José Antonio Garriga Vela: Garriga ReVelado (parte 1)

Resumen: Primera parte (de tres) de un estudio sobre la obra del escritor, barcelonés de Málaga, José Antonio Garriga Vela. Aquí abordo sus novelas Muntaner 38, El vendedor de rosas, y también El anorak de Picasso, puerta de entrada a su literatura.

Hay libros a los que no puedes engañar, libros que te leen y forman un puñado muy reducido en tu historial de lecturas, por muy extenso que sea; ese puñado es similar en todas las personas, lean mucho o poco. Existen libros que te animan a exagerar el impacto de otros libros encajados entre ellos, que tan solo te gustaron o interesaron, o te hicieron pasar un buen rato, pero que necesitas idealizar para matar esa necesidad de encontrar más de aquellos otros, de los libros que no están. Hay libros que quieres dilatar, que no deseas ver concluidos, aunque la posibilidad de volver a empezar siempre está presente.

Al pensar en esos libros que me leen, tengo que mencionar obras como Tiempo de silencioLibro de las memorias de las cosas,  La buena letra… es decir, libros que hablan de la búsqueda en el pasado a través de los propios ancestros, de un mundo local y cerrado (no necesariamente rural ni castizo); no resultan muy atractivos por su argumento, ni siquiera por su forma. Pero por intuición, cuando los he leído suelo creer que pasarán años hasta que vuelva a toparme con otro que pueda hacerles compañía. Son libros que acuden sin aspavientos, y sin aspavientos deberíamos recordarlos.

El más reciente de esos escasos libros es la segunda novela de José Antonio Garriga Vela, Muntaner 38. De inmediato pasé a leer El vendedor de rosasLos que no están, y Pacífico. Completé esta inmersión con El anorak de Picasso, donde se incluyen las claves básicas para explorar estos libros. Al seguir el orden cronológico de este conjunto de obras, he podido ver la evolución del autor, fijándome no tanto en el estilo como en la profundidad de exploración de una serie de temas e inquietudes muy concretas; esto es algo que nunca había hecho, porque mis lecturas son muy aleatorias: rara vez he querido abarcar en su totalidad la obra de un escritor. El resultado: meses sin aparecer por las redes sociales, montones de notas caóticas (muchas las extravié en un traslado de residencia que ha servido de contexto emocional), pérdida de contacto con la realidad, montañas de silencio.

Mi interés por Garriga Vela surgió al final de una cena. Cuando las cenas declinan no somos capaces de mentir. Paco Robles, editor de Candaya, me preguntó si conocía a José Antonio. Yo respondí que no sabía nada de él. Me comentó que había hecho una ruta contraria a la mía: él era de Barcelona, pero vivía en Málaga. Naturalmente, lo que me despertó la curiosidad fue el hecho de que escogiera Málaga para vivir. No es el peor sitio del mundo, pero supuse que habría alguna razón poderosa para ello.

El título de esa novela a la que su autor ha quedado tan inseparablemente ligado no me decía gran cosa al principio. Dudo de los lugares que quedan supuestamente impregnados de la energía o el alma de sus antiguos habitantes… sin embargo, creo que los libros piensan diferente: ellos sí que impregnan el templo que es nuestro cuerpo. De hecho, no he sentido la necesidad de acudir a Muntaner 38 (hasta que pasé por allí una vez, por casualidad); estoy convencido de que no podré ver lo que José Antonio describe en su novela, como tampoco me sentí atravesado por Lorca, Pedro Iturralde o Jorge Guillén en los cientos de veces que atravesé, con mi cuerpo listo para la inmersión creativa, el pasaje de Chinitas de mi ciudad natal. Aprendí esta lección cuando fui en busca del piso de Jaime Gil de Biedma junto al paseo de San Juan, en Barcelona, y comprobé que nada quedaba allí, al menos en la superficie… si algo hubo impregnado del genio de Jaime Gil de Biedma en las paredes del piso recién reformado, para hallarlo tendría que arañar el estuco de blanco nuevo que cubría el otro blanco, el triste; tendría que estropear el bonito ejercicio de restauración efectuado en el espacio, como curiosa analogía con el proceso de embellecimiento que la crítica ha volcado sobre su poesía.

