Intervalo 1

«un suspiro que se pierde entre las sombras» (Salmo 39.6)

I

De todas las ideas desatinadas sobre el tiempo, me desconcierta especialmente la afirmación de que el tiempo lo cura todo. Porque no hay nada más engañoso que el tiempo: creemos que por arrojar sobre él nuestros errores y acontecimientos, él va a colocarlos en su lugar.

El tiempo nos abruma por lo poco que podemos hacer con él, a pesar de su capacidad de modelado: puede deformarse hasta el letargo, y estirarse por la fuerza de la gravedad, pero únicamente alcanzamos a calibrarlo con una exactitud mareante. La medida del tiempo sirve para situar o especificar aspectos cotidianos, lo que consecuentemente impide su detención; dejamos de observarlo, pero la rotación terrestre sigue ajena a nuestros esquemas. Hemos convertido el tiempo en un problema personal. En nosotros se materializan los efectos que se derivan de esta magnitud. Lo curioso es que, cuanto más profundizamos en nuestro conocimiento (cuanto más observamos), a escalas cada vez más pequeñas de la materia, más difuso es el tiempo.

En cualquier caso, todos coincidimos con esta idea: nuestras vidas empequeñecen hasta convertirse en suspiro cuando las comparamos con todas aquellas cosas que parecen resistir el paso del tiempo. Nuestra vida es finita, está repleta de incertidumbres. Como mucho, lo único que podemos ofrecer a un mundo que se confiesa esclavo del tiempo son cosas perecederas, fragmentos y suspiros. Este es un pensamiento muy recurrente en mis viajes por el subterráneo: el tiempo parece ir a su propio ritmo, distinto al de la superficie, y depende en gran medida de lo que yo tenga que hacer cuando salga al exterior. No siento que tenga poder sobre el tiempo. Ilya Prigogine (Nobel de Química en 1977) decía que «deberíamos considerar el tiempo como aquello que conduce al hombre, y no al hombre como creador del tiempo».

¿Cuánto tiempo de vida nos queda a cada uno? Ante la contundencia de esta pregunta, que nos deja quietos frente a tantas sombras de vidas posibles, se nos escapa todo lo que podamos decir sobre el peso del pasado, la relevancia del presente, o el filtro de color con que anticipamos el futuro.

II

Antes de los Cantos, las traducciones de poesía clásica china, el fascismo y los largos votos de silencio en una institución mental, Ezra Pound tomaba el metro con asiduidad. Vivió en Londres poco antes de la Primera Guerra Mundial, y frecuentaba los cafés del Soho. En 1913, entre los trayectos del transporte subterráneo, compuso En una estación del metro:

La aparición de estos rostros en la multitud:
Pétalos en una rama oscura y húmeda. 

La intención era captar la esencia de las últimas salidas del joven Pound de la estación del metro, pero sin emplear ningún verbo. El poema que apareció finalmente publicado en Poetry, en abril de ese año, incluía espacios en aquellos lugares donde el lector podía situar mentalmente el verbo to be (ser / estar) o expresiones ambiguas («como si», o «tonos de»). Quedó de esta manera:

 

Un siglo después, el poema ha quedado como ejemplo de haiku occidental, como una muestra de la técnica de unir imágenes concisas (él las llamaba «detalles luminosos») con el fin de despertar en el lector (u oyente, ya que su poesía estaba pensada para su lectura en voz alta) una sensación duradera, casi trascendental; como contraste decadente contra la sensación previa a una guerra que se respiraba en las grandes ciudades norteamericanas y europeas de principios del siglo XX (todavía percibiendo las consecuencias de la segunda revolución industrial), Pound, Yeats, Eliot y otros se esforzaron por eliminar de sus textos cualquier rastro de superficialidad. Los poemas que se escribían entonces buscaban por encima de todo que quien los recibiera fuese meditando en ellos, que prácticamente caminase por la calle rumiándolos; este de Pound conserva aún esa cualidad, incluso tras el proceso de traducción. Como ocurre con el salmo (es casi una imitación de un salmo), podría aparecer pintado en un túnel del metro y nadie pensaría que ambos provienen de la antigüedad. Pero hay más.

Todos esos rostros aparecen y desaparecen con sorprendente rapidez. La fuerza de la costumbre hace que ese detalle pase desapercibido, pero cuando uno toma el metro las primeras veces siente el vértigo de una velocidad que no percibe cuando está en el andén esperando para subir. Estás llegando a la estación, y no puedes fijar más de un par de segundos la vista en un punto determinado del andén. Las personas parecen maniquíes. Los rostros se confunden en la multitud, como un suspiro entre las sombras, como pétalos en las ramas oscuras. En un medio de transporte colectivo, no digamos ya entre la muchedumbre que se agolpa en los andenes de un metro, un rostro solitario es sorprendentemente fútil, por muy hermoso que sea.

