Philip Gröning. En el interior del silencio

AL SILENCIO SÓLO SE LLEGA MEDIANTE LA BÚSQUEDA. Y SU INICIO PUEDE ESTAR EN EL TIEMPO.

INVIERNO

¿Qué contiene el silencio que tanta incomodidad nos produce? Podríamos analizar el silencio (mucho más que una ausencia de ruido) por sí solo, pero tendríamos que romperlo para comprenderlo, y ni siquiera así lo abarcaríamos completamente (esto es, poner definición, poner límites). Muchos han convertido el fenómeno del silencio en su particular obsesión: John Cage quedó fascinado por su ímpetu, en 1951, cuando visitó una cámara anecoica, y desde entonces buscó el modo de crear una partitura que lo contuviera, una anotación que permitiera componerlo; para Kierkegaard, era necesario que nuestro asombro despejara la confusión de la palabra y nos dejara a solas con la presencia pétrea del espacio vacío, ese que distribuye las palabras y se esconde en blanco tras las letras; Juan Ramón Jiménez era un maniático que detestaba cualquier ruptura de su comunión con el suave murmullo que acontece en la quietud; Ingmar Bergman lo convirtió en su poética y en su campo de observación cinematográfica; Samuel Beckett lo puso en escena durante treinta segundos, y después lo dejó por imposible (o más bien por inalcanzable); María Zambrano consideraba que en realidad es la palabra quien proyecta lo que el silencio quiere significar. Sin embargo, de distinta forma y con diferentes inquietudes, todos desembocan en una misma conclusión: al silencio sólo se llega mediante la búsqueda, pero no necesariamente se parte desde esa búsqueda.

Así ocurrió con el director de El gran silencio (Die Grosse Stille, 2005), Philip Gröning. Su primera motivación cuando se puso en contacto con el Grande Chartreuse (monasterio de la orden de los Cartujos) era rodar una película sobre el tiempo. Entre su primer acercamiento y la aprobación para grabar allí transcurrieron dieciséis años. Al comprobar que, tras ese período, el planteamiento original no había sufrido cambio alguno, el director buscó el factor que mantenía fresca esa idea, y así dio con el carácter principal de la orden: cada monje se dedica a sí mismo, en una especie de vida de ermitaño pero dentro de una comunidad amplia. Dado que, en palabras de Gröning, “una película se basa en el lenguaje, y el lenguaje se basa en el tiempo”, lo interesante de este film de 160 minutos es profundizar en una forma de lenguaje (el silencio) que fuera de aquellos muros produce más bien angustia y terror. Es interesante tratar la idea (extendida y bastante desacertada) de que el silencio tiene un espacio natural al que hace falta acudir, que es algo que podemos anotar en nuestra agenda, entre la cita con el médico y las clases de idiomas. Lejos de esa visión, la película nos muestra que el silencio nos obliga a fijarnos en lo cotidiano; para los creyentes, además, el silencio significa dejar de lado el refugio de los argumentos para apuntalar nuestra fe. Para el cristiano, el silencio (ambientado en esta comunidad, aunque no exclusivo de ella, ni de ninguna otra creencia) es uno de los mayores regalos de Dios. Por eso, cuando en una película como De dioses y hombres (Xavier Beauvois, 2010), irrumpe el grupo terrorista argelino que secuestra y asesina a ocho monjes cistercenses, lo que más nos impacta es la sacudida del silencio.

Es interesante el punto de vista (el lugar donde nos sitúa la cámara) en esta película. El eje vertical es un poco más bajo de lo que acostumbramos a ver en el género documental. La cámara puede ir libremente y enfoca a los cartujos como si fuesen estatuas. Lo que vemos, desde el ojo de Gröning, no dista de lo que otros monjes verán en su vida allí. La experimentación del tiempo está, pero ya ha quedado en la superficie. La contemplación incluye a la caprichosa caída de la nieve y el letargo de las estrellas, los barridos de los rayos de luz, el balanceo de los cuencos secándose al sol, y también a sonidos inevitables como el crujido de la madera. El voto de silencio no excluye hablar con los gatos. También destaca la fotografía: unas imágenes con un contundente grano, tomadas en varias ocasiones con un teleobjetivo de zoom algo forzado, nos muestra que la austeridad tiene un propósito; no se trata de ahorrar, sino de cuidar, de prestar atención. No hay declaraciones: las entrevistas se efectúan al observar los rostros de los cartujos.

Durante las imágenes del invierno, todo parece vibrar bajo el suelo. Aún no nos hemos acostumbrado a la estructura, ni a las costumbres, ni a la pobreza. Federico García Lorca escribió en su juventud un diálogo entre cartujos y lo único que puso en sus bocas fue una sucesión (con su propio ritmo) de signos de puntuación. La sucesión de los días iguales nos conduce a sentir que las estaciones duelen más de lo que realmente pretenden. Pero es necesario tomar conciencia del lugar y de lo que nos rodea. Esto es lo que nos quiere decir la película.

Durante las noches, el sueño se interrumpe. El director afirma que los monjes no duermen jamás una noche del tirón. Los cantos y la oración son los elementos que rompen el silencio cotidiano (diferente al silencio de Dios), pero sorprende descubrir que no se trata de mantener el silencio como una institución, sino de aprender a escuchar de forma diferente. Por otro lado, otro valor que tiene el film es que no pretende que se entienda todo lo que vemos, sino entrar en ese estado de concentración (tan lejano al mindfulness de la pseudofilosofía contemporánea), y participar hasta de esa pizca de contradicción de una vida en comunidad con el mínimo contacto personal posible.

