PAISAJES DE MARTE

 

Éramos unos afortunados. Me hice a un lado para que ella pudiera caminar descalza sobre el mar de Káiser. Protegía su integridad de la antena puntiaguda situada a la altura de los muslos, que procedía de una de las naves enviadas allí para buscar agua. Contemplé sus medias que se empolvaban con el óxido de la superficie del planeta, mientras ella observaba, a través de un cristal con multitud de huella digitales, las muestras de roca marciana de propiedades similares a las de unas minas andaluzas. En mis ojos solo cabían partículas de basalto, agua púrpura y labios rojos.
Al desplazarme lateralmente, toqué sin querer la antena y me quedó un fugaz aunque doloroso recuerdo de la tarde. Me llevé el pequeño arañazo a la boca. El sol se ponía después de un largo bostezo, y el planeta se hallaba envuelto en una luz naranja que mostraba nubes densas de polvo que buscaban cercanas columnas de espirales, hasta entonces desapercibidas para la vista. Los rayos solares se dispersaban al atravesar capas gruesas de nitrógeno liso.
—Tengo sed. ¿Tú no? —me preguntó. Un mechón de su pelo castaño se deslizó en un punto indeterminado de su cara. Arrugó la frente, luego la nariz, y se apartó las hebras brillantes por los reflejos solares. Todo su rostro brillaba, en realidad, como un resplandor en el agua.
—Un poco sí. Todo este paisaje me recuerda a un desierto. Y eso que aquí no hace calor.
Se giró y caminó hacia la máquina de refrescos que habíamos visto unos veinte metros atrás, justo al lado de un pequeño organismo fósil. Sacó una moneda rica en níquel y pulsó el botón del agua. Algo rompió en el estómago de la máquina, susurró, y expulsó con fuerza una botella de plástico frágil y añil intenso, sin apenas burbujas en su interior a pesar del viaje por el interior de la máquina. Compartimos la botella a tragos largos y sonoros, cerrando los ojos y dejando que el agua se derramara por nuestras barbillas, y empapara los cuellos de nuestras camisetas. Éramos los únicos habitantes del planeta a esa hora del día, de modo que poco importaba la educación. Cuando terminamos de beber, respirando entrecortados, nos quedamos mirándonos a los ojos, y en los suyos descubrí unas pestañas larguísimas.

Nos sentamos sobre una roca mediana. Lo cierto es que en Marte las rocas no son excesivamente grandes. Apenas cabíamos en la roca, y a mí me tocó una parte un poco incómoda. No era un buen lugar para ir de picnic, pero sentir el tacto seco de su brazo hermoso y salpicado de estratégicos lunares lo compensaba. Se rascó el hombro, y aparecieron en la superficie líneas rojizas allí donde su uña había erosionado la piel sin convicción.
—Fobos y Deimos son preciosas —dijo. Yo no dejaba de mirar su hombro.
—He escuchado que pueden estrellarse contra el suelo, y no quedarán más que los cráteres que formen.
—¿Eso crees?
—Sí. Me lo creo. ¿Y sabes otra cosa? Resulta que no son parte del planeta, sino que son asteroides atrapados en su órbita.
—Pues acordémonos de los asteroides —sonrió apacible, enseñando sus dientes pequeños y color luna. Yo miré al suelo, algo avergonzado.
El sol bajaba perezoso, y es que la velocidad de rotación allí era más lenta. Ella dio un respingo. Tenía frío: lo noté porque temblaba, y solo se tiembla de miedo, de frío, o de cansancio muscular. Todavía quedaba bastante atardecer.
—Debemos de estar a quince grados —dije. Ella asintió.
—Llevamos un rato aquí sin movernos.
—¿Quieres andar?
—Sí.
Nos pusimos de pie. Yo tuve que esperar un poco, porque se me había dormido la pierna. El suelo también existía, trémulo. Ella se arrebujó en su rebeca, guardó la botella vacía en el bolsillo, y el movimiento sonó algo así como papel de estraza sobre pan caliente y dulce. El suelo seguía temblando. Todos los planetas tiemblan, pensé, porque el universo es frío y da miedo.
Continuamos descubriendo accidentes geográficos. Nos escoltaron remolinos pasajeros hasta que cruzamos el mar a grandes zancadas de gigante, y vimos que el terreno iba adquiriendo diversos tonos de colores fríos. Entramos en una zona sombría, y varias estrellas aumentaron de luminosidad. También Fobos parecía brillar más, detrás de las primeras tinieblas que se formaban sobre el terreno. Pronto se elevaría un muro de niebla densa, y taparía a Deimos, ya bastante eclipsada por el tamaño de su hermana.