La humedad de la rama oscura sugiere un momento del día, incluso una pista sobre el clima del exterior. Un exceso de humedad puede ser letal para muchas flores. Con mi ineptitud he matado la cantidad suficiente de plantas para saber que cierta cantidad de humedad ahoga, más que revitalizar. Es una imagen potente esta comparación del trabajador que desea volver a casa con pétalo mustio en el bolsillo. Es una imagen llena de matices (que nosotros mismos podemos añadir a partir de nuestro historial con las plantas de interior), pero no necesita estar sobrecargada por una descripción exhaustiva para ser asimilada.

Al poema le sucede lo mismo que al salmo: sus imágenes son accesibles y comprensibles para cualquiera, lo que no significa que sean simples. Esto es algo que siempre me ha fascinado de la poesía bíblica: su capacidad para encajar en todas las épocas y funcionar a todos los niveles. Es esto lo que la vuelve esencial, no una cuestión religiosa o teológica. Los textos bíblicos no cayeron del cielo, se fueron componiendo, copiando y distribuyendo a lo largo de los siglos. Por decirlo de un modo contemporáneo, los libros que conforman la Biblia fueron sometidos a la disciplina del tiempo, su contenido se ha mantenido vivo y, aunque cueste creerlo, sus lecturas han ido evolucionando con la sociedad.

III

En mi historial de debates y conversaciones compruebo que mis pocos intentos de responder en un breve espacio de tiempo siempre han sido pobres o incomprensibles. Para cuando se forma en mi cerebro una ingeniosa e irrebatible réplica (tratando de rebatir el argumento y de no insultar a la persona, buscando salidas alternativas a sus posibles respuestas), han pasado tres o cuatro días (o semanas), el interés general está en otro sitio y el mundo ha cambiado. A menudo me acuerdo de aquella frase de Karl Kraus: «No domino la lengua, pero la lengua me domina por completo». 

En las conversaciones cara a cara, tengo que conocer muy bien a la persona que tengo delante para dejar de lado lo superficial como estrategia de defensa y tratar temas de cierta profundidad. Pero tampoco así estoy totalmente cómodo. Para hablar con absoluta libertad de lo que considero importante, tengo que estar seguro de que el interés de mi interlocutor es auténtico. Entonces me siento un poco más capacitado para gestionar el desacuerdo y aportar algo de utilidad al otro. En parte redacto estas entradas para poder hablar de mi fe con más de una persona al mismo tiempo.

Cuando hablo de mi fe me parezco un poco al pálido Viajero a través del Tiempo de la novela de H. G. Wells (La máquina del tiempo, 1895). Lo único que ese testigo posee como demostración de su asombroso invento (y de un viaje al año 802.701) son los pétalos aplastados de una extraña planta y la profusión de detalles inconexos con los que trata de hilar su disparatada narración.

Para mi tranquilidad, no soy el único que se siente inepto al relacionar las ideas con el medio: el ingeniero que puso de moda la arroba (@), Ray Tomlinson, un tipo brillante que se encargó de enviar el primer correo electrónico de la historia, cuenta con un poco de vergüenza que el texto de ese primer correo que lo cambiaría todo fue «QWERTYUIOP». En una época tan necesitada de épica como la actual, a uno de los creadores del medio de comunicación que forma parte intrínseca de nuestras vidas no se le ocurrió nada más ingenioso y profundo que reproducir la línea de arriba del teclado.

Pero el problema al que se enfrenta el Viajero de Wells es algo más serio que no saber qué decir, ni cómo expresarlo. La gran tragedia del Viajero es que, tras su paso por una Tierra tan proyectada en el futuro que es irreconocible, tras sus aventuras con los Eloi y los Morlocks, no puede conectar con sus contemporáneos; no importa cómo cuente su viaje, siempre sentirá que algo falla en su relato. La única esperanza de que alguien le crea es pasando por las mismas circunstancias que él. Las plantas que trae en el bolsillo son sólo un indicio perecedero e incompleto de algo mucho mayor que él mismo.

De modo que, si empiezo a mostrar todas mis sombras, a vaciar todas mis flores marchitas de los bolsillos, a reconocer que mi suspiro es tal vez más exangüe que el del escéptico, al menos habré derribado muchos muros que había entre él y yo. Precisamente porque ambos conectamos con nuestra común condición de suspiro.

