UNA VENGANZA NATURAL

«Hay en la madera algo extraño que me da la impresión de que no se aplica al propósito a que ha sido destinado.»
Edgar Allan Poe

 

Unas enredadas ramas de pino envolvían el crepúsculo.
Holden se detuvo un rato a disfrutar del atardecer de octubre. Esperó a que su banco preferido quedase libre. Había pasado el día encerrado en su laboratorio, con un ojo abierto y otro cerrado comparando muestras sobre el microscopio y trazando fórmulas. Se encontraba algo apartado de un camino que servía de ruta secundaria. Tuvo la impresión, por la pendiente hacia la izquierda pronunciada en el banco, de que esa zona formaba parte de una etapa anterior del parque; todos los bancos excepto el que ocupaba ahora mismo fueron trasladados de lugar en el momento de allanar el camino.
Quiso escuchar el sonido de los pájaros, pero era una tarde inusualmente tranquila: ni ruido de tráfico, ni chillidos de niños o fuentes abiertas. No reinaba el silencio y sin embargo era el silencio quien mandaba. Holden se irguió en el asiento. Soplaba un viento frío que removía arena y agujas cortas de pino en unos torbellinos poco consistentes. Se disponía a levantarse cuando se encontró rodeado de una serie de ramas peladas de hojas, formando una especie de cúpula cerniéndose sobre él para atraparle.
Holden se inclinó y echó el cuerpo a tierra. Las ramas crujían y envolvían el banco que el científico utilizó para protegerse. El banco estaba compuesto de tablones largos de madera que comenzaron a agitarse con ímpetu. Holden reptó bajo las tablas, rodó varios metros y logró escabullirse por el único hueco por el que podía pasar, quedando su rostro afectado por una serie de arañazos. No eran cortes profundos, pero sí aparatosos. Con la cara ensangrentada fue hasta el camino de tierra, lugar donde empezó a escuchar de verdad los gritos.
Por el lado este del sendero vio un grupo de gente que corría en su dirección. Dos madres, tres niños y un perro huían presas del pánico. Lo que fuera que les hubiese asustado quedaba fuera de su campo de visión. Delante había un montón de ramas apiladas que el grupito había sorteado en su escapatoria. El montón era tan alto como un hombre adulto y se precipitaba camino abajo. A la izquierda, donde antes vivían unos hermosos olivos, el suelo se encontraba removido y plagado de agujeros, como si esos olivos hubiesen sido arrancados de cuajo. Unos insectos pardos y brillantes escarbaban en la tierra suelta y se escondían. El viento trajo más gritos y un sonido semejante al traqueteado de una excavadora, mezclado a su vez con el de una gran manta de hojas cayendo de gran altura. El sonido contenía cierto ritmo, y una repetición inquietante.
Holden decidió seguir al grupo hasta el puente, poco antes de la salida del parque. Ante él se extendía una parcela de césped. Al fondo se situaba una gran fuente, una desembocadura del tranquilo riachuelo que fluía bajo el puente que se disponía a cruzar. Los árboles habían variado de ubicación. Unos tilos rodaban por la elevación desde la que venía él, y atropellaban cuanto quedaba a su paso. Vio a una pareja desprotegida en el centro de la parcela. Los troncos pasaron por encima del chico, que quedó inerte en el suelo. La joven aullaba. Holden hizo amago de apoyarse en la barandilla del puente, pero la barandilla había desaparecido.
Un fresno parcialmente desgarrado emergió de la fuente. Holden creyó por un momento que reparaba en su presencia. El fresno se lanzó a por él, completando prodigiosas zancadas. Cada paso del árbol provocaba un temblor en el suelo. La última imagen que conservó Holden al escapar fue la del fresno propinando un cabezazo a la joven, aplastándola como a un insecto molesto.

Entró en una calle paralela a la avenida principal que rodaba el parque. Los naranjos arrojaban frutas contra los peatones. Buscó un portal abierto para cobijarse. En ciertos bloques alguien cerraba la puerta con llave después de entrar. Muchas ventanas se abrían y cerraban con violencia, como azotadas por un fuerte huracán, y se arrojaban planeando sobre la calle. Holden pudo esquivar una, que prosiguió su vuelo giratorio y decapitó a un transeúnte que acababa de abrir la puerta de su coche. Holden se metió en el interior del vehículo. Parecía el sitio más seguro. Aun así, no era recomendable quedarse demasiado tiempo en un mismo lugar.
Se encogió en el asiento del conductor. Costaba concentrarse con los golpes, los gritos de auxilio y los disparos. Unos agentes de policía cerraron las salidas de la calle y abrieron fuego contra los naranjos. Holden buscó un nuevo refugio. Decidió arriesgarse con un portal vacío, aprovechando que la guerra se había desplazado al extremo norte de la vía. Abrió la puerta, rodeó el vehículo en cuclillas, y dando ridículos saltos entró en el portal.
Era un edificio antiguo aunque bien reformado. Notaba un temblor escondido bajo el suelo. Subió un tramo de escaleras. Un reguero de tierra negra recorría el pasillo situado a la izquierda del ascensor y se perdía en la oscuridad del fondo. Holden se aproximó a echar un vistazo. El eco de sus pisadas llamaba a proceder de modo cauteloso. La tierra continuaba bajo una puerta entreabierta de imitación a madera. Incluso en una situación grave como aquella, podía resultar inapropiado entrar en casa ajena.

Los ruidos en casas desconocidas son siempre perturbadores, pero esa inquietud estimula a localizar su origen. Unos chirridos del interior fueron determinantes para que Holden empujara la hoja de la puerta y recorriera el pasillo. Siguió la pista de la tierra. Llegó al comedor. Un limonero de un metro de altura había sacado las raíces del tiesto y sacudía con parsimonia a una mujer tendida en el suelo. Holden tropezó con uno de los fragmentos del macetero. La mujer reparó en su presencia. El limonero chasqueó una de sus ramas, como un látigo. Holden aferró la rama y tiró, pero esta era demasiado fina y acabó partiéndose. La mujer agarró una de las raíces y entre los dos consiguieron inmovilizar el tronco. Luego lo despojaron de sus ramas; cada tirón parecía causar un tremendo estremecimiento en el árbol, y cada ramita buscaba agruparse con las demás. Finalmente optaron por encerrar los restos en el baño. Al otro lado, el limonero protestaba y golpeaba la puerta con una furia que no descansaba.
Regresaron al comedor. No perdieron tiempo con formalismos. Ella explicó que vivía en el piso de arriba. Por lo visto, no podía regresar porque los muebles de su casa se las habían ingeniado para tapar la entrada. Conocía a los habitantes del piso donde se encontraban, pero no tenía ni idea de dónde estarían.
Ambos trataron de tomar aire y serenarse. Holden se quitó la camisa y se enjugó el rostro con ella. Se contuvo de ofrecer la improvisada toalla a la mujer: estaba perdida de sangre y desprendía un fuerte olor a sudor.
—Lo siento.
—No tiene importancia.
Ella miró por la ventana. Iba descalza.
—No hay muebles, ¿se ha dado cuenta? —dijo ella.
—¿Se habrán mudado?
—No lo creo. Nos cruzábamos a menudo en la escalera y nunca me dijeron nada de una mudanza.
Se sentaron en una esquina de la habitación. Holden empezó a sentir ligeros pinchazos en la cabeza. Para distraerse, explicó a la mujer que era químico.
—Tal vez tenga usted alguna teoría —dijo ella.
—Me temo que la naturaleza de esta situación supera mis conocimientos. ¿Qué hará a los árboles reaccionar de esta manera?
—No son solo los árboles.
—En efecto —Holden pensó en su banco del parque—. Cualquier elemento de madera muestra un extraño comportamiento.
—Es una madera agresiva.
—¿Cómo puede pensar eso de la madera? Es un material. Los materiales no tienen la capacidad de mostrarse hostiles. Es quien empuña el objeto quien ejerce su hostilidad a través del instrumento.
—Lo que usted diga.
—No contamos todavía con información suficiente para sostener… —Holden se cubrió la cara con la camisa.
—¿Qué le ocurre?
—Me duele la cabeza.
Holden arrojó la camisa a un rincón. Propuso reducir el problema a una ecuación simple: independientemente de su procedimiento, los objetos atacantes procedían de un árbol. Y aunque no partieran de supuestos confirmados, era bastante probable que la madera actuara como reacción a un componente desconocido.
—Usted es el químico. Si esa explicación le tranquiliza, está bien.
—Tiene que ser por eso. O un motivo diferente, pero en esa dirección. Un componente volátil, cierto tipo de gas.
—¿Y un líquido?
—Es otra opción. Explicaría lo de los árboles. Puedo imaginar que el benceno los vuelva locos. No lo sé, en ese caso haría falta un catalizador para que estalle de un día para otro.
Puso el ejemplo del fresno emergiendo de la fuente: él mismo llegó a pensar que iba a por él, y tal vez reaccionaba así debido a un efecto inesperado del cloro. Aunque descartó pronto la idea: no toda la madera habría permanecido en contacto con el mismo líquido.
—No puede ser que la madera ataque sin más —sentenció ella.
—¿Y por qué no?
—No me convence que un material se comporte así, por contacto.
—Es lo único que se me ocurre.
—Yo pienso que la madera posee inteligencia.
—No diga tonterías.
—A otro nivel. Lo que está claro es que actúa por voluntad propia.
—¿Ventanas volando? ¿Un suelo que tiembla y se estremece porque lo pisan?
—¿Y cómo explica lo del limonero?
—Precisamente. Si de pronto la madera hubiese acordado en tomar el día de hoy como el primero de un nuevo orden mundial, lo que incluye el exterminio de la especie humana, usted no estaría viva. Cuando yo llegué, el árbol parecía atravesar un episodio de espasmos. Usted pensó que lo mejor era no luchar.
—Lo cierto es que me estaba haciendo la muerta.
—¿Para qué?
—Para que pasara de largo y no me atacara. Funcionó hasta que apareció usted.
—De acuerdo. Los árboles necesitarán agua, y los muebles pueden combatirse con el fuego. Y el elemento causante de esto, si optamos por la versión científica, acabará por evaporarse. En cualquier caso, tanto si es una decisión de la madera como si es un problema químico, lo mejor que podemos hacer es esperar. Creo que tomaré una aspirina. ¿Le traigo algo?
Ella sacudió la cabeza.
—¿Dónde se hizo las heridas? —preguntó ella.
—Jugando entre unas ramas —respondió él, sonriendo por primera vez desde que los árboles se lanzaron a cazar almejas humanas—. ¿A qué se dedica usted? —preguntó desde la cocina.
—Soy profesora de instituto. Filosofía.
—¿Y tiene alguna idea?
—¿Sobre qué?
Holden abrió mucho los brazos, dando a entender lo evidente de su pregunta.
—Algo habrá pensado al respecto —añadió.
—No he tenido tiempo.
—Quizá esto tenga más que ver con su campo que con el mío. ¿No se ocupa la filosofía del comportamiento de la materia?
—Sí, la materia es uno de los grandes temas.
—Bueno. ¿Por qué nos ataca la materia, según usted?
—Por ahora lo que me preocupa, en relación a mi trabajo, es si deberíamos seguir llamando materia a la madera.
—No le sigo.
—Si ese limonero ha decidido atacarnos, no lo ha hecho porque sí. Antes ha tenido que interiorizar… o componer un sistema según el cual considera a las personas una amenaza potencial para su existencia.
—Eso con los árboles.
—Con toda la madera, en realidad. Lo que quiero decir es que si la madera ha adquirido una moral, debe poseer un alma, y si posee un alma no es inerte. Por lo tanto no es solamente materia.
—Entonces, si es un ser vivo… quiero decir, si ha adquirido…
—La madera toma el control. Si pudiera hacerlo, se metería en nuestras mentes.
—Interesante.
El dolor de cabeza de Holden no aumentaba, aunque persistía y cambiaba de ubicación. Lo percibía detrás de la oreja. De hecho, fue como si ese sufrimiento local quisiera encontrar un hueco para acceder al interior del cráneo.
Holden encontró un botiquín. Tragó una píldora blanca. Dio un sorbo de leche de la nevera. No quería tocar el grifo del fregadero.
—¿Cree que regresarán sus vecinos?
La mujer miraba por la ventana. La calle había quedado desierta y poco a poco los focos bañaban las aceras de luz artificial, con el asfalto pasando del rosáceo al naranja. Buscó la luna instintivamente, pero sintió que esta les había abandonado. Se quejó de un pinchazo en la palma de la mano:
—¿Puede traer unas pinzas pequeñas?
—¿Va todo bien?
—Tengo una astilla.
Holden partió un trozo de pan y fue a por un cuchillo. Uno de los cajones se encontraba precintado. Retiró la cinta adhesiva que impedía abrir el cajón de lacado mate. Una cuchara de palo le golpeó los dedos. La cuchara y el científico forcejearon unos instantes. Holden se prometió a sí mismo no volver a curiosear. La cuchara se lanzó contra el cajón varias veces, y a posteriores envites se sumaron una maza para ablandar la carne y un rodillo. El científico resistió hasta que los utensilios se detuvieron un segundo en sus acometidas. Volvió a asegurar el precinto. Al girarse, la profesora estaba en el quicio de la puerta, atenta a sus acciones.
—No abra este cajón.
—Apártese.
Ella abrió el primer cajón, deslizándolo suavemente: los cajones estaban fabricados con fibra de madera, aunque era posible que la resina endurecida y el acrílico exterior pudieran contener la leñosa furia. La mujer encontró un pequeño cuchillo de hoja lisa, acabado en punta, muy afilado. Intentó hurgar en el diminuto bulto enrojecido bajo el que se escondía la esquirla de su mano, sin éxito.
Holden se ofreció para ayudar. Encendió la luz de la cocina. Con la punta del cuchillo acarició la zona circundante de la astilla, buscando el lugar apropiado donde practicar la incisión. Trabajó con un ojo cerrado debido al dolor de cabeza.
—¿Le duele?
La mujer no dijo nada. Atendió al procedimiento meticuloso del químico. Holden giró el cuchillo y, aplicando la curva de la punta, cortó con delicadeza la piel bajo la hinchazón, dejando visible el minúsculo fragmento de madera. En lugar de hincar la punta, presionó la astilla desde el lado opuesto de la herida, obligándola a retroceder hacia el exterior. Con un leve raspado, levantó la esquirla y la examinó con atención. La astilla ensangrentada se retorcía como un gusano atrapado en un anzuelo y trataba de arrojarse al vacío desde la hoja del cuchillo. Holden la dejó caer al fregadero.
Holden encendió las luces del pasillo y entró en un dormitorio. Por la ventana se colaba una corriente helada y la potente luz de una de las farolas de la calle. Estuvo un buen rato tanteándose las heridas de la frente. Ahora su malestar era intermitente. Lleno de preocupación, se acarició suavemente los rasguños, con ayuda del filo del cuchillo, para detectar una punzada sobre la que actuar. Tuvo que interrumpir la exploración cada poco tiempo, por culpa de los aguijonazos de dolor, que iban cada vez a más. Una áspera lágrima se desprendió de su ojo. La mujer apareció en el umbral de la puerta, calentándose las manos con una taza de té. Holden se volvió, apretando con fuerza el mango del cuchillo.
—¿Está bien? —se interesó la mujer.
—No las encuentro.
—¿Qué es lo que no encuentra?
El dolor de cabeza desapareció de golpe y él comprendió su situación.
—Huya. Salga de aquí —dijo Holden.
—¿Qué le pasa?
—Está ocurriendo. Lo que usted decía. La madera toma el control.
—No entiendo…
—Hágame caso, márchese —dijo la voz del químico.
Hizo esfuerzos por abrir la mano y dejar caer el cuchillo. Un minúsculo daño de madera había entrado en su mente y, aunque no dominaba al químico por completo, ejercía cierto poder sobre sus movimientos. Holden azó los brazos y caminó hacia la mujer, tieso, con la astilla vengativa acomodada en la zona de su cerebro donde residían los malos sueños y la crueldad negada de su infancia.
La mujer se apartó, en parte por instinto y también porque nunca confió plenamente en aquel hombre. De hecho, la hipótesis acerca de la materia había sido un modo de adormecer la conversación. Lo que en realidad le preocupaba era confirmar la sospecha de que el entorno de madera se había cansado de convivir con seres de carne y hueso, y había optado por reivindicar su fortaleza como la más sabia entre todas las opciones de vida.
Al llegar al comedor, la profesora entendió lo que estaba sucediendo. Por un instante consideró la opción de intentar razonar, de establecer conclusiones. Resultaba de alguna manera atractiva la tentación de dialogar con un ser controlado por un fragmento de madera. Finalmente, dejó caer la taza. El hombre pisó el charco. Ella descendió las escaleras y corrió por la calle desierta.
Una hora más tarde, guiado absolutamente por la voluntad de la madera, el hombre regresó al espejo. El párpado inferior de su ojo izquierdo tembló poderosamente, hasta que del ángulo interior surgió una fracción de la astilla nodriza. El hombre presionó sobre su párpado y extrajo el fragmento. No supo bien qué hacer con una obra tan simple. Se limitó a admirar su fragilidad.

-FIN- 

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Una venganza natural (2015), de Daniel Jándula Martín, tiene una licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.