Butter Chicken en Ludhiana

Entre mis intereses está la literatura de viajes. Entre otras razones por la sensación de movimiento y el estado de invisibilidad de sus narradores. Ambos aspectos aparecen en este libro lleno de ironía de Pankaj Mishra, que reseñé en diciembre de 2012.

“Esos condenados ingleses se forraron escribiendo libros sobre la India”, dice uno de los personajes de este intenso recorrido por la India provinciana que Pankaj Mishra, articulista y editor de Harper Collins residente en Delhi, realizó a principios de los noventa, cuando apenas contaba veinticuatro años. Cubrió de Norte a Sur y de Oeste a Este, sin detenerse demasiado tiempo en cada comunidad, tropezando con políticos que le tomaron por periodista, alojándose en pensiones con la obsesión de encontrar una televisión en color, consignando los avances en las telecomunicaciones y en las redes de transporte, pasando ratos en cafés manteniendo conversaciones intrascendentes sobre literatura, y dirigiendo observaciones sobre la situación del país con una fina ironía.

No hace falta ser un condenado inglés para escribir sobre territorio ocupado, si bien es cierto que pocas tradiciones en la literatura de viajes es tan certera y rica como la anglosajona. No obstante, este libro solo podría ser escrito por un autor autóctono, por la cantidad de detalles recogidos, propios de alguien interesado en los cambios de las tradiciones y con una memoria vivencial que permita identificar la forma de modernidad que ha transformado el paisaje y el ritmo de vida.

portada_butter chicheen Así, uno se encuentra con fragmentos como este:

“Me alejé y deshice camino hasta donde termina la ciudad y comienza la fuerte rampa de la carretera hacia Kulu.

Pronto dejé atrás las últimas casas. El ruido de los altavoces fue quedando cada vez más lejos y por fin puede escuchar el rumor de las aguas del río. Pasé junto a un pequeño campamento de gaddis, los pastores indígenas del valle de Kangra. Por su nomadismo recuerdan a los gujaríes, pero la semejanza termina ahí. Estos ovejeros bajitos, de vestimenta multicolor y pacífico aspecto, son muy diferentes de los gujaríes, altos, de narices aguileñas y aire belicoso.

(…)

Los inviernos en el valle, los veranos en los pasos de montaña. Me pregunté cuánto tiempo haría que seguían la invariable rutina, milenaria a primera vista.

Aunque, sin duda, importaría más averiguar cuánto se les va a permitir continuar. Los periódicos hablaban de monstruosos proyectos para «asentar» a los gaddis, que recordaban demasiado a los múltiples y genocidas intentos europeos de asentar a los gitanos.

La civilización no se detiene, sin embargo, y tal como ha observado E. M. Cioran, lo más característico del hombre civilizado es su celo por trasladar su malestar a quienes hasta entonces habían vivido libres de él”.

No todos los extractos a elegir mantienen este calibre descriptivo y trascendental. A menudo el viaje es un divertido vagabundeo sin excesiva planificación. Mishra confía en su dominio del hindi y del inglés para ir sorteando los diversos acentos y expresiones propias, recogidos en la edición junto a su traducción al castellano con la idea de conservar el ambiente y el alma de la conversación. No es el ordenado planteamiento occidental, sino un periplo desarrollado en espiral vuelta hacia el interior. El pasaje reproducido arriba es un ejemplo que resume la estructura de esta guía provinciana: descripción exhaustiva del punto A al punto B; sensaciones geográficas y unas palabras sobre lo que hay a flor de piel; contención de los sentidos; anotaciones antropológicas; recuerdo propio o ajeno (en cualquier caso remoto) comparado con el contexto social; reflexión y ojeada a Occidente; conclusión de valor universal.

Y una mezcla homogénea de exotismo y decepción. Es común el deseo y la expectativa de ir a la India pensando que será un viaje para alcanzar determinados privilegios espirituales. Aunque es cierto que los colores son muy vivos, y los olores portentosos y penetrantes, y se respira perpetuamente algo distinto en el aire, y el Ganges lleva toneladas de esplendorosa mugre, y por último el tráfico y el tren en Delhi es fastuoso hasta en su pobreza, también ocurre que no parece probable detenerse en lugares en los que sentirse solo a esperar esa esmerada transformación. La cosa va bien hasta que se produce un momento de iluminación bajo un árbol y sobreviene una doble inquietud: una, que quizá esa percepción procede exclusivamente de la novedad, o que aquello que llama al interés puede encontrarse en cualquier parte; y dos, el miedo a regresar a la normalidad y que esa espiritualidad, por llamarla de algún modo, no vuelva a aparecer aun regresando donde fue hallada.

Cuando se trata de adentrarse en la jungla, un autor habla de la monstruosidad de ese ser devorador que pankajmishrahabita en la vegetación carnosa, o advierte de la peligrosidad de los insectos y reptiles; cuando uno se aventura en el desierto (sea de arena o hielo) insiste en la aridez y en las temperaturas extremas; pero ¿cómo se narra el salto de una población a otra parecida (y aun así llenas de matices), hablando de sus semejantes con toda la curiosidad y objetividad posibles? ¿Cómo no sucumbir a la amargura o a la soberbia de proceder de una capital? ¿Cómo trazar la ruta y sortear los emplazamientos variopintos para el exterior? Hacer geografía de un rostro, de un idioma o de un modo de vida determinado, es tan complejo como pasar una brecha en una gran montaña. Creo que este es el reto principal al que se enfrenta Pankaj Mishra en esta guía de la India desconocida.

Alrededor de esta empresa, hay al menos otras dos vías de exploración: 1) las salvajes campañas de elección para puestos de administración y el paseo entre extravagantes personajes, de asistentes a un banquete de bodas a turistas alemanes desnortados, de prácticas hosteleras abusivas contra los propios indios a los partidarios de una extinción total del Islam en la región; y 2) la posibilidad de pasar unas horas en un lugar remoto hablando con un médico sobre Thomas Mann, o departir sobre Vikram SethGandhi y la disolución del sistema dividido en castas sentado a la mesa de un señor hospitalario. Para ambas metas viajeras conviene estar preparado.