IV

Si tuviese la posibilidad de viajar en una máquina del tiempo, escogería como fecha de destino el 5 de septiembre de 2640. Ese día de verano, en una pequeña iglesia situada en Halberstadt, Alemania, concluirá la interpretación musical más larga, y más lenta, jamás ejecutada. La pieza Organ2/ASLAP fue compuesta por John Cage en 1985, primero para piano, y más tarde transcrita para órgano, con una curiosa indicación: «as slow as posible» (tan lento como sea posible). Como ocurre con la música de Cage (Los Ángeles, 1912 – Nueva York, 1982), los planteamientos y cuestiones filosóficas que derivan de sus partituras suelen ser mucho más interesantes que la propia música. De hecho, la obra más famosa de este complejo artista, discípulo de Arnold Schönberg, aficionado a la recolección de setas y seguidor del budismo zen, versa principalmente sobre el silencio: 4’33’’, una partitura de tres movimientos para piano que debía ser interpretada sin tocar una sola nota; con ella pretendía demostrar que tanto la repetición perfecta de un concierto como la obtención del silencio total y absoluto son tareas imposibles, precisamente por la influencia de aquellos factores externos y aleatorios que rodean al intérprete musical. En el caso de Organ2, la pregunta en cuestión era cómo se define el término lentitud, y en concreto cómo se aplica la lentitud a un instrumento musical como el órgano, que no depende de límites temporales como sí lo hace, por ejemplo, un piano, donde la vibración de sus cuerdas sí es finita. Durante un simposio celebrado en 1997, un grupo de organistas, musicólogos, constructores de órganos, filósofos y teólogos, mantuvieron una discusión sobre el asunto, llevándola a cuestiones técnicas, estéticas y por último espirituales. Porque, a fin de cuentas, ¿cuánto puede durar algo creado por el hombre? ¿Seríamos capaces de sostener inalterable una pieza musical durante siglos? Lo que partió como una reflexión acerca del tiempo pronto tuvo implicaciones de todo tipo, desde cuánto resiste materialmente un órgano de tubos y la propia iglesia que lo alberga, o cómo una ciudad se ve transformada por un concierto que puede durar siglos, hasta la decisión sobre la duración de la obra. Y una pregunta que no es menor: ¿Para qué? ¿Qué sentido tiene este planteamiento acerca de algo que es etéreo pero no eterno, más pensado para estimular nuestra capacidad de proyección que con el fin de llevar una idea teórica hasta sus más irracionales consecuencias?

Tanto el emplazamiento donde se construiría el órgano (la iglesia de San Burchardi), como la extensión de la interpretación (639 años) fueron establecidos a partir de referencias históricas y artísticas: en la catedral de esta ciudad alemana se construyó el primer órgano fijo, en el año 1631, cifra que si se resta al año 2000 (cuando se pretendía iniciar este experimento, aplazado al año siguiente) arroja como resultado 639; la iglesia, construida en el 1050 d. C., fue un monasterio cistercense, un granero, una destilería, un establo, y hasta sirvió de pocilga cuando en época de Napoleón se secularizó el edificio. Mientras sucedió la pausa de año y medio que marca el inicio de la pieza, fue instalado el sistema eléctrico de fuelle que proporciona aire continuamente y con un ritmo determinado a los primeros tubos, dispuestos según el modelo del primer órgano Faber. Mientras escribo estas líneas, en una pequeña iglesia románica a medio construir suenan los acordes re♯ la♯ mi4 , sin interrupción (cuando escribo estas líneas faltan tres años para el siguiente cambio de tono), gracias a un complejo sistema de bolsas de arena que sirven para mantener pulsados los pedales. Una vitrina de metacrilato protege los tubos del órgano y atenúan el sonido; hay que reconocer que puede resultar irritante pasarse unos minutos seguidos escuchándolo, porque no estamos preparados para semejante monotonía. Ahora que lleva un rato sonando en los altavoces de mi ordenador, detecto en él algo de fantasmal, pero también proporciona una extraña serenidad si le dedico un par de minutos de atención, y esta sensación se parece mucho a la que he sentido en el interior de varias catedrales. El músico Peter Schnebel, músico y conservador del órgano comentó que, tras el primer movimiento, en julio de 2071, habrá una pausa en la ejecución de 71 años. Un silencio (un Selah, el «párate y medita» en hebreo que aparece en tantos salmos) tan prolongado como una vida.

¿Cuántas cosas pueden ocurrir en los seiscientos años de este proyecto? Su envergadura es tan amplia que es prácticamente imposible situarnos en esa meta. Ya no es que nuestra naturaleza esté acotada a un corto período de tiempo: nuestra capacidad de soñar y de influir en los demás también se limita a unas pocas décadas. Nos apetezca o no, es imposible dejar una huella profunda en el mundo sin contar con otros. Estos otros son las sombras entre las que se pierde el suspiro que cada uno somos.

