ISLANDIA

Tanto el Íslendingabók del sabio Ari Þorgilsson, como la Saga de Nial en su parte dedicada al destino, relatan que, alrededor del año mil, Þorgeir Ljósvetningagoði decidió arrojar su colección de figuras paganas a las gélidas entrañas de la Goðafoss. Ni una sola lágrima brotó del letrado cuando vio a su Thor tallado en abedul desapareciendo en la espuma de la cascada. El pequeño dios con cabeza de cucurucho se aferraba a sus barbas y mantenía una sonrisa feliz mientras descendía al olvido.

Þorgeir quiso dar ejemplo de su conversión al cristianismo tras una jornada de reflexión a la intemperie, envuelto en pieles de oveja y sin probar bocado. Escuchaba muy cercano el sonido del salto de agua, su conversación. En un instante de la vigilia creyó oír un susurro muy diferente del que estaba habituado a atribuir al movimiento de los árboles y al crepitar del fuego. No se arrepentía, pero pronto entendió que prácticamente ninguno de sus vecinos estaría de acuerdo con su acto; una década antes, debido a un conflicto sin aclarar, el primer cristiano nacido allí fue amablemente invitado a marcharse. Cuando la desaprobación se estrechó a su alrededor con toda la fuerza del silencio, Þorgeir dio el siguiente e inevitable paso: doce lunas después de proclamar que la isla aceptaba ser cristiana, abandonó su labor de mediador, dejó de comer carne de caballo y regresó junto a sus cuatro mujeres y sus once hijos.

Cada cascada de Islandia tiene sus leyendas y su función. La Þjófafoss era el lugar donde se ahogaba a los sorprendidos en un robo, pero había que esperar a la primavera para hacer cumplir la ley. Por su parte, la Skógafoss contenía un cofre vikingo que aparecía cada pocos siglos para luego volver a esconderse. El agua caía y salpicaba a través de todos los colores. Con el tiempo, parte de esos colores se diluyeron con el transcurso del segundo milenio.

*

Ernesto era un hombre que se sentía tranquilo, aun sin pertenecer a un clan atávico y sin tener ni idea de qué importancia tenían las cascadas para un pueblo. Ni siquiera sabía que existía toda una narración oral sustentada en la multiplicación de una población que elegía instalarse por los alrededores. Nunca se había detenido a pensar en cómo una isla, a medida que el progreso y el contacto con el exterior transformaba el terreno y la sofisticación de sus leyes junto a la defensa de un particular sistema económico, permitía acoger a exóticos individuos de piel oscura, de raros lenguajes con toscas vocales y grafías simples, de signos diacríticos y lengua flexiva, conservada por lenguas de agua antes de especular con la necesidad de un registro manual. Para Ernesto solo contaba su día libre. Llevaba cuatro meses trabajando de cocinero en prácticas. Había planeado su jornada de soledad con detalle: se levantó al amanecer para ir a la playa y observar cómo el día se extendía como una sábana; ordenó su habitación y revisó su parte correspondiente de nevera y despensa; afiló su inseparable juego de cuchillos Hnífur; dobló sus camisas, puso a tender su delantal y regó un pequeño ficus que le regalaron en su último cumpleaños; revisó la pequeña montaña de correo acumulado las últimas semanas. En ningún momento tuvo que cruzar palabra con nadie: no vio a su compañero de piso, ni se encontró casualmente con un vecino. Al no hacer compra ese día, tampoco intercambió formalidades con la cajera del supermercado.

Había reservado cuarenta y cinco minutos de estancia en una terraza junto a la que pasaba a diario; le llamaba la atención por la orientación del local (el sol daba hasta las tres de la tarde) y por el modo en que las mesas se apretaban para aprovechar el espacio, sin por ello molestar a los clientes o a los transeúntes que a esa hora llenaban de actividad la estrecha calle. En más de una ocasión se había dicho que debía encontrar un hueco para sentarse tranquilamente y observar la calle desde una de aquellas mesas. Ya lo había encontrado, y se sentó dispuesto a hacer balance de sus meses de aprendizaje, considerar si estaba aprovechando bien el tiempo que dedicaba a su profesión y si el esfuerzo merecía la pena, valorar qué podía mejorar o controlar con mayor firmeza. Quería encontrar una actividad de ocio para la tarde, aún sin estrenar. Una película, un paseo largo previo al anochecer, mirar con atención el trabajo de los artistas callejeros, entrar a la modesta catedral, acercarse al aeropuerto a ver despegar los aviones. Las sillas eran cómodas, llevaban un delgado cojín atado al respaldo. La zona de terraza se encontraba delimitada por unas grandes macetas peladas de hojas, y unas estufas de exterior que creaban un ambiente confortable.

