El sonido de mi voz

A veces, pequeños libros sobre grandes temas dejan reseñas que ni de lejos llegan a decirlo todo. Eso me sucedió con la novela de Ron Butlin, que reseñé para Revista de Letras en abril de 2013.

Cuando uno de tus padres muere, se aleja con una parte sustancial de tu identidad. Para eso existe el período del duelo: recuerdas qué ha quedado en ti de esa persona (para bien o para mal), y pasas por la obligación de decidir qué tratarás de conservar, y qué habrá que cambiar, qué intentarás dejar a tu descendencia, y qué habrás de perdonar.

Portada inglesa

Portada de la edición inglesa

Durante casi una década fui incapaz de pasar por este período. Lecturas como las de Peter Handke o C. S. Lewis pueden ayudar, pero al final es un proceso tan personal que ninguna historia ajena te sirve para abstraerte de ese peso emocional; transcurren algunos años en los que vives una sed de sal, sientes un empeño por negar y fingir que estás terminando de recomponerte; justificas constantemente lo que no tiene justificación: eres una isla, y sin embargo permaneces en lo profundo conectado a otra porción de tierra. No es posible una radical desconexión. Eres barro, y el barro no desaparece, se transforma y puede acabar formando parte de otra pieza de barro.

Morris, el protagonista de este emocionante libro de Ron Butlin, es un tipo que se resiste al duelo tras la muerte de su padre. Lleva una vida de ejecutivo bien formado y situado en una empresa de fabricación de galletas. Se debate entre Dvórak y Haydn, y a veces incluye a Courvoisier. Vacía repetidamente copa tras copa de coñac hasta que la transformada realidad se vuelve anodina, y es su familia la que debe encargarse de hacer que recomponga su compostura. La novela es lo que palpita entre la muerte del padre y el inicio de un duelo sensato; entre los grises viajes en transporte público y las escapadas de picnic; entre los últimos rescoldos de irresponsabilidad juvenil fuera de década y la resaca frente a un despertar de la identidad.

En la literatura inglesa es habitual este tipo de historias sobre la identidad perdida (o nunca obtenida); más aún (y necesario) lo es en Escocia, donde ya sea partiendo de la corriente más folclórica y fantástica como desde los duros relatos contemporáneos (tradición en la que entra Butlin) siempre subyace el conflicto entre su adhesión al continente y la propia identidad nacional, en continuo debate con todas sus ramificaciones y matizaciones lingüísticas e incluso periodísticas en juego. En El sonido de mi voz, debido al empleo de la segunda persona, a los antecedentes personales de Butlin, o a la precisión del pasado simple, conjugación que es especialmente adecuada para las cosas que ya han quedado asentadas, este asunto identitario se diluye en esa sola voz áspera y amplia, la que habla a Morris de tú, y nos impele a tomar una postura de fantasma acompañante del ejecutivo treintañero, o de observador con pocas posibilidades de escape. En cualquier caso, nada hay tan subjetivo y parcial como un libro.

Cuando encajan las piezas personales, no antes, se puede completar el duelo. Y entonces uno está listo para aprender a crecer.

ron butlin