Alice Austen: un cuarto lleno de enseres

Artículo sobre la fotógrafa estadounidense Alice Austen. Se trata de un texto que publiqué originalmente el once de noviembre 2015, en Neupic, en el que traté de sintetizar dos temas que me interesan mucho: los inicios del reportaje fotográfico y la afición de una época a los objetos.

Los turistas que se acercan a Staten Island tienen una obligación antes de volver a tomar el ferry de vuelta a Wall Street o Nueva Jersey: parar frente a Clear Comfort: una casa blanca de tejas grises y azuladas que fue reconstruida y ampliada por John Hagerty Austen a comienzos del XIX, aunque la edificación de la misma se remonta a dos siglos atrás; es tentador imaginar que los cimientos ocupan el espacio donde antes hubo un cementerio indio. La fachada del lugar se mantiene perpetuamente limpia y vigilada, los jardineros cuidan con mimo la hierba que rodea el camino de acceso al museo, y también los olmos guerreros de las inmediaciones.

Clear Comfort, 1895

Clear Comfort, 1895

La casa es un recordatorio para la civilización moderna de los efectos nocivos de la especulación que dio lugar al crack del 29. Por si acaso nuestra memoria se adormece tras la visita a la Gran Manzana, el edificio serviría de recordatorio ante cualquier sueño de especulación futura, en caso de que no estuviese tan apartada. Su dueña, Alice Austen, fue una de aquellas personas de situación económica solvente que ante el riesgo de perder su capital, y para asegurarse de paso un beneficio jugando a la Bolsa, invirtieron a crédito en un nuevo negocio donde era imposible perder, un ejercicio mucho más cómodo que el de recortar gastos y que permite, además, culpar a otro cuando las cosas no van como se esperaban. Lo ocurrido a continuación ya lo sabemos. Por eso, porque ya sabemos lo que ocurrió, su conservación otorga un carácter de museo sobre la pérdida, en el interior de un edificio de cuatro siglos que se mantiene como nuevo.

Alice Austen frente al ferry, c.1910

El otro lado de la historia de Alice Austen es el de su indudable capacidad para la fotografía. Su tío Oswald Müller le regaló a los once años una cámara, y le instruyó en los procesos químicos y el complejo proceso del laboratorio. Desde entonces, el ojo de Austen acribilló Richmond, Nueva York, y luego el resto del mundo, tomando miles de fotografías de paisajes, celebraciones y desfiles en la ciudad, amigos ilustres e ilustres anónimos, mujeres abrazadas y posados incómodos, de una aristocracia amarga. Aunque Alice perdió su herencia y su casa, esa de las tejas azuladas y grises, la venta de sus imágenes al Times y a la revista Life le permitieron abandonar la casa de caridad e instalarse en un pequeño apartamento, de emplazamiento desconocido, donde vivió hasta 1952 sin pensar demasiado en tiempos mejores. Pues con cada negativo esperando el momento para revelar sus secretos, Alice Austen olvidaba un poco más.

clear comfort interior

Entre las pocas fotografías suyas de interior que se conservan, resalta especialmente una de su habitación, que deja ver con su luz teatral (tomada durante una visita a su antiguo hogar en 1951), las formas ambiguas de los jarrones y de otros objetos coleccionados compulsivamente, traídos de sus viajes al extranjero en los años previos a esa catástrofe económica cuyos ecos no dejan de molestarnos hoy. La imagen impresiona por su vacío sordo, a pesar de la acumulación de objetos, por el esfuerzo que suponemos en su mantenimiento, por el atroz blanco y negro y la sensación de que algo está a punto de caerse en su interior, bastante ordenado por otra parte. La fotografía aquí no es un mero testimonio, y a la vez huye de toda intencionalidad. Es esa fricción entre dos funciones atribuidas a menudo a este arte lo que hace única la imagen previa al fracaso, y la voluntad del ángulo desde donde se congela el cuarto.  Los artistas son proclives a enseñar su lugar de trabajo, pero pocos tienden a mostrar el lugar donde realmente viven. En contadas ocasiones podemos mirar el suelo por el que se dan los largos y perezosos paseos de la culpabilidad por no hallarse en el escritorio, el estudio o el cuarto oscuro. Del mismo modo que se da en la actualidad poca importancia a la presencia de los objetos, una afición propia más bien de nuestros abuelos. Ellos podían pasar largos ratos examinando el trazado de una ánfora clasicista y de un tallado de vidrio italiano, probar la consistencia de una alfombra o contemplar el trabajo de interior de una complicada chimenea, quizá sintiendo que esa tecnología de la fotografía era tan intangible y poco fiable, o tan atractiva y especulativa, como puede suponer para nosotros la idea de un espacio virtual.

Alice Austen y Bessie Strong (fotografía de la propia Austen, alrededor de 1885)

Alice Austen y Bessie Strong (fotografía de la propia Austen, alrededor de 1885)