Ernesto miró satisfecho hacia los tejados de los edificios bajos en forma triangular que predominaban en el distrito donde él vivía, lleno de gente joven que empezaba. Recordaba haber visto por televisión la inauguración de la plaza, como culminación de un período de transformación del barrio, muy abandonado y deshabitado en décadas anteriores. Ahora existía un parque enorme con un estanque de cisnes y patos, un pequeño estadio donde se practicaba rugby, un área comercial que atraía a los comerciantes de productos caseros y salados, un mercado más tradicional y los vecinos contaban con una avenida amplia y una noria. La fuente tenía forma triangular y contenía un géiser en miniatura.

No existían restos de asentamientos primitivos bajo del suelo: el barrio estaba completamente libre de fantasmas. En aquel entonces, se construía un parking cerca de la fuente con delgadas láminas de hierro que representaban cada una de las cascadas. Al abrir el hueco en la superficie, se acondicionaron además unos canales de abastecimiento de agua que era extraída directamente del subsuelo. Ernesto pidió una cerveza. Mientras contemplaba cómo iba perdiéndose la espuma y el exterior de la jarra se empañaba, regresaba a un pensamiento: bajo el asfalto de la civilización el agua se movía a mayor rapidez, y siempre tendía a filtrarse tras el invierno. En primavera todo era húmedo, desde las mesas de la terraza a la corteza de los árboles. Una vez, su compañero de piso lo sorprendió tumbado boca abajo, con la oreja pegada al suelo de piedra natural del baño, tratando de analizar los ruidos de las cañerías y la presión con la que circulaban los fluidos.

Era una buena tarde. A esa hora, la mayoría de la gente se encontraba en sus propias casas, bostezando en el autobús o regresando a la oficina. Muchos establecimientos cerraban a mediodía. Aún quedaba un buen rato para que acabara el día de clase y los niños salieran a montar demasiado escándalo. Le gustaban los parques infantiles sin actividad. Prefería caminar sin tener que prestar atención a las bicicletas, para él un auténtico peligro, y sin acomodarse al ritmo de los demás transeúntes. Echó un vistazo al cielo, que contenía una indescifrable promesa.

La cerveza se estaba calentando. Tomó un largo sorbo y se limpió la boca con el dorso de la mano. Miró alrededor, al resto de personas que llenaban la terraza. Nadie prestaba atención a la única persona que no estaba leyendo. Él se hallaba en la mesa más cercana a la puerta del bar, con objeto de ser visto desde el interior. Se encontraba de perfil respecto a la entrada, de manera que tenía que girarse completamente para mirar a quien hubiese detrás suyo. Ni la chica de la mesa de delante ni la de detrás podían verle, pues ambas lo tenían a sus respectivas espaldas, de manera que Ernesto tenía margen para inclinarse, enderezarse o girarse rápidamente y comprobar con una mirada precisa a qué se dedicaban las dos. Y aún le sobraba tiempo para ver, gracias a un barrido lateral, que otra persona no se fijaba con extrañeza en su, por otra parte, inocente gesto de curiosidad. La ejecución del examen lateral, seguido del giro de 115º a la derecha y la finalización con movimiento de hombros hacia arriba y hacia abajo solo cabía ser definida como perfecta. Añadió un suave carraspeo y una leve inclinación de cuello que daba realismo al conjunto, rematado por unos centímetros de desplazamiento de la silla hacia un lado.