El libro de Garriga Vela habla de una época de recortables y amputaciones. Son vivencias, antes que vidas entramadas; cada personaje está encapsulado en su propio hogar, como una celda. Y aunque se suceden capa tras otra de restauración, los personajes, como los espectros, se quedan allí no porque estén atados a un espacio sino porque así lo han elegido. La familia del narrador vive en un acuario. En el mismo edificio la gente come, muere, hace el amor, enferma, teme, se fusila, sobrevive, se queda dormida de pie, lentamente, en una indomable cotidianidad; y a medida que avanza la narración el edificio se va poblando de fantasmas. Nada parece indicar que pueda acercarse algo remotamente similar a las crisis contemporáneas. En esta época donde transcurre la novela, la inmediatamente anterior a mi nacimiento, no se hablaba de violencia de género, pero sí de atropellos, suicidios y puñaladas ocasionales. También de premios de lotería, de negocios nuevos que abren y de la expansión de las fruterías. Toma forma aquella expresión: “cada familia, cada persona, es un mundo; cada ciudadano un país”. Un país muy parecido al mío, con sus singularidades, y al tiempo su patente universalidad que permite que el recuerdo de los años se aparezca a ráfagas, como ocurre con las viejas supersticiones.

En mi infancia, mi mundo era mi calle; Barcelona estaba tan lejos como cualquier ciudad australiana. No pensaba demasiado en escapar de ese entorno. En los libros que leía tampoco se reflejaba esa idea: los mares de mis libros no podían ser más extensos que un solar, ni tampoco cabían en esas páginas personajes que no fueran los que encontraba en el ascensor cada día. Mi abuela materna, como ocurre con la del protagonista, se fue a vivir a un mundo de ficción: retrocedió a la niñez, y nunca llegué a pensar que no estuviese enferma, pues al principio era una extravagancia. Más tarde, cuando ya no era divertido, entendí que la ficción puede ser mortal y hace falta trabajar mucho en ella para que no nos pueda.

También tuve una señorita Enriqueta en primaria. Del mismo modo, soñaba con una Cristina (de nombre Ornella) que se mudó un tiempo del barrio para regresar convertida en otro ser más diminuto, más consumido y preparado para la nostalgia (en realidad, mi Ornella no regresó). “Somos hilos, bobinas, utilizados en el enorme taller del miedo, ignorándolo todo, sin querer saber nada de nuestro universo, de su estricta maquinaria”, narra el protagonista. Mientras tanto, recuerdo las tardes de costura en casa de mi abuela, con aquella antigua máquina a pedal, y pienso que el gran tema de la generación de Garriga Vela es el miedo; comprendo que quisieran quitárnoslo a los que hemos venido después. Pero por el camino se dejaron los portales sin portero, los carteles con la prohibición de dejar publicidad. Historias reales que son ficciones. Una historia triste que se difumina pausadamente. Y de paso un rencor, como consecuencia de no haberse podido conseguir lo soñado.

La puerta de entrada de Muntaner 38, en la actualidad

Desde que llegué a Barcelona, no he parado de escuchar que antes de los Juegos Olímpicos la ciudad era otra muy diferente; sin embargo, ahí están entre las páginas de Muntaner 38 los quioscos de las Ramblas, Las Golondrinas atracadas en puerto, el ajetreo del Barrio Gótico, las islas del Eixample (Ensanche en su terminología castellanizada), la plaza de George Orwell o la de San José Oriol. Están las calles al pie de Montjuïc que no aparecen en los satélites; no es este un libro que quiere ser un conjuro de la Barcelona previa al gran cambio, anterior al fin de la ciudad con su límite en la terminación de las Ramblas. Sí que está el Liceo previo al gran incendio, y el clásico comentario del hermanamiento entre la estatua de Colón y la Estatua de la Libertad. Como los compradores de los dibujos del protagonista del libro, rastreo las páginas intentando reconocer en ellas alguna huella de mi propia vida.

Cuando uno ha recorrido la mitad de las cerca de 200 páginas de Muntaner 38, las coincidencias son tantas, a tantos niveles, que la correspondencia ya deja de ser anecdótica; realmente piensas que el autor ha estado escribiendo sobre ti; te has transformado de alguna manera en su personaje, se ha producido el peligro que se describe en otro libro de Garriga Vela (El vendedor de rosas): todo lo escrito se convierte en real. Como se nos dice aquí: “es curioso cómo la vida va tejiendo una tela de araña donde quedamos enredados, como los pespuntes que se cosen en los trajes y que luego desaparecen. Una tela de araña que nos envuelve y nos relaciona a través de hilos invisibles”.

