizaron unas cajas cerradas a modo de silla. Tenía previsto trasladar a esa habitación un colchón. Allí pasaría los últimos días antes de desocupar totalmente el piso. Estaban algo cortados, incluso después del entusiasmo del inicio. Se miraban a los ojos y sonreían. Me dieron envidia. Parecía una de esas parejas en las que los dos se comportan como buenos amigos, más que como amantes. Ni siquiera llegamos a ese punto cuando mi novia y yo nos tomamos nuestro descanso sin fin.

Se conformaron con los vasos de agua tibia del grifo que les acerqué. Me disculpé por el desorden. Era verdad que no quería incomodarles con tantas cajas y objetos desperdigados por ahí; no es apropiado rodear a un desconocido de cosas que no estén en su sitio.

―Entonces, ustedes dos ―dije―, han venido hasta aquí para ver mi piso.

Traté de ser cordial, pero algo en mi tono les hizo abrir los ojos como discos. Su acento era de Centroamérica, pero no sabía localizar exactamente el origen. Él tenía rasgos criollos.

―No pasa nada. Yo también vendría a mi piso.
―Nos gusta su calle… y la ciudad. Es muy bonita. Nos dijeron que en verano el calor era insoportable.
―Que era muy seco, y que había demasiado turista.
―Puede ser agobiante, pero supongo que todo depende de la disposición con la que uno vaya… en un plan como el suyo, yendo a ver aquello que poca gente conoce, incluyendo a quienes vivimos aquí… seguro que sacarán algo positivo.

Con estas frases es como uno gana amigos para toda la vida. Se relajaron, les dejé hacer todas las fotos que quisieran y recorrer la casa a su antojo. Hice palomitas con extra de sal y descorché para ellos una botella de vino blanco. Hacían la mitad del viaje a través de un crucero, y la otra mitad de sus vacaciones irían caminando, sin planearlo demasiado.

Les pregunté por el músico que vivió aquí. Me contaron que esta casa (hacía poco que el tipo había muerto, así que su información procedía de la prensa especializada) fue una especie de refugio creativo y emocional para él; de hecho, fue el último buen período de su vida, dado que se mató de un disparo en el corazón, afortunadamente en París, donde están más que acostumbrados a que los artistas se salgan del tiesto. No podía apetecerme menos la perspectiva de haber compartido piso con el fantasma de un decadente y previsible músico aficionado a las crisis de ansiedad.

Estaban convencidos de que este reformado edificio de la posguerra civil tenía cierta característica, quizá en la orientación, o tal vez en la profusión de adornos de hierro de la fachada, que impulsaba a los genios a encontrar una paz que les ayudaba a seguir creando. Yo no quise contradecirles, no me gusta entrar sin permiso en las ilusiones y los tópicos que hacen felices a los demás y derribárselos por muy incautos que sean. No tolero esa falta de piedad.

En cambio, les invité a cenar. Pedí sushi y arrimamos unas cajas a la mesa del salón. Revolví entre las cajas y, sin sacar el equipo, logré enchufarlo y poner el disco. Yo esperé a escuchar una voz muy castigada, o más bien anhelante de castigo. Pero era música instrumental. Los turistas cerraban los ojos en aquellos momentos concretos donde la música cambiaba de textura. Por sus gestos descubrí cuáles eran las partes que tenían un significado importante. También las que formaban parte de un paisaje cotidiano, como cuando aprovechaban para levantarse para ir al baño o decir unas palabras que eran verdaderos enigmas. Me recordaron a Lidia y a mí en nuestros mejores tiempos.

Yo no conseguía interesarme por la música. A la tercera o cuarta pista del CD dejé de escuchar. No cabía duda de que los músicos eran buenos, que ponían empeño en encontrar algo detrás de las melodías y de los cambios imprevistos de ritmo. Se notaba el esfuerzo por llenar las canciones de sustancia, y su base rítmica estaba muy compenetrada. Pero los turistas merecían mayor atención, su voluntad era más fuerte que la de nuestro raro hilo musical. Me embargaba la duda de si mi dificultad para entender la música moderna, especialmente el rock instrumental (el disco empezaba a ponerse repetitivo, o progresivo, según dijeron los turistas), se debía a mi falta de oído. El caso es que tampoco lograba sentir nada especial. No detectaba eso que mueve a otros a leer o escribir artículos, coleccionar recopilatorios y buscar rarezas, compartir las canciones sin pudor o escrúpulo alguno, rebuscar objetos relacionados, asistir a los mismos conciertos una y otra vez (más con el deseo de poder decir que los han visto en vivo, que por someterse a la habitualmente frustrante constatación de que son seres humanos), o pasar por los lugares que esos músicos han recorrido como si de santuarios se tratasen. Por esto mismo no puedo evitar sentir una pizca de orgullo al padecer de amnesia selectiva con la música posterior a la década de los cincuenta del siglo XX. Hay en la llamada música popular un componente social, una aceptación tan patente (casi ineludible) que me trastorna.

Supe por los turistas que existe en la ciudad un museo dedicado al rock. Me dijeron que un periodista radiofónico había pasado años buscando una salida viable a su colección particular (que contenía desde ediciones extranjeras y entradas de conciertos míticos hasta un curioso muestrario de retales y fragmentos de piel de varias leyendas), y al final había decidido montar un espacio con una colección permanente y una sala temporal. Tampoco conocía la dirección que me facilitaron, pero en las ciudades grandes no suele sorprender que sus habitantes salgan poco de los entornos en los que están más seguros.

Se hizo de noche y yo no podía contener mis bostezos. Esperamos a que el disco terminara con un estruendo final, la grabación de una tormenta desértica (eso afirmaba el libreto, que estudié con detenimiento), y con un lamento del músico que vivió en mi piso como único registro de su voz, mucho más aguda de lo que esperaba, tras escuchar los detalles sobre su tren de vida que los turistas tuvieron a bien explicarme. En algún lugar del mundo, alguien está rodando un documental sobre él, y luego dejará de filmar.

Eran personas verdaderamente encantadoras. Me ayudaron a recoger los restos del sushi a domicilio, y me dejaron su dirección electrónica, con la promesa de mantener el contacto. Habían visto muy poco de la ciudad, pero el rato en mi casa les había proporcionado el que sin duda sería el recuerdo más increíble de su paso por Nedham. Les acompañé a la puerta. Nos deseamos buenas noches, y en sus ojos era verdad que me deseaban una buena mudanza. Por cierto, cuando precinté de nuevo la caja donde tenía el equipo de música, su CD seguía girando en silencio. Hasta que no bajaron en el ascensor estuve dudando seriamente si acaso debía decirles que no nos encontrábamos en Nedham.

El caso es que se les veía tan entusiasmados, tan satisfechos. Quién demonios era yo para estropearles el viaje con un detalle tan vulgar.

-FIN- 

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Los Turistas (2017), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.