V

Si la única conclusión que sacamos de «vivir cada día como si fuera el último» es que no nos debemos privar de nada, hemos caído en una trampa: todos tenemos cierta carga por lo que no hemos hecho, y en mayor o menor medida cada persona conserva una lista de cosas pendientes por hacer; el hedonismo únicamente adormece esta sensación amarga. El futuro nos teme a nosotros tanto como nosotros a él, porque permanentemente ve nuestra sombra yendo a su encuentro. Y nosotros no podemos borrar esa sombra por nosotros mismos.

Una muestra de esta idea son las cápsulas del tiempo, unos objetos que proceden de una idea muy antigua. Cada cierto tiempo surgen noticias sobre el descubrimiento de un recipiente hermético cuya supervivencia su propietario esperaba para dentro de varios siglos. Es común enterrar algunos objetos de nuestro tiempo, de nuestra historia, con la seguridad de que hemos sido los únicos en tener esa ocurrencia. Las diversas cápsulas de los últimos siglos, desde la que construyó el herrero Paul Revere en 1775, desenterrada ochenta años después y vuelta a enterrar por el entonces gobernador de Massachussets Winslow Harley (descubierta de nuevo en 2014), hasta la que se volverá a abrir en 2952 en Los Ángeles, todas contienen registros de la vida cotidiana de esa sociedad, y se entierran con la esperanza de que alguien en el futuro las abrirá para obtener información útil. Pero todas encierran un deseo muy actual: que nuestra civilización perdure lo más posible. Nos aferramos a la idea de que nuestra huella, nuestra sombra, va a perdurar por sí sola, por la contundencia de nuestras expresiones.

Entre las cápsulas del tiempo relativamente recientes, la que se lleva el premio a la exageración es la ambiciosa Cripta de la Civilización. Se cerró en 1940. Thornwell Jacobs, principal artífice del experimento, tomó como inspiración las pirámides de Egipto, y como referencia la primera fecha registrada de la historia, 6177 años atrás. Sumó esta cifra al año en que se selló la cámara bajo la Universidad de Oglethorpe, en Georgia, por lo que se abrirá en el 8113, si es que queda alguien en la superficie; en cuyo caso la pregunta más probable que se hará la humanidad será: «¿Por qué guardaron aquí esto?». O tal vez: «¿Para qué sirve esto?».

Los salmos son, en cierto modo, como cápsulas del tiempo. Muchos de ellos describen y dan detalles de la historia personal de su compositor, y cientos de siglos después nos permiten conocer (precisamente por su valor artístico) datos sobre la época en que fueron escritos. No sólo son cantos de alabanza, además son conversaciones profundas, peticiones de auxilio, recuerdos que quieren ser grabados. Leyendo los salmos tomo conciencia de mi condición de pasajero en el tiempo. Me han proporcionado consuelo, y en las peores épocas de mi vida me han hecho desistir del recurrente pensamiento de rendirme. Por último, me han llevado a reflexionar sobre el tema del legado. ¿Qué dejaré a este mundo cuando ya no esté? Quizá cápsulas del tiempo, que contienen la esperanza de que llegarán a alguien dentro de un tiempo, tal vez dentro de cincuenta años, y mentiría si dijera que no deseo que me sobrevivan al menos unas cuantas décadas. Pero, ¿y si no tuviera tanto tiempo para dejar algo como un libro, que requiere una inversión importante de horas?

El filósofo Roger-Pol Droit escribió un librito titulado Si sólo me quedara una hora de vida en el que se preguntaba precisamente por este asunto del legado. Contando con tan poco tiempo, las preguntas se nos amontonan: ¿Qué habríamos comprendido de la vida? ¿Cuál sería nuestro legado? ¿Qué pensar, qué sentir? ¿Por qué todo tiene relación con una despedida, con esa gran ruptura que es la muerte, con esa idea del final que tanto nos obsesiona?

Y también está la idea de la felicidad. Estamos casi obligados a buscar esa felicidad, y se coincide mucho en que la fuente de esa felicidad parte de nosotros mismos, de lo que dicta nuestro corazón. Pero el corazón es engañoso. Droit señala que «lo superfluo se hace pasar por esencial», que «en la banalidad real no sabemos ni el día ni la hora», y que eso es precisamente lo que le tortura, la posibilidad de no haber llegado a saber qué es lo importante.

Para mí, llegar a conocer un poco más este intervalo, este “suspiro que se pierde entre las sombras”, forma parte de lo importante.

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