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En uno de mis últimos viajes a Málaga pasé por una exposición dedicada al paisaje, que recogía desde el naturalismo y el impresionismo de los primeros Van Gogh, Léger y Monet a las vanguardias catalanas; quedé hechizado por obras que en Cataluña no había encontrado: una vista del puerto de Barcelona por Eliseu Meifrèn i Roig, un atardecer perdido en una luz pálida (por entonces mi familia y yo vivíamos en un pequeño pueblo del Alt Penedès asediado por semejantes restos románicos) como los de Modest Urgell Inglada, los caminos heridos por los rayos solares que no han quedado atrapados en los entramados de los árboles que aparecían firmados por Rafael Benet i Vancells y que muchos confundiríamos fácilmente con los de Pissarro. También me sorprendió encontrar la salida nocturna de un pub de Leeds, de una época en que se temía a la luz artificial, por John Atkinson Grimshaw, o la imagen de un barco ennegrecido por la noche que pintó Caspar David Friedrich en 1835.

La pintura que más me cautivó fue una en la que el sol podía causar más daño a sus posibles habitantes. Un perro dormitaba en la sombra, junto a un muro tosco y estampado de musgo sucio; parece custodiar las pertenencias del hombre que vemos al fondo de la pintura, situado de espaldas a nosotros y concentrado en la vista del pequeño pueblo junto al mar. Es una postura quijotesca la del dueño del carro y del perro: quizá piensa que no sabe cómo continuar camino, mientras se cubre el rostro castigado por el sol; quizá, como Quijote y Sancho a su llegada a Cataluña, se empieza a dar cuenta de su condición de personaje, del sesgo de irrealidad que desciende sobre el paisaje. La sombra que delimita la parcela del perro y la firma de Santiago Rusiñol nos muestra una cruz que queda fuera del encuadre, que suele denominarse cruz de término o humilladero, aunque siempre he preferido su nombre en catalán: pedró. Málaga se permite además la redundancia de señalar un lugar llamado Cruz de Humilladero, una localidad al norte de la provincia, y también un distrito dentro de la capital que en el imaginario de mi infancia equivalía al lugar más lejano posible, el barrio al que nunca se iba y que alcanzaba proporciones de destierro.

Santiago Rusiñol: La cruz de término, c. 1891-1892. Óleo sobre lienzo, 79 x 100 cm (Museo Carmen Thyssen, Málaga)

Compré en la tienda del museo un punto de libro con el detalle del perro mirándonos, con el botijo y el zurrón sobre la estaca y un pedazo de cielo. Por la diferencia de azul entre el cielo y el mar, uno se da cuenta pronto de que se trata del Mediterráneo. Este punto de libro es el que ha transitado y dormido en las páginas de Muntaner 38 y de El anorak de Picasso durante mi lectura, precisamente acomodado junto a la anécdota que nos cuenta que fue en esta dirección donde Rusiñol fundó el Cau Ferrat, ese estudio-taller para las conspiraciones del modernismo que en 1892 se trasladó a Sitges. Sé que no es tan extraordinaria esta anécdota sobre mi marcapáginas, pero una cosa que nos enseña Muntaner 38 es que lo verdaderamente extraordinario ocurre como si nada, para no poner tropiezos a la verdad.

Es curioso cómo funcionan las anécdotas en los libros de Garriga Vela. La pistola del padre en el puerto de Barcelona, donde caían los saltadores en los últimos mundiales de natación. Las huellas cubiertas de los disparos contra Josep y Miquel Badia en 1936. La estampa quieta, el momento de suspensión como los planes de bomba nunca realizados, que el padre del protagonista y su grupo planean y deshacen durante décadas en el taller de costura de la calle Muntaner, número 38. Las anécdotas caen sin aparente disciplina, se cuentan como se describen las interioridades cotidianas del barrio, con pasmosa tranquilidad. Las anécdotas hacen que las páginas avancen, pero con ellas queda esa búsqueda en soledad que otorga su sentido al arte literario.