La Tierra se veía blanquecina, lejana y triste, como una porción de invierno. Notábamos un frío cada vez mayor, a medida que la temperatura en la corteza disminuía.
—¿Quieres que crucemos los brazos? —le pregunté.
—Claro.
La tomé del brazo, y notaba su frío helándome, matándome un poco. Pronto empezaría a tiritar, y yo podría rodear su cintura con amor gélido y protector. Le sonreí, y ella se mordió el labio, que bajo la sombra parecía violeta.
—Mira —señalé un pequeño cráter, justo donde debía reaparecer el sol.
Se abrió un rayo de luz, y empezó a ensancharse. Se desplazaba con curiosa rapidez en nuestra dirección. Ella entreabrió la boca y dejó escapar un débil suspiro.
En Marte las cosas funcionan de un modo extraño. Las leyes de la Tierra no sirven aquí. Los días son templados, las noches insufribles. No hay baño de plata lunar para alumbrar veladamente los objetos que se encuentran desperdigados por el suelo. El planeta y su entorno se comportan de manera caprichosa. El atardecer tiende del salmón al azul. Es un mal sitio para estar solo. Llegaba la hora de volver a casa. A pesar de las condiciones climáticas, quería prolongar un rato más nuestra cita. Al menos, mientras aún quedara sol.
—Gracias —dijo animada y en voz alta y hueca.
—¿Por qué?
—Eres muy considerado.
—Solo intento ser amable.
—Entonces no hay que justificar las gracias.
Regresamos al silencio contemplativo. Lo habitual es que me resulten incómodos, como esa sensación que queda cuando uno se afeita y al cabo del rato descubre que ha dejado escapar un pelo y no tiene nada a mano para erradicarlo. Ella se puso los zapatos sin sacudirse el polvo de las medias. Al levantar el otro pie se apoyó en mi brazo rígido, y fue bajando la mano hasta mi muñeca. No saqué la mano del bolsillo. Pude comprobar así que ella era fuerte. Y psicológicamente, estaba convencido de que era mucho más fuerte que yo. Se estiró la camiseta, que al pegarse a su cuerpo formaba horizontes verticales insospechados. Volvió a sacar la sonrisa pálida que me desarmaba. Con la punta de los dedos, acariciaba los puños de la rebeca, con los que se cubría la mitad de la mano. Yo la observaba, guardando en la memoria todos los detalles, todos los movimientos que iba desplegando poco a poco para arreglarse, y me daba cuenta de que era ella quien mandaba en el paisaje. Marte no es tan fascinante de cerca, ni siquiera para un geólogo que además tenía la tarde libre.
—¿Habrá parado la tormenta?
Ya había olvidado la tormenta roja de la que huíamos al principio de la tarde. En la Tierra, el día había despertado con intensos torbellinos de arena y un calor sofocante. El aire quemaba y resecaba la piel mientras irradiaba olas invisibles.

Las nubes se agrupaban, y la aridez se abría paso a empujones, como el aliento de un monstruo enorme. Volaban fragmentos de papeles y envoltorios de distintos tamaños y dimensiones. Los fragmentos se mezclaban con partículas de arena que atacaban los ojos. La gente corría a refugiarse en los portales, los niños se sujetaban a las farolas, o se llenaban de piedras los bolsillos, aunque supieran que no saldrían volando. Al comienzo de nuestra cita contemplábamos la Tierra desde una elevada y complicada estructura de metal y cristal que en el exterior soportaba fuertes huracanes, mientras que en el interior contenía el frío de un denso iceberg. La Tierra se había convertido para nosotros en una poderosa fuente de calor que podía resultar perjudicial si no encontrábamos un lugar más soportable para pasar la tarde. Eso o renunciar a la cita, una idea que no me pareció buena en absoluto. De ahí la visita a Marte.
La única fuente de calor que sentía en los últimos momentos de nuestra cita era la de nuestros corazones, bombeando sangre y oxígeno sin parar. Ya habíamos visto lo que se considera imprescindible cuando se planea ir a Marte. El baño pálido procedente del sol que calentaba la piel del planeta se debilitaba, se apagaba como un bostezo. Ella rompió el hielo por cuarta vez aquella tarde.
—En serio, eres muy bueno.
—Quizá demasiado…
—Nunca se es lo suficientemente bueno. Quiero decir, claro que a la gente le fascina conocer personas difíciles.
—¿Difíciles?
—Sí, o imprevisibles. Creo que la palabra imprevisible se ajusta mucho mejor a lo que trato de explicar.
—¿Debo entender entonces que soy aburrido?
—No. Olvídalo.
—En serio, quiero oírlo.
—Pues, a ver… puedes ver el sol ponerse todos los días, o puedes venir a este sitio siempre, y pasear por los mismos lugares que hemos recorrido. Eso es previsible, sabes cómo será más o menos, o como mínimo esperas que suceda. Pero no deja de ser bonito —dijo, mirándome fijamente a los ojos.
—Pero cuando alguien resulta simpático o agradable, puede parecer también indefenso. Tengo que advertirte que siempre soy así.
Volví a enfundar las manos en los bolsillos. Los rayos de sol pronto desaparecerían. El cielo profundo, como el fondo de un cubo metálico y excesivamente oxidado aparecía surcado por lo que parecían nubes finas. Me repetí que la atmósfera era de dióxido de carbono, y que por eso lo veíamos así.
—¿Volvemos?
Alargó su brazo y se deslizó por los pliegues de mi camiseta. Llegó hasta mi muñeca, obligándome a sacar la mano del bolsillo. Entrelazó mis dedos y los abrazó haciendo algo de presión. Miré sus pómulos, coloreados por la reacción de su cuerpo a la corriente. Tenía la piel de gallina. Sus ojos brillaban. Acercó la nariz a mi mejilla. Tenía la punta de la nariz fría.
Deshicimos el camino andado hasta entonces. De nuevo pasamos por zonas más o menos desérticas. Deshicimos accidentes geográficos y laderas relativamente practicables. Cruzamos otra vez el mar de Káiser. Dijimos adiós a las dos lunas. Atravesamos la cortina oscura, y sentimos de nuevo la bajada breve de un par de grados de temperatura. Cogidos de la mano, rodeamos la roca mediana, esquivamos al robot Oportunity que se había echado una siesta. Descubrimos una reproducción bastante fiel de un meteorito embadurnado de piroxeno. Ya sabíamos que se estrellaría en la India, en 1865, pero esto no le quitó el encanto a la tarde. Nada podía estropearlo, ni siquiera la osadía de un meteorito, ni la visión de la máquina de refrescos justo antes de dejar la botella de agua empañada por dentro en una papelera y leer un cartel que decía en letras grandes: GRACIAS POR SU VISITA.

Descendimos por la escalinata metálica, y comprobamos que el tiempo había cambiado. El viento era fresco, el cielo se encontraba despejado y desgranaba lentamente algunas sorpresas celestes. Nos situamos en un camino perfectamente delimitado por un césped cortado y recién regado, un camino de losas que producían un curioso sonido en los zapatos que se arrastraran encima. Sin avisar, ella me empujó hacia una cuesta que había a un lado del camino. Me agarré a su brazo y rodamos por la hierba varios metros, hasta que se acabó el césped y aterrizamos en un manto de hojas silvestres enormes que llegaban a la altura de la rodilla. Nos quedamos un buen rato tumbados, mirando ennegrecer el cielo. Cerca estaba la carretera, desde la que no paraba de oírse el proceso denso y cavernoso de los coches atravesando un túnel próximo, transformando el asfalto y combando chapas metálicas de la compañía eléctrica. Pronto nos acostumbramos a aquel sonido.
El viento movía las hojas grandes, las dirigía como un ejército organizado. Nos hundimos con calma en aquel mar verde y oloroso, a salvo por fin del clima insufrible que nos ofrecían la Tierra y Marte.

– FIN –

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Paisajes de Marte (2009), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.