LA LETRA EN LA ISLA

 

Cuando lo rescataron, deliraba. Pedía entre sollozos que le dejaran morir allí, que fueran a rescatar a otros. Afirmaba que se había asomado al mayor de los abismos y que ya no podría dejar de hacerlo nunca más.
Aquella era su isla. Haber pasado en ella los últimos diez años le daba derecho a decidir. Su cabello era blanco y sus manos ásperas; la vida que esperaba no era vida. Ya no poseía argumento alguno sobre el que construir nada.

En su sano juicio, alguien rescatado no quiere permanecer perdido. Él decía que sí. Había encontrado algo que le ataba allí, algo que le separaba de su antigua vida. Fue escritor. Un escritor de cierto nombre. Alguien muy creativo y de ideas libres. Un poco despistado y olvidadizo quizá, siempre con su agenda a mano. No era de los que venden millones de ejemplares, pero alguien respetado, al menos. Viajaba, por vez primera, fuera de las fronteras de su patria. Quiso cruzar el charco.

Su avión desapareció. Y con él su último libro. Y con su último libro su rastro.

La isla poseía unas dimensiones relativamente grandes. Era un hombre creativo y habilidoso, así que no tardó en hallar soluciones a los problemas más elementales para un ser humano. Solo quedaba esperar la ayuda y, por qué no, escribir un poco, aprovechar el aislamiento. Era ante todo optimista.

Pero hubo un problema que no consiguió resolver: el modo de poner por escrito (y a salvo) sus reflexiones. Con todo el tiempo del mundo, ideó novelas, cuentos, tramas y subtramas, títulos y finales escalofriantes. Primero ambientó un personaje en una isla desierta. Luego añadió más personajes e intrigas emocionantes. Después vinieron las frases subordinadas y, por último, justo antes de las correcciones, los pasajes más originales de toda su parafernalia:
sucedieron los momentos que podían cambiar el mundo o, como mínimo, algunas vidas desconocidas.

Este hombre era alguien que no podía vivir sin su agenda. Las mejores ocurrencias, los mejores argumentos, los mejores trozos de vida de sus personajes, por falta de sitio donde quedar registrados, acabaron adulterándose, evaporados en las horas de luz intensa. Intentó fabricar una pluma con hojas de ave del paraíso, con hojas de palmera, con púas de erizo. La tinta de pulpo o de coral. El papel era de cáscaras de banano. Se servía también de una piedra plana. Pero nada de esto dura eternamente. Como la palabra AYUDA escrita en la orilla de la playa, al día siguiente los pensamientos, tan ágiles, se volvían frágiles, ilegibles. La desesperación fue tal que incluso trató de escribir con sus heces y con su sangre. Fue inútil: lo único que conseguía era emborronar una descripción que más tarde olvidaría.

En el fondo, jamás fue rescatado.

– FIN –

Licencia de Creative Commons
La letra en la isla (2012), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.