En El anorak de Picasso, las anécdotas cobran una nueva dimensión: son ecos destinados a olvidar una novela inolvidable, para reemprender de nuevo sus palabras y las lecciones de un rencor que poco tiene que ver con el protagonista, y sin embargo forma parte de su geografía. Una geografía cambiante como la de la ciudad que en cualquier momento puede desaparecer.

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Escritores: por ahí vemos a esos señores con libreta, que toman notas junto a tumbas y postales. Pergeñan la venganza del recuerdo, invocan amores ideales de juventud. Dan vida a los muertos. Y están en todas partes. Sin embargo, ahora escribo como lector. La influencia sobre el trabajo es una; pero como lector esta influencia es completamente diferente. ¿Cómo separarlas? Por otra parte, esta lectura también está siendo importante para mi presente: la escritura como oficio lento que transcurre en una época acelerada en exceso, como pasa con la cirugía o la pintura (ocupaciones en las que el tiempo es un instrumento más); y luego está el hábito de aprender a colarte en las grietas de las ausencias, de los silencios y hasta de las obsesiones. No sirven de mucho las coincidencias, pero es inevitable detenerse en ellas: el 20 de diciembre es una que se repite en sus libros, precisamente la fecha de mi nacimiento, ¿cómo va a dejar de tener significado?

El acuario familiar que se repite en El vendedor de rosas es otra obsesión que suena a terraza andaluza. En mi acuario personal, nunca faltaron las historias que mi abuela nos contaba sobre la guerra, sin escatimar en detalles escabrosos; nos hablaba de cuando cantaba en la radio, del microcosmos que era su barrio de la Trinidad… lo de menos era la veracidad de esas historias, lo que siempre me encandiló fue ese modo de atrapar mundos en un puño, de recoger de un golpe motas de polvo como hormigas en su universo. Algunas de esas leyendas (mezcladas con sucesos reales) parecen pertenecer a un imaginario colectivo, a una tradición que pasa de una generación a la siguiente: las ballenas varadas en la Malagueta, el volcán del Monte Coronado, la peligrosidad de la calle Camas con sus putas y sus marineros, una Málaga que “ha ido robando tierra al mar. Aquello era agua, y aquí no vivía nadie”, las inundaciones en las que no perecimos… aunque mi padre perdiera su naufragado Seat amarillo.

Para bien o para mal, mi ciudad natal es una ciudad que no me ha dejado, aunque he realizado ímprobos esfuerzos por dejarla y encontrar mi propio mundo. “Me gustaría saber en qué mundo estoy”, dice el vendedor de rosas al que me imagino enfundado en un traje de cenachero, o vendiendo almendras fritas. Y eso me he preguntado muchas veces mientras leía este libro. El mundo que se describe aquí como una de esas leyendas; o más exactamente, el papel de las historias a la hora de sobrevivir, ¿se convierten necesariamente en engaños al no coincidir con la realidad? ¿Dónde empieza y acaba el autor?

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Escribir es un acto de voluntad, un intento de traer el pasado al presente, de acortar la complejidad del tiempo verbal pretérito, de soñar con la perspectiva de la redención. Por eso, incluso desde su literatura, España no está en paz con su pasado. Por eso hace falta leer estos libros, porque rara vez veremos vidas e historias que, como las de aquí, estén sin terminar de hacerse nunca, como el patrón de un sastre. En los libros de Garriga Vela, no hay buenos ni malos, porque el ser humano no es otra cosa que una hermosa posibilidad. Creo que eso es lo más cercano a la realidad. El misterio por develar como un nombre, una identificación, y por último una identidad, de cuya ausencia (o excesiva reivindicación) surgen muchos de los problemas actuales de nuestra sociedad.

Volviendo a la infancia: “en la infancia se vive, luego se sobrevive”. Esta cita es de Muntaner 38. En aquel, se asiste a la primera parte. En El vendedor de rosas se comprueba lo segundo. El vendedor de rosas ácidas tiene un trabajo que siempre he querido tener: leer y nada más. De igual forma, el personaje cuenta con una capacidad que cualquier escritor desea para sí mismo: todo lo que escribe sucede.

Espero que a José Antonio no se le ocurra escribir sobre mí… aunque este estudio bien puede ser una prueba de que ya ha comenzado a hacerlo.

(Continuará…)

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

– Muntaner, 38, Debate, 1997

– El vendedor de rosas, Destino, 2000

– El anorak de Picasso, Candaya, 2010