En efecto, las dos muchachas leían. La de delante un voluminoso libro de cubierta blanda y negra, cuya solapa hacía la función de punto de lectura. La que estaba detrás repasaba unos apuntes con un marcador fluorescente. Pero había visto más: situado en tres cuartos, también a sus espaldas, pudo detectar un fino soporte electrónico adherido a un hombre de traje; en el lateral, es decir, la primera mesa que analizó, una mujer que podía tener unos quince años más que él también clavaba la mirada en el ejemplar de una novela, cuyo título podía significar cualquier cosa siempre y cuando guardara relación con una guerra o un misterio amoroso; por último, mostrando su perfil izquierdo, un muchacho se afanaba por entender un libro de bolsillo del que no conseguía pasar página. Incluso el camarero que le atendió se inclinaba sobre la barra, consultando los resultados deportivos. Ernesto no leía.

Había escuchado que en Islandia se leían más libros de los que se imprimían, o una barbaridad matemática parecida; habría que averiguar si esos libros eran únicamente producción nacional, o si también se incluía a los extranjeros en las estadísticas. Para él era fácil llegar a la conclusión de que semejante capacidad lectora podía explicarse por el frío y la oscuridad temprana. A él no le gustaba leer, pero sentía curiosidad por ver su nombre escrito en islandés. La mujer de la novela no aguantaba el peso y había bajado los brazos para que el voluminoso libro descansara sobre el vientre, acompañando su respiración lenta y profunda.

Ernesto tuvo una novia que intentó inculcarle el hábito de la lectura. Pero él llegaba exhausto cada noche y se dormía a los pocos minutos de caer derrumbado en la cama. Ella fue, entre otras razones, la causa de su viaje. Ella no entendía con qué podía llenar la mente, o entretenerse, si no era leyendo. Él trataba de explicar que no veía cómo un libro podía enseñarle aquello que la vida no le ofreciese ya, que no sentía la necesidad de vivir otras vidas, que no había otro entretenimiento mejor que mirarle las piernas. Ella le recomendaba lecturas sobre viajes; buscaba textos amenos, textos que invocaban imágenes que él ni siquiera sospechaba. Él respondía que de vez en cuando ella debería probar a quedarse quieta, con la vista fija en el vacío durante una hora, y encontraría imágenes que ningún escritor en este mundo lograría invocar.

Una vez fueron juntos a la biblioteca. Ella trataba de sorprenderle con el panorama de hileras de estantes repletos de temas y áreas del conocimiento tan amplia que hasta él encontraría algo de su interés. Pero Ernesto era de alma independiente, poco impresionable. No porque hubiera vivido mucho: sencillamente se tomaba las cosas tal cual venían, concedía poca importancia a la definición de las cosas, para él la imaginación y la inteligencia debían tener una aplicación práctica.

En aquellas páginas había ciervos azotados, ejércitos de papel, relámpagos,  rosas  y peces globo, bocas y perfumes de Oriente, delicias turcas, hiedra y miel silvestre, campos y bailes de salón duplicados hasta el infinito, medias lunas, velas y soles de gas consumido, animales en la sombra dispuestos a arrancar cuellos de melancolía como mordiscos a un higo, coronas de plata, ricas dagas de diamante, carteros, elfos, remolinos, laberintos, dioses y montañas junto al río, explicaciones acerca de la creación y de las distintas especies de flores de loto, archipiélagos, sábanas blancas sobre una cortesana cubierta de leche, suspendida en torbellino y salpicada con sangre de un guerrero desaparecido; había excéntricos ángeles lejanos, música en pisos vacíos, ríos de tinta reflejados en las espaldas de los hombres, lazos de seda en guirnaldas de neón, el sudor de un viejo marinero, migas de pan de cálamo, hojas de té frescas y limpias, amores imposibles, almas resecas en un purgatorio.

Ernesto se detuvo en la sección de Islandia. Tomó en sus manos un libro de fotografías aéreas que presentaba partes inhabitadas de la isla. En una de las páginas centrales distinguió un géiser rodeado de hielo, diminuto en comparación con el entorno. Estuvo un rato estudiando los detalles de la fotografía, sin leer el pie de página. Sacó el libro con el carnet de su novia, y lo tuvo un mes en casa, sin abrirlo. Las imágenes que contenía el libro le resultaban artificiales, como un mapa lunar: daba igual la resolución y la belleza de las fotografías, no era la Islandia con la que una persona corriente como él soñara hasta la obsesión. Él necesitaba palpar los objetos y probar su densidad y textura, sopesarlos en la palma de las manos, localizar los sabores y acercar el aroma al rostro de la misma forma que su novia olía los libros recién comprados en las librerías. En la escuela de cocina tuvo un profesor que dio en el clavo con su forma de ser y con el nivel de profesionalidad al que aspiraba: «cualquiera puede decir que algo huele a vainilla pero, ¿cómo describirías el olor a vainilla?».

El joven que había desistido de su lectura obligatoria había pasado directamente a oler las páginas centrales y finales de su ejemplar. Pasaba de una sección a otra, como si distinguiera los matices del aroma según la acumulación de tinta y páginas. Ernesto desvió la vista cuando el muchacho lo descubrió mirando su procedimiento olfativo. Luego cerró el libro, se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón y montó en su monopatín.

El ambiente de biblioteca al aire libre incomodaba cada vez más a Ernesto. Bajo su jarra de cerveza se había formado un charco. Levantó el recipiente y dejó que el resto del agua se uniera al pequeño lago. Depositó la jarra a un lado. La mujer de la derecha paró de leer y siguió sus movimientos. Cruzaron las miradas, y ella pronto se dio cuenta de que él no leía, que tampoco sostenía nada para leer. Escucharon unas hojas que se deslizaban con rapidez. Ernesto hizo amago de beber. Una gota cayó en su regazo. Alejó la jarra y se echó para atrás, empujando levemente a la chica de los apuntes. Ernesto se disculpó y ella apiló los folios, mientras se inclinaba hacia la mujer del libro grande, que continuaba a su vez leyendo con distracción los torpes gestos de Ernesto: trataba de desplazar la mesa hacia delante y acabó volcando su jarra, precipitando el resto del líquido sobre el pantalón. El hombre del soporte electrónico también había interrumpido su lectura para contemplar el pobre espectáculo de Ernesto recuperando la compostura. Cuando todo regresó a una aparente normalidad, vio que la chica que tenía enfrente se removía en su silla, calculaba cuántas páginas quedaban hasta el fin del capítulo y se quedaba pensando.

Ernesto buscó un lugar seguro hacia el que mirar, lo más lejos posible del cruce de vistazos que había provocado. Comprobó con cautela que los lectores de la terraza paraban cada pocos minutos para dedicarle ojeadas; había interrumpido su concentración, los había importunado y ahora ellos pensaban que era mejor leerle a él. O tal vez deseaban una pausa y su incidente con la jarra había sido acogida con agradecimiento silencioso. Era imposible saberlo.

Decidió esperar a ser el último de la tanda de clientes en marcharse. Deslizar la moneda, proseguir con el hermoso día libre, y olvidar aquel ridículo. Esperó dos horas. Erró al pensar que ninguno de los presentes estaría tal vez anticipándose a una cita posterior, como fue el caso de la chica de los apuntes y del señor del dispositivo electrónico. También creyó que la mujer a su derecha se conformaría con el agua con gas que apuró con el capítulo que acababa de cerrar, reanudándolo cuando todas las demás mesas habían olvidado sus respectivas lecturas. Alternó su lectura con ojeadas distraídas a Ernesto, pasando página con lentitud. Esa fue la única vez en toda la tarde que Ernesto vio ese gesto del cambio de carilla; acabó pidiendo otra cerveza, dispuesto a sacrificar el resto de la tarde libre en su espera. Se sintió aliviado cuando la mujer guardó el libro en el bolso y pidió permiso para pasar por su lado.

Pagó y antes de irse comprobó que la terraza estaba ocupada nuevamente por lectores parecidos a los anteriores. No le hicieron caso cuando bajó la calle en dirección a la fuente de las cascadas. La promesa del atardecer había pasado y comenzaba a untarse la misma luna de todos los siglos. Para entonces Ernesto había considerado la decisión de no leer jamás. Sin embargo, ese propósito era imposible: no era posible huir de los que leían. Tampoco dejaría de soñar con Islandia.

-FIN- 

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Islandia (2013), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.



Carlota Garrido, en su podcast La Noche de las Luciérnagas, hizo una estupenda dramatización de Islandia: