FÍSICA SUBTERRÁNEA

 

Ocurrió durante mi primer y único día firmando libros. Acababa de salir mi primera novela y yo era todo lo joven y estúpido que uno puede ser en estas condiciones. Las semanas anteriores a aquella fiesta de la literatura, a la que había sido invitado en contra de mi voluntad, mi nombre no dejó de aparecer en los suplementos dedicados a vender libros, estuve presente en algunas fiestas, recibí varias cartas de apoyo, y todos a mi alrededor parecían deleitarse con mis acrobacias y anécdotas en la emisora de radio local. Se especulaba de verdad con mi talento. Vislumbraba la posibilidad de escribir un próximo libro dentro de una editorial de mayor alcance. Soñaba con una promoción lo suficientemente digna como para recuperar el anticipo que me permitiría llenar la nevera de carne.
El día se presentaba agotador: de 10 a.m. a 2 p.m., debía firmar en cuatro casetas diferentes, puestas a lo largo de varias calles durante todo el día, con una inestable mesa como protección entre el pobre escritor y la posibilidad de que un chiflado quisiera imitar al protagonista de mi libro y tratase de dispararme en el corazón.
La tarde la tendría libre para encerrarme en casa. Sin embargo, de camino a la primera tanda de firmas, mi editor se frotaba las manos y decía que pronto habría de acostumbrarme a aquellas agotadores sesiones. Al llegar a la primera caseta, me empujó al interior, como hacían con los primeros cristianos cuando los lanzaban a la arena del circo. Tembloroso, me presenté ante una de las chicas que trabajaba en la librería que me había invitado a firmar. Ella me mostró el asiento en el que tendría que permanecer pegado durante los próximos sesenta minutos, y me preguntó si tomaría alguna cosa. Pedí agua: no me atrevía a pedir café, aunque disponían de unas modernas máquinas expendedoras de cappuccinos, de esas que batían la leche y formaban deliciosos rizos de chocolate sobre la espuma. Me senté frente a un tapete de color vino, que me producía escalofríos al rozarlo con mis uñas recién cortadas. Saludé con una inclinación a los dos escritores que tenía a ambos lados: parecíamos esos tipos desangelados que interpretan a los reyes de Oriente.
La primera hora se me hizo eterna. No firmé nada. El compañero de mi izquierda firmó cuatro libros anteriores al que presentaba ese día, y el de la derecha estampaba la única rúbrica de la sesión, cuando mi editor apareció detrás de mi y me hizo levantar del asiento.
—Vamos, chaval. Tenemos dos minutos para llegar al final de la calle.
Me situaba como escudo humano entre su cuerpo y el resto de los transeúntes. Con la otra mano iba apartando a gente de nuestro camino.
—Vas bien, chico. Firmarás unos cuantos en la próxima, ya lo verás. A partir de aquí, todo para arriba.
Yo asentía, fijándome en el modo en que la gente tomaba un ejemplar cualquiera y miraba la contraportada, devolviendo el libro al montón. Muchos pedían puntos de libro gratuitos. La mayoría señalaba a un autor u otro, buscaba rostros conocidos y amables entre las casetas grandes. Los partidos políticos ponían a sus peones a repartir globos y caramelos a destajo. Unos que habían montado puestos de rosas vigilaban la frescura de las flores, relegando las más viejas al fondo, invitando al personal a adquirir alguna. Había peatones despistados y jubilosos, y también los había agobiados y gráciles. Yo me moría de ganas de agarrar una de aquellas rosas y morderla con todos sus pétalos, como una alcachofa. 
La segunda caseta era bastante más ancha que la anterior, con más espacio para abrir los brazos. Aquí sí pedí un café espresso, y pude reconocer a varios autores con los que luego compartiría espacio. Noté que los que estábamos en vías de ser conocidos ocupábamos los asientos situados entre el centro de la caseta y las esquinas, reservadas a los que más libros vendían. Lo supe porque en la caseta de enfrente tenía a un chico de mi edad, en una situación similar, que publicaba con una editorial parecida, y los dos teníamos agentes y editores que observaban a nuestras espaldas, prestando atención a cada movimiento nuestro, especialmente cuando nos encontrábamos con un lector para dedicarle nuestra obra. Esa segunda caseta era visitada por más público, y los lectores potenciales se detenían a nuestra altura para un vistazo más exhaustivo.
Conocía al escritor que ocupaba el lugar en el que me sentaría después. Nos dimos la mano. Miré sus ojos, tristes, subversivos. Había anunciado pocas semanas atrás que dejaba la literatura, después de cuarenta años de trabajo. Por esos ojos habían pasado todas aquellas primaveras, me miraban como el que mira morir a un pájaro, y ahora él se exiliaba al invierno. Me preguntó qué tenía entre manos, y le enseñé un ejemplar de mi libro. Confesé que en un principio iba a ser una obra de teatro, pero en último momento cambié de opinión. Él me dijo que lo mejor de su vida profesional había acontecido en sus comienzos, porque habían sido muy duros y nadie creía en su talento. No me fijé en que el editor más importante de la ciudad estaba justo detrás de mi, espiando nuestra conversación. Al otro lado de la mesa, mi editor respondía preguntas a una periodista italiana. Decía que yo era el tipo de escritor que todos los editores quieren leer, pero no se atreven a publicar, y que él había arriesgado mucho al sacar mi libro. El escritor anciano me deseó suerte y se apartó para que pudiera sentarme. Al marcharse, no pude evitar verle como a uno de esos pingüinos que se adentran solos en las regiones inhóspitas de una helada estepa, para encontrarse con su muerte.
A la derecha, tenía a una escritora extranjera de novela negra, también con una dilatada carrera, con la que pude cruzar unas cuantas palabras. Ella escribía libros que me gustaba leer, pero nunca podría escribir. Tres escritores más allá, en la esquina más cercana, estaba el autor de divulgación científica más famoso del país. Sus libros se vendían por cientos de miles. Era un tipo simpático con todo el mundo. Se permitió la gracia de cambiarse de camisa, gesto con el que levantó unos cuantos aplausos. Al girarse en mi dirección me saludó con la mano. Yo respondí con un saludo seco a media voz, no estaba seguro de que su ademán fuera dirigido a mi.
Firmé diez ejemplares en la primera media hora. Mi editor hablaba con el tipo importante. Se acercó a la mesa y me dijo que el divulgador me acompañaría a la caseta siguiente.
—¿Por qué? Quedamos que me acompañarías toda la mañana.
—Tengo que hacer un par de cosas.
—Da igual. Puedo ir solo.
—Tienes que cruzar la calle entera, otra vez. Ve con él, sabrá guiarte.
Dicho esto, se perdió entre el público. No volví a verle.

La mañana se estaba animando. Firmé media docena de ejemplares más. La última dedicatoria quedó muy profesional, había practicado mucho: me hice el despistado, sonreí tímido y pregunté algo personal. Quedaban dos minutos para el cambio de caseta. En circunstancias normales, se emplearían entre cinco y siete minutos en cubrir el recorrido, pero con tanta gente alrededor y un escritor famoso y de pasos lentos, tardaríamos demasiado, quizá el doble de tiempo. Él no parecía inmutarse: firmaba encantado, daba besos, se dejaba fotografiar y tocar, compartía bromas, hacía creer a la gente que en la vida real tal vez serían buenos amigos. Se puso en pie cuando llegué a su altura.
—Dos más y nos vamos.
Firmó, se despidió educado, me agarró del brazo y me llevó a la parte trasera de la caseta. El sol apretaba tras la lona de la caseta: una esfera perfecta y mortal.
—No sé cómo vamos a llegar a tiempo —dije.
—La pregunta no es cómo, sino cuándo —respondió él, dejando caer las palabras como piedras a un estanque—. Cuándo es la pregunta que se plantea el universo.
Me llevó detrás de un biombo.
—Viene conmigo —anunció a la chica que vigilaba el acceso a la caseta.
Levantó una trampilla horadada en el suelo y descendimos por una pequeña escalera metálica. Olía como el interior de un profundo pozo. El divulgador encendió un mechero. Recorrimos un pasillo estrecho que nos conducía a una especie de montacargas.
—Es un atajo —dijo, para sosegarme.
Pulsó un botón y un haz de luz pasó de arriba abajo, igual que si nos hubiéramos metido en una gigantesca fotocopiadora. Se oyó un chasquido, chirriaron unos engranajes, y el divulgador abrió la puerta.
—Después de ti.
Una vez dentro, accionó una palanca y comenzamos a bajar. Se encendieron unas luces que iluminaron el habitáculo por completo. La velocidad también fue aumentando a medida que recorríamos metros de profundidad. No veía ningún indicativo de pisos o de altura, así que pronto me puse a sudar.
—Dos mil cuatrocientos metros de profundidad. Esa es la distancia respecto al suelo a la que llegaremos, aunque dicen que han logrado cavar más hondo.
—¿Dicen?
—Ellos —se miró la punta de los zapatos.
—Necesito despertarme.
—Lógico. Al principio todo sorprende. Y luego, ¿quién puede saber lo que el cerebro registra?
Llegamos al final del trayecto. El divulgador me abrió la puerta para que saliera. Era un hangar amplio. Y en el interior, habían construido diferentes salas. En una había una camilla para hacer masajes, en otra una pequeña cafetería con biblioteca, otra estaba destinada a juegos de mesa y un billar, al fondo unos televisores y unos paneles electrónicos con nombres de escritores y unas cifras al lado.
—¿Café? —preguntó el divulgador.
Fuimos a la cafetería. Allí me di cuenta de que todos los presentes eran escritores. Reconocí a la mayoría de los que estaban acomodados en los sofás, leyendo el periódico, intercambiando conversaciones breves, o bien echando una pequeña siesta.
—Hicieron cálculos con un reloj muy preciso —explicó el divulgador, tendiéndome un café con leche en una taza de porcelana, y acompañó la explicación de gestos que no se relacionaban con lo que decía, aunque llamaban la atención—. Descubrieron que a esta profundidad de la Tierra el tiempo transcurre un poco más despacio que en la superficie, lo que nos permite ganar unos minutos. A doscientos metros del suelo no se distingue la diferencia, pero técnicamente, a esta distancia, somos lo más parecido que existe a viajeros en el tiempo. Compensamos y planeamos los desplazamientos con ayuda de los ascensores. En cuanto se dio con un sistema para ir velozmente de un punto a otro, evitamos las aglomeraciones y de paso nos tomamos un respiro. ¿Qué te parece, muchacho?
Sorbió todo el café de golpe.
—Demos una vuelta. Luego tomaremos el ascensor a nuestra siguiente caseta.
—Pero ¿cómo? ¿Quién organiza esto?
—Cuando yo llegué, ya estaba hecho. Fue hace mucho tiempo. La cosa empezó con ellos —señaló con el mentón a una pared de papel pintado, presidida por fotografías de Lem, Clarke, Le Guin y otros—. Cuando adquieres cierta consideración, se te permite que descubras un poco más allá.
Un grito de celebración captó nuestra atención. Provenía de la sala de los televisores. Sin saber qué añadir o preguntar, me aproximé. Uno de los escritores reunidos allí, al que admiraba mucho por su capacidad de convertir la literatura en un tema tan fascinante como cualquier crimen, llevaba las mangas de la camisa subida, gesticulaba y recogía los billetes que otros le tendían con resignación.
—¡Os lo dije, pringados!
Las cifras junto a los nombres, entre ellos las correspondientes al divulgador, se actualizaron. El divulgador pasó a ocupar el segundo lugar en una columna encabezada por la categoría NO FICCIÓN. Entrechocaron unas bolas de billar. Una puerta lejana chirriaba al abrirse.
—¿Qué es ese panel?
—La pantalla muestra quién alcanza las ventas más alta cada hora. En base a estas cifras apostamos. Se puede ganar bastante, si tienes eso que la gente suele llamar potra. ¡Apuesto cien por la joven que empieza por C!
—Yo he apostado por J. Vas a perder este año, como el anterior, y el otro —dijo un autor de culto, tomando un prolongado sorbo de su cerveza negra.
—¡Bah, vete a la porra frita! —dijo el divulgador, extrayendo un billete verde que depositó sobre un montón—. Venga, niño, tómate el café, que nos vamos.
Fuimos a uno de los ascensores.
—Por cierto, no sé si te lo han dicho, pero no debes contar nada de lo que has visto aquí. Podría ser perjudicial para tu carrera, muy malo.
Regresamos a la superficie y al llegar a la caseta actuamos como se esperaba de cada uno de nosotros. El resto de mi trayecto lo pasé subiendo y bajando por los ascensores. Jugué un poco al billar, pude hablar con algunos escritores mientras poníamos los pies encima de una mesita. Fue uno de los mejores días de mi vida.

No hace falta decir que conté esta historia a todos mis amigos. Ninguno me creyó, y mi inflado inicio de carrera se fue debilitando poco a poco. Me tomaron por loco. ¿Quién no lo haría, por muchos detalles que añadiera a mi relato? Regresé cada año a las casetas en las que había firmado aquel día de abril. Contaba mi versión a los que atendían a la gente, y de paso a los compradores, pero no conseguí otra cosa que sonrisas condescendientes. Vi al divulgador un par de veces; me ignoró y sonrió como a un lector más.
Una vez, mi carrera estuvo a punto de ser importante. Pero hablé demasiado. Con el tiempo, dejé de escribir. Me puse a trabajar en un almacén. De vez en cuando, alguien me preguntaba por aquel día. Yo empezaba a hablar con entusiasmo, pero al responderme con risas y bromas, me interrumpía. Poco a poco, dejé de lado el entusiasmo.
Todavía hoy, cada 23 de abril al anochecer, cuando los empleados municipales de limpieza barren los pétalos marchitos de las rosas y el celofán crujiente, me acerco a buscar las puertas de acceso a ese mundo. Sé que tarde o temprano hallaré una entrada.

– FIN –

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Física subterránea (2014), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.