El espacio reducido que vamos dejando al silencio y a la contemplación es cada vez menor. Nuestra actividad (el trazo en el papel de mi bolígrafo, por ejemplo) emite sonidos constantes. El Verbo, Cristo, se hizo silencio por nosotros. Todo lo que tocamos se transforma en sonido, en un trazo a menudo insoportable sobre el espléndido vacío.

PRIMAVERA

La vida de estos hombres transcurre lenta como el deshielo. Desde luego es lenta para nosotros, pues allí el tiempo aparece tan desnudo como puede estarlo. La lentitud no es recreada, se encuentra en su jugo, en un monasterio apartado de la niebla y a media jornada de la recogida de un tulipán. Hay momentos en los que no vemos a ninguna persona, pero el lugar nunca queda abandonado. Está la luz amarillenta, hiriente, quedan los tañidos de las campanas, la caligrafía de las gotas de lluvia. Aquí y allá, junto a las ventanas, surgen insospechadas naturalezas muertas y flotan dientes de león bañados en el resplandor del sol, perdiéndose luego entre bancos de nubes en formación. Se mezclan imágenes antiguas con el aspecto del tomavistas: tonos brillantes y quemados, verdes viscosos, movimientos difusos. El director tuvo que cargar con todo el pesado equipo, montarlo en soledad; de ahí los largos planos, la ausencia de encuadres cerrados. La falta de iluminación artificial, sin embargo, no impide contemplar planos como el de la oscuridad tragándose una vela, sin que sepamos de dónde procede el soplo que agita la llama. El labio de Dios es la expansión de un hálito: “procede como un soplo, un aliento que se disipa como una sustancia viva que posibilita la intimidad; un símbolo de la santidad”. Cita de san Bruno: “el encanto del desierto y la belleza de los campos dan una nueva fortaleza”. Para comprender (o aspirar a comprender) la forma de vida que llevan los cartujos, hay que pasar tiempo con ellos (no me atrevería a decir entre ellos). Más que austeridad, lo que presenciamos es contentamiento en su forma más radical. Pero también hay instantes de esparcimiento y reunión, también se parte leña, se conversa y se emplean ordenadores, porque el trabajo burocrático tiene sus propios votos. Los domingos almuerzan juntos. También salen a esquiar: se pierden en la blancura de la nieve, se olvidan de ser monjes; es preciso también salir del hábito.

Alrededor del convento reside una curiosa red de pasadizos: los cartujos los utilizan para ir de un lado a otro del edificio, pero también lo hacen las vacas, los mininos, los carros con la comida. El ambiente se resume en una palabra: concentración. Incluso el proceso de afeitado del pelo se realiza con extremo cuidado y dedicación. Incluso el cuerpo es cuidado como se cuida un símbolo. “Si eliminamos los símbolos, perderemos el norte”, nos dicen las rutinas de los cartujos. Durante la escena de un masaje a un monje anciano sin hábito, que llega a parecerse a una figura de Rembrandt, pienso que la santidad no es lo que pensamos: no es estar apartado, sino compartir un aliento. La santidad en este mundo es una de las mayores formas de transgredir normas que existe.

El silencio significa dejar que el Señor pronuncie en nosotros una palabra igual a Él. Está muy bien decir que, en caso de no hablar nosotros, serán las piedras quienes lo hagan; pero para ello es preciso ir más allá de lo que las piedras dicen.  

EPÍLOGO

El hecho de encontrarte con Dios conduce irremediablemente a una brutal desorientación. Te encuentras con algo tan abrumador que lleva tiempo asimilarlo. Dios mismo dice en Jeremías que “me buscaréis y me encontraréis, cuando me busquéis de todo corazón” (29:13). ¿Cómo aspirar a explicarlo por medio de estériles palabras? Por eso no puedo estar del todo de acuerdo con el leitmotiv del documental: “Señor, me has seducido, y yo me he dejado seducir”. Los evangelios nos muestran imágenes de intimidad muy alejados de este concepto de cortejo: por ejemplo, pienso en los momentos de partimiento del pan. ¡Qué extraña forma de prefigurar una acción de entrega! ¿Fue en su momento tan solemne como lo imaginamos? Imagino la estupefacción en los rostros de los discípulos. Sin entender del todo el cambio que Jesús introdujo en esos elementos, en el pan y el vino, el rito que haría memoria de sí (sabiendo él que su cuerpo se partiría, se transformaría y elevaría), los discípulos siguieron las instrucciones, presos de una intuición desconocida (no exenta de fiebre) pero a la que de algún modo se habían acostumbrado, sabiendo que había que seguir porque una fuerte voluntad vibraba en la tensión de aquella estancia. Creo que momentos así son los que la vida en este convento trata de replicar. Por eso, independientemente de que vea arcaica o incluso perecedera esta forma de vida (los cartujos son muy conscientes de lo efímero y casi absurdo de su existencia), sí que comparto la idea de que el silencio conlleva un coste, que en Dios sólo hay un eterno presente como el del rumor que sigue al viento, el terremoto y el fuego.

Die Grosse Stille. Philip Gröning, 2005

Nacionalidad: Alemania – Francia – Suiza

Género: Documental

Duración: 164 minutos

Premio Especial del Jurado en el Festival de Sundance de 2006